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Capitulo 6_Arrebatar la derrota de las garras de la victoria

Capitulo 6

Arrebatar la derrota de las garras de la victoria

Números 13-15

Después de entrar al desierto de Parán (Núm. 12:16), los israelitas se acercaban a Canaán. ¡Era tiempo de comenzar a preparar la invasión! El Señor ya conocía todos los pormenores de la tierra, pero quería involucrar al pueblo en el proceso de planificación que supieran lo que podían esperar y no se sorprendieran tanto que se aterrorizaran. Debían comprender la fortaleza del enemigo y decidir la victoria con el Señor antes de entrar en la batalla, cuando replantearse las cosas podía resultar desastroso. Además, podía resultarles alentador recibir un informe positivo sobre calidad superior de la tierra prometida. Según el Señor, era tierra que "fluye leche y miel" (Éxo. 3:8; 17; 13:5), pero ninguno de ellos la había visto jamás.
La gran pregunta era: ¿Tenían los israelitas suficiente fe en Dios para permitirle que los dirigiera a través de las dificultades y los obstáculos? Ya los había sacado milagrosamente y con seguridad de Egipto; habían pasado en seco por el mar Rojo y los había conducido sabiamente a través del desierto. Pero ellos habían preguntado reiteradamente si estaba realmente con ellos o no. ¿Harían lo mismo otra vez?
Dios estaba ansioso de entregar la tierra prometida a un pueblo fiel, que le serviría como un canal de revelación al mundo. Los había formado, organizado y disciplinado en la relativa tranquilidad del desierto para este momento. Pero la formación había terminado. Había llegado el momento de la verdad.
Una vez que los israelitas tomasen posesión de su propia tierra, entrarían en el escenario del mundo. La forma como actuaran allí tendría una poderosa incidencia en la interpretación que tuvieran terceras personas sobre el carácter de Dios. Él no permitiría que israelitas desleales poseyeran la tierra de Canaán. De hacerlo, destruiría cualquier esperanza de que reflejaran apropiadamente su carácter de amor (incluyendo su justicia y su misericordia) a los otros habitantes del planeta Tierra, para que se volvieran a él y se salvaran.
Lo que los sacerdotes aarónicos eran para los israelitas, eran los israelitas para las otras naciones: "Un reino de sacerdotes y gente santa" (Éxo. 19:6). Y del mismo modo que Dios no toleraba que los sacerdotes aarónicos lo representaran mal, pues ello enviaría un mensaje equivocado a su pueblo (Lev. 10; Nadab y Abiú), tampoco permitiría que su  pueblo lo representara falsamente ante el resto del mundo. No podría bendecirlos a menos que todas las familias de la tierra pudieran ser bendecidas a través de ellos (Gén. 12:3; 22:18).
Con el propósito de dar a los israelitas la oportunidad de tomar una decisión firme y bien informada de ir y poseer la tierra, el Señor ordenó a Moisés que enviara exploradores, quienes debían traer un informe detallado con respecto a diversos aspectos de ella. Los hombres tenían que ser dirigentes representantes de cada tribu, personas cuyas opiniones fueran aceptables para los diversos sectores de la comunidad israelita (Núm. 13:1-20). Siendo que el camino del corazón del pueblo pasaba por el estómago, era un momento estratégico para la misión de los espías: "Era el tiempo de las primeras uvas" (Núm. 13:20).
Según Deuteronomio 1:22, 23, el pueblo mismo sugirió la idea de enviar espías para reconocer la tierra, y a Moisés le encantó la sugerencia. Cuando ponemos esta información al lado de Números 13, llegamos a la conclusión de que, al parecer, Dios aprobó entonces el plan, y dijo a Moisés que siguiera adelante con el proyecto. La dirección divina no necesariamente excluye la iniciativa humana, siempre que el pueblo coopere con Dios. Poco antes, cuando los israelitas habían salido del Sinaí bajo la dirección del Señor, Moisés pidió a su suegro madianita que los acompañara, porque él conocía el territorio y podía darles consejos prácticos (Núm. 10:29-34).
Los espías, o exploradores, no fueron simplemente a echarle una miradita a la tierra. Dedicaron cuarenta días para cubrir un extenso itinerario. Luego volvieron al campamento israelita en Cades, en el desierto de Parán, para "dar su informe". Y trajeron muestras de los frutos de la tierra: granadas, higos, un solo racimo de uvas tan grande, que tuvieron que cargarlo entre dos hombres con un palo (Núm. 13:21-26). La gente debe de haber quedado asombrada. ¡Olviden las ollas de carne, las cebollas y los ajos de Egipto! Su tierra sería dulce de verdad. Por sus frutos ya la conocían.
Los espías confirmaron la afirmación del Señor de que Canán era realmente tierra que "fluye leche y miel". Pero la mayoría de ellos hicieron mucho hincapié en el poderío militar de las naciones cananeas y en el hecho de que sus habitantes llenaban la tierra (vers. 27-29). Daban a entender con ellos que intentar una invasión sería temerario.
El explorador de la tribu de Judá expresó una opinión minoritaria: "Subamos a conquistar esa tierra. Estoy seguro de que podremos hacerlo" (vers. 30, NVI). Para Caleb, el "podremos" incluía a Dios. Lo que hizo fue secundar la moción de Moisés, quien, antes de que los espías salieran a cumplir su misión, había dicho a los israelitas: "Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tu padre me ha dicho a los israelitas: "Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres me ha dicho; no temas ni desmayes" (Deut. 1:21).
Los otros exploradores replicaron en abierta contradicción: "No podremos combatir contra esa gente. ¡Son más fuertes que nosotros!" (Núm. 13:31, NVI). Para ellos, el "nosotros" excluía a Dios. Para ganar el voto del pueblo, que estaba encantado con el fruto que había visto, los exploradores exageraron el aspecto negativo. Declararon que la tierra era peligrosa para cualquiera que viviera en ella, que toda la gente que vieron era enorme, y que ellos eran como langostas delante de los gigantes cananeos (vers. 32, 33).
La actitud incrédula de los espías provocó una reacción de quejas, murmuración y dolor, así como una rebelión abierta y sin precedentes. Olvídense de Dios y de Moisés. "Escojamos un cabecilla que nos lleve a Egipto" (Núm. 14:4, NVI). Atascados en la actitud mental a la que estaban acostumbrados, todavía eran esclavos de corazón. Si fijaban la vista en su propia fortaleza, pronto estarían de vuelta en la esclavitud.
Siglos más tarde, en un claustro alemán, el joven monje Martín Lutero también era esclavo en su corazón. Mediante ayunos, vigilias y azotes, trataba desesperadamente, pero en vano, de lograr la liberación espiritual. Pero luego encontró el camino a la libertad y la tranquila seguridad aceptando la capacidad de Dios en vez de la suya propia. ¡Si tan solo los israelitas hubieran tenido una experiencia como la de Lutero!
Dos exploradores hicieron un apasionado llamamiento, que se convirtió en el llamamiento final. Eran Josué, de la tribu de Efraín, quien era el asistente de Moisés y el líder militar que había guiado a Israel en la victoria sobre Amalec (cf. Éxo. 17:9, 10, 13; 24:13; 33:11; Núm. 11:28), y Caleb. Rasgando sus ropas para expresar su aflicción, ensalzaron la gloria de la tierra prometida, instaron al pueblo a no rebelarse contra el Señor, e insistieron en que, siendo que Dios estaba con ellos, no tenían nada que temer. No tenían nada que temer de los infelices cananeos (vers. 6-9). Los fieles Josué y Caleb no recibieron por su fidelidad más que el unánime clamor que pedía que fueran apedreados (vers. 10).
Eso, ni más ni menos, fue lo que ocurrió. Punto. La gloria de Dios apareció e intervino. Detuvo el apedreamiento. Al condenar a los verdaderos siervos del Señor, la apóstata comunidad adulta pronunció sobre ella una sentencia irrevocable (cf. Hech. 7:54-60, donde se habla del apedreamiento de Esteban, que sí se efectuó). Dios no podría utilizarlos jamás como sus canales de revelación. Por lo tanto, nunca podrían entrar a Canaán.
Como había ocurrido después del desastre del becerro de oro (Éxo. 32:10), el Señor dijo a Moisés que destruiría al pueblo y que a él lo pondría como cabeza de una gran nación (Núm. 14:10-12). De nuevo, Moisés intercedió. Dijo a Dios que era necesario que él preservara su reputación entre las naciones (vers. 13-16; cf. Éxo. 32:11, 12) y su carácter misericordioso (Núm. 14:17-19), que él mismo había proclamado (Éxo. 34:6, 7).
Dios perdonó a Israel en conjunto (Núm. 14:20), lo cual significa que permitiría que la nación continuase su existencia a causa de su reputación. Sin embargo, también por la necesidad de mantener su gloria en el mundo, toda aquella generación adulta que había salido de Egipto, excepto los fieles de Josué y Caleb, moriría en el desierto. Solo sus hijos menos de veinte años entrarían en la tierra prometida cuando crecieran (vers. 21-35). Para que el castigo fuese proporcional a la falta, los israelitas vagarían por el desierto durante cuarenta años, un año pro cada día que los exploradores anduvieron explorando la tierra (vers. 34). Como "primeros frutos" de la muerte, para que supieran que el Señor se proponía hacer lo que había dicho, los diez exploradores infieles que habían dado pie a la rebelión murieron inmediatamente por una plaga (vers. 36-38).
Cuando Moisés informó al pueblo la sentencia divina y anunció que se encaminarían de nuevo rumbo al desierto (vers. 25, 39), los israelitas no quisieron aceptar el desarrollo de los acontecimientos. Declararon que ahora estaban dispuestos a obedecer las anteriores indicaciones de Dios de ir y conquistar la tierra. Así que trataron de invadir la tierra de Canaán con sus propias fuerzas, sin la aprobación o la ayuda divina. Por supuesto, fracasaron miserablemente (vers. 40-45). Se habían negado de toda forma posible a cooperar con el Señor. Cuando él dijo "Vayan", se detuvieron, y cuando él dijo "¡Deténganse!", se lanzaron hacia adelante. Su anterior mandato ya no estaba vigente. Habían perdido su oportunidad.

Nuestra tardanza para entrar en la "tierra prometida" celestial

Si nos tomamos un tiempo para hacer una pausa en nuestros frenéticos horarios y nuestras atestadas agendas con el fin de reflexionar en la historia bíblica, sus implicaciones para nosotros son muy aleccionadoras. Si pertenecemos a Cristo, somos descendientes espirituales de Abraham, y "herederos según la promesa" (Gál. 3:29). ¿Herederos de qué? Dios prometió a Abraham que sus descendientes se convertirían en una gran nación, tendrían su propia tierra y serían una bendición para todas las naciones (Gén. 12:1-3; 22:17, 18).
Ahora la invitación a recibir la salvación va directamente a los gentiles que creen en Cristo, de modo que su conexión con Abraham es espiritual, más que carnal, mediante la pertenencia a una raza (Hech. 15). La "gran nación" de Abraham es más grande lo que jamás se imaginó, pues abarca a todas las naciones de la tierra. Su misión es ser una bendición para todos los habitantes del planeta al compartir con ellos la Fuente de bendiciones: Jesús, el descendiente de Abraham (Gál. 3:16).
Por lo tanto, ¿cuál es la tierra que los israelitas espirituales heredarán? Su pueblo de fe anhela "una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergüenza de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad" (Heb. 11:16, NVI). Los dos últimos capítulos de la Biblia describen esta ciudad celestial, que desciende a una gloriosa tierra nueva que Dios prepara para su pueblo (Apoc. 21:22). Es nuestro hogar final, nuestra tierra prometida, muchas veces más grande y mejor que el antiguo país prometido a los israelitas.
Canaán fluía leche y miel, pero en la tierra nueva fluye el agua de la vida y no fluyen lágrimas allá. Canaán tenía enormes racimos de uvas, pero la tierra nueva tiene el árbol de la vida. Canaán tenía ciudades, pero la tierra nueva tiene la nueva Jerusalén. Canaán tenía luz solar, pero la tierra nueva tiene la gloria de Dios.
Dios ya nos ha prometido un hogar (véase Juan 14:1-3), del mismo modo que prometió Canaán a los israelitas. Lo único que tenemos que hacer es seguir sus indicaciones de subir y poseerla, del mismo modo que los israelitas debían seguir la dirección de Dios para poseer Canaán. Él nos ha provisto de cuanto necesitamos: un nuevo pacto, instrucciones, promesas de victoria, organización y conducción profética, del mismo modo que ofreció todo lo necesario a los israelitas.
Entonces, ¿por qué no estamos todavía en nuestra tierra prometida? Quizá los paralelismos continúan. ¿No será que han muerto muchas generaciones de los nuestros mientras andábamos "vagando por el desierto" del mundo actual? ¿Compartimos algunos problemas con los israelitas como, por ejemplo, fijarnos demasiado en los obstáculos, poca fe en la presencia y dirección de Dios entre nosotros, e insistencia en la comodidades materiales y la gratificación sensual? Es fácil ver esas faltas en otros, pero, ¿qué pasa en nuestro propio corazón y en nuestra vida?
¿Qué está esperando el Señor? ¿Qué debería ocurrir para poder ir a nuestro hogar? Se suponía que los israelitas debían seguir las indicaciones divinas para poder realizar la invasión. También nosotros tenemos instrucciones. Para ellos la invasión era militar: librar una guerra con armamento militar. Para nosotros la guerra es espiritual: librar una guerra con el amor. Jesús nos ha dado nuestras órdenes de marcha:
"Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén" (Mat. 28:19, 20). "Y será predicado este evangelio del reino del mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin" (Mat. 24:14).
Cuando Jesús dijo "y entonces vendrá el fin", quiso decir que en ese tiempo vendría el fin. "Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis" (Juan 14:3). En otras palabras, cuando todas las naciones hayan tenido la oportunidad de escuchar el mensaje del evangelio, Jesús vendrá por segunda vez para llevarnos a nuestro hogar celestial. Eso es lo que Dios está esperando.
Dios no espera que todos se conviertan. El Señor respeta el libre albedrío de todas sus criaturas, y solo entrará aquel cuyo corazón esté dispuesto a recibirlo (Apoc. 3:20). Pero él no "quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan" (2 Ped. 3:9, NVI). Por lo tanto, quiere dar a cada uno la oportunidad de hacer una decisión bien informada a través de los testigos del evangelio que testifican de su amor (Juan 3:16; 1 JUan 4:8). Si los habitantes de la tierra escuchan o no, es asunto de ellos (cf. Eze. 2:5, 7), pero deberían ser alcanzados con el mensaje.
Si alguien duda de que Dios considere seriamente dar a todas las personas una oportunidad justa y adecuada para responder, debería recordar que dio al mundo antediluviano ciento veinte años (Gén. 6:3). De hecho, les concedió a los habitantes de Canaán cuatrocientos años mientras su pueblo escogido tenía que esperar en Egipto (Gén. 15:13-16). Pero cuando Dios ya no puede hacer nada por la gente (Isa. 5:4) y ellos han tomado seriamente su decisión (Apoc. 22:11), viene prestamente con su recompensa (vers. 12). No hay nada misterioso aquí. Dios ha revelado claramente su agenda que se basa en su carácter de justicia y misericordia (Éxo. 24:6, 7).
Si todo está tan claro, ¿a qué se debe la demora? Pensemos simplemente en la logística. ¿Cómo se supone que debemos alcanzar a todos los habitantes de la tierra con el evangelio? ¿Se hace el lector una idea de la rapidez con que está creciendo la población mundial? ¿Sabía que varios países tienen severas leyes contra le proselitismo, de modo que convertirse a otra religión es, no solo difícil, sino, incluso, peligroso? ¿Y qué decir sobre el idioma y las barreras culturales, la falta de recursos suficientes, el materialismo y el postmodernismo, que han destruido el interés en el Dios de la Biblia y el tremendo crecimiento de las tentaciones a través de avenidas como internet? De muchas maneras, la tarea que nos espera se va haciendo cada vez más difícil, del mismo modo que la demora de los israelitas dificultó la conquista de Canaán, porque sus enemigos se fortalecieron.
¿Cuál es la solución? Para poseer la tierra de Canaán los israelitas necesitaban muchos milagros. De manera similar, necesitamos milagros para llevar el evangelio a todo el mundo. En realidad, los milagros ya están ocurriendo, lo cual nos alienta a creer que Dios puede hacer las grandes cosas que ha prometido. Nuestra fórmula para el éxito es la misma que Dios dio a los primeros discípulos de Cristo. Unirnos en la confianza en Dios, recibir su poder, y avanzar bajo su liderazgo, siguiendo de todo corazón al Señor, como hizo Caleb (Núm. 14:24). Los seguidores de Jesús se unieron en oración, obtuvieron el poder del Espíritu Santo (Hech. 1:2) y entonces salieron y predicaron el evangelio "a toda criatura bajo el cielo" (Col. 1:23, NBE).
En los tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios le dio a su pueblo el valor y la fortaleza que necesitaban para la batalla (Juev. 3:10; 6:34; 11:29; 14:19; 15:14). Fue el mismo Espíritu el que dotó a los creyentes del Nuevo Testamento con el poder del amor para la guerra espiritual contra las fuerzas del egoísmo: "Y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado" (Rom. 5:5). El amor es el carácter de Dios (1 Juan 4:8) y, por lo tanto, el fundamento de su ley (Mat. 22:37-40). Dios nos pone en armonía consigo mismo y con su tipo de amor a través de su Espíritu, como un don de gracia recibido a través de la fe.
El amor totalmente libre de egoísmo de Dios es la fuerza motivadora más poderosa y permanente del universo (1 Cor. 13:7, . "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16). Esto es lo más grande que jamás ha ocurrido, y fue motivado por su amor.
El don del amor de Dios hacia nosotros, que recibimos a través de su Espíritu, nos dota de poder para realizar obras de fe (Gál. 5:6) y nos reconcilia y nos une con los demás. Una unidad genuina, profunda y duradera es milagrosa y santa, y despliega ante el mundo lo que el evangelio es capaz de lograr (Sal. 133; Mal. 4:5, 6; Juan 17:20-23; Hech. 1; 2). El amor divino nos impulsa a participar juntos en la misión redentora de Dios, sacándonos de nuestras pequeñas y cómodas burbujas e ignorando los obstáculos, las irritaciones, el ridículo y la persecución, porque estamos apasionadamente ansiosos de que los demás disfruten de la salvación a través de Cristo.
La fuerte motivación del amor no significa que nuestro llamamiento a aceptar el evangelio de be ser insensible, abrasivo y odioso, como los que emplean algunos vendedores agresivos, incluyendo algunos "vendedores" de religión. "El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, sino que se goza de la verdad" (1 Cor. 13:4-6).
Dios ha puesto la tierra prometida a nuestro alcance. Por el bien de todos, incluyéndonos a nosotros mismos, podemos adoptar como lema las inmortalidades palabras de Caleb: "Tenemos que subir y apoderarnos de ella, porque podremos con ella" (Núm. 13:30. NBE).

¿Servir al tiempo o tiempo de servir?

Esperar a alguien durante mucho tiempo es difícil, incluso condiciones ideales. Pero es aun más difícil si lo tienen a usted esperando por causa de un torpe error.
Cuarenta años son muchos años. Las condiciones de vida en un desierto están muy lejos de ser ideales. Rebelarse contra Dios es la forma suprema del error. Pero fue el tipo de demora que Josué y Caleb tuvieron que soportar. Sin embargo, su situación fue mucho mejor que la de cualquier otro de su generación, porque solo ellos lograrían vivir para entrar en la tierra prometida. Durante cuatro largas décadas soportaron el castigo de los israelitas mientras vagaban de lugar en lugar en un camino que no conducía a ninguna parte. No avanzaban. El único vestigio de su existencia era el reguero de tumbas que iban dejando tras ellos.
Durante aquellos cuarenta años, Josué y Caleb deberían haber estado en Canaán con Moisés, Aarón y María, quienes pertenecían a una generación de más edad que ya llevaba esperando mucho tiempo antes de que los israelitas salieran de Egipto (Éxo. 2:15-25; 7:7). Josué y Caleb habían hecho planes de dedicar algún tiempo a expulsar a los cananeos y construir sus casas para ellos y sus familias. Luego esperaban sentarse en paz bajo la sombra de sus parras y sus higueras. Pero allí estaban los ganadores atados a un equipo de perdedores irremisibles. Su situación era ideal para inducir un ataque de depresión crónica.
Podría haber sido una tentación para Josué y Caleb, los guías mayores, organizar un grupo de adolescentes forzudos que pertenecían a la siguiente generación, formar una tropa de avanzada, dirigirse a Canaán y conquistar una sección del territorio para establecerse. Podrían haber sentido que salir de la comunidad israelita en aquellas condiciones era algo parecido a salir de Egipto o de Babilonia. Pero ellos permanecieron con su errática nación y su cortejo fúnebre.
Durante aquellos cuarenta años, Josué y Caleb no permanecieron ociosos. Tenía que formar a otra generación, y su trabajo tuvo éxito. La gente más joven no era perfecta, pero cuando llegó el tiempo de tomar la tierra de Canaán, estaban listos, dispuestos, y fueron capaces de seguir a Dios (ver el libro de Josué). Más que instrucción militar, era la formación de una actitud de fe, una educación teológica para la nueva vida que surgiría de la nación condenada a muerte: un seminario erigido sobre un cementerio.
Martín Lutero también sabía lo que era esperar aparentemente aislado de la obra de su vida. En 1521, cinco años después de clavar sus famosas95 tesis sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg, e inmediatamente después de pronunciar su célebre discurso sobre sus escritos en la Dieta de Worms, Lutero fue "secuestrado". Uno de sus más firmes partidarios, el elector Federico de Sajonia, hizo arreglos para que un grupo de caballeros enmascarados llevara a Lutero al remoto castillo de Warburg, en Eisenach, por su propia seguridad.
Aunque Lutero vivió como prisionero durante casi un año, utilizó ese tiempo como un período de servicio. Junto con otros escritos, realizó su famosa traducción del Nuevo Testamento al alemán durante su experiencia del "desierto" o de "Patmos", como denominaría más tarde a su confinamiento en el castillo de Warburg. Fue una de sus mayores y más duraderas contribuciones a la causa del evangelio.
Si nos encontramos "esperando en el desierto", hay muchísimas cosas positivas que podemos hacer para prepararnos para nuestra entrada en la "Canaán" celestial. Hay familias e iglesias que necesitan unirse, niños y adultos que necesitan enseñanza, hay muchas palabras de aliento que pronunciar, vecino y amigos que alcanzar, y oraciones intercesoras que ofrecer. Por encima de todo, podemos fortalecer la fe y abrirnos al don del amor por medio del Espíritu Santo. Mientras estemos abiertos a la dirección de Dios, diciéndole sí, y siguiéndolo de todo corazón hasta las últimas consecuencias, estamos en ruta de la tierra prometida.odavía existe el futuro
A primera vista, Números 15:1-16 parece fuera de lugar, como si perteneciera al libro de Levítico. Allí hallamos instrucciones para las ofrendas de cereal (NVI) y se habla de vino para acompañar todas las ofrendas encendidas (cf. Lev. 1) y los "sacrificios", es decir, los tipos de sacrificios de los cuales podía comer el oferente (Lev. 3; 7). Estos acompañamientos a las ofrendas de sacrificios de animales completaban las "viandas" simbólicas para el Señor, del mismo modo que Abraham había ofrecido al Señor y sus ángeles una comida completa que incluía panes de harina y bebidas junto con la carne (Gén. 18; cf. 19:1).
Abraham no se dio cuenta de que eran visitantes sobrenaturales ni de que la hospitalidad que ofreció al Señor era en realidad un sacrificio. El libro de Hebreos hace una aplicación práctica: "No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles" (Heb. 13:2). Jesús dio un paso más al declarar que cualquier cosa que hagamos en favor de otros, lo hacemos a él mismo (Mat. 25:34-40).
La introducción a Números 15 indica por qué están aquí esas instrucciones rituales: "Jehová habló a Moisés y le dijo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra que yo os daré por habitación" (vers. 1:2). Siendo que viene después de la trágica historia narrada en el capítulo anterior, estas palabras están llenas de ánimo y confirman que Dios ya estaba planeando dar la tierra prometida a (la nueva generación de) los israelitas. Su gracia todavía estaba disponible a través de los sacrificios que señalaban al sacrificio supremo de su Hijo (Juan 1:29).
En otra instrucción, que entraría en vigor cuando los israelitas entraran a la tierra prometida y comieran "de lo que ella produce" (Núm. 15:17-21), hallamos más palabras de aliento. ¡Eso era lo que ellos habían estado deseando hacer! Para recordar su dependencia de Dios y agradecerle su poder sustentador (cf. Sal. 145:15, 16), debían ofrecerle una "contribución" al Señor de la primera hornada de masa de pan que hicieran con el grano que cosecharan cada año.
Es igualmente alentador recordar que si la comunidad israelita, o una persona concreta, violaba inadvertidamente cualquiera de los mandamientos de Dios en el futuro, sus pecados podían ser eliminados y perdonados (Núm. 15:22-29; cf. Lev. 4). Pero luego Números 15:30, 31 lanza una poderosa advertencia. En marcado contraste con las personas que cometieran pecados por yerro, a los pecadores desafiantes no se les daba la oportunidad de recibir el perdón a través de un sacrificio animal. Como se habían rebelado contra el señor y despreciado su palabra, llevaban su propia culpa y eran "cortados", es decir, condenados a extinguirse en su posteridad. Es cierto que algunos pecados deliberados podían recibir perdón a través de una sacrificio animal (Lev. 5:1, 5, 6; 6:1-7), pero no los pecados cometidos desafiantemente.
Siendo que venía después de la rebelión ocurrida con motivo del informe de los exploradores (Núm. 13, 14), la fuerza de la advertencia era evidente: ¡La generación más joven nunca más debería pecar desafiantemente como la comunidad de sus padres había pecado! Ese tipo de pecado resulta en un castigo irrevocable, y no hay ningún ritual disponible para impedirlo.
En caso de que los israelitas necesitan un ejemplo de un pecado desafiante en el ámbito individual, durante su estancia en el desierto un hombre salió a recoger leña durante el sábado (Núm. 15:32). Su acción era una violación flagrante de uno de los Diez Mandamientos que Dios mismo había proclamado desde el monte Sinaí (Éxo. 20:8-11) y repetido en otras ocasiones (Éxo. 23:12; 31:12-17; 34:21; véase también Éxo. 16:23-30). Y Dios ordenó que toda la comunidad lo apedreara hasta que el hombre muriese (Núm. 15:33-36).
El hombre representaba la actitud de su generación. Había salido de Egipto, pero Egipto no lo había abandonado a él. Aunque Dios los había libertado, todavía actuaba como un esclavo del faraón, recogiendo leña (cf. Exo. 5:4-12) en el día que celebraba la redención, la libertad del trabajo, y la dependencia del creador, quien hizo y sostiene toda la vida (Éxo. 20:8-11; Deut. 5:12; cf. Dan. 5:23). Al negarse a recibir y a celebrar el don de la vida, rechazó a Dios y eligió el camino de la muerte. Irónicamente, la comunidad que lo ejecutó estaba compuesta, de manera mayoritaria, por la generación que él representaba. Todos podían verse en él.
¿De modo que no hay esperanza para la gente que comete pecados desafiantes? ¿Qué decir del rey Manasés, el más malo de los malos, el monarca que perpetró más violencia de la que podemos imaginar, aparte de idolatría, sacrificio de niños, prácticas de ocultismo, y quien merecía más que todos "ser cortado" (2 Crón. 33; cf. Lev. 20:2, 3)? ¿Cómo lo perdonó Dios? ¡Aquí se trata de una gracia asombrosa!
Hechos 13:39 da la respuesta: A través del sacrificio de Cristo, el único que tiene poder real para perdonar (Heb. 10:1-18), existe la oportunidad para recibir justificación de los pecados para los cuales la ley de Moisés (incluyendo el sistema de sacrificios animales) no poseía ningún remedio. El sistema ritual, a través del cual los israelitas obtenían misericordia aceptando el sacrificio de Cristo por la fe, era para enseñar al pueblo cómo opera la salvación. Pero tenía sus límites.
Hacía tiempo Dios había dicho a Moisés que él podía perdonar la "transgresión", es decir, pecados de rebelión (Éxo. 34:7), pero no a través de sacrificios animales. Es verdad que los pecados de rebelión del profeso pueblo de Dios afectaban su santuario (Lev. 20:3; Núm. 19:13, 20; cf. Dan. 8:12), el cual representaba su reputación, y eran limpiados durante el Día de Expiación (Lev. 16:16; cf. Dan. 8:14). Pero la purificación no producía ningún beneficio a los pecadores rebeldes (cf. Lev. 16:30; Dan. 8:25).
Todos los habitantes del planeta Tierra, en todas las épocas, se han salvado de la misma manera: a través del don del Hijo de Dios: "Para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16). "Todo aquel" significa "todo aquel", sin excepciones. Los únicos que son rechazados son los que definitivamente se niegan a creer. Por eso, incluso el perverso e impío Manasés pudo ser arrebatado a escasos centímetros de la puerta del infierno, a donde se dirigía sin billete de regreso, cuando creyó en el prometido sacrificio de Cristo. Esto no significa que los pecadores puedan, necesariamente, escapar de las consecuencias de sus acciones (quizá incluso la muerte) en la vida actual. La promesa de salvación de Cristo es para la vida venidera, que es eterna.
Cuando observamos el mundo, a la gente a la que Cristo quiere salvar, nos estremecemos. Tomemos como ejemplo a Ron Halverson. Ron creció en un vecindario de grandes edificios de apartamentos en Brooklyn, Nueva York. En su escuela secundaria los estudiantes se mataban con navajas para obtener dinero para el almuerzo. Desde muy tierna edad aprendió a valérselas por sí mismo, y más tarde se convirtió en campeón de boxeo de peso ligero, a quien la prensa llamaba "el matón Halverson". También aprendió a vivir por "la fuerza de las balas".
Sus héroes, sus modelos, eran los violentos miembros de la mafia y las pandillas. cuando se unió a la pandilla de los Beach Combers, robó automóviles y cometió todo tipo de delitos a la tierna edad de dieciséis años. Vio morir a sus amigos por heridas de arma blanca y pasó un tiempo en la cárcel. Pero eso no lo detuvo. Se abrió camino hasta llegar a ser vicepresidente de la pandilla de los Beach Combers.
Ron y un amigo faltaban con frecuencia a la escuela para ir a jugar y pasear. Un día, sin embargo, decidieron visitar a un amigo de ambos que había sido internado en una escuela cristiana del barrio de Queens. Cuando llegaron a la escuela, descubrieron que estaba celebrándose una semana de oración. Durante toda la semana siguieron faltando a la escuela para asistir a la serie de reuniones. El orador hizo un llamamiento al final de la última reunión. Ron, vestido con una chamarra de cuero negro, con el emblema de su pandilla grabado en la espalda, y con una navaja automática en su bolsillo, pasó al frente y entregó su vida a Cristo. Razonó que si Cristo podía salvar al ladrón en la cruz, podía salvarlo a él también. En la actualidad Ron Halverson es un evangelista reconocido internacionalmente.

Fuente:

http://www.escuelasabatica.cl/2009/tri4/lecc6/leccion.htm

 

 



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Lecciones y comentarios para la escuela sabática_Segundo trimestre de 2014  
  Cristo y su Ley

Autor: Keith Burton

Lecciones y Comentarios para la escuela sabática-Segundo trimestre_Abril - Junio de 2014

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Cristo y su Ley  
  1. Las leyes en los días de Cristo (Levítico 1:1-9; Deuteronomio 17:2-6; Lucas 2:1-5;Hebreos 10:28; Santiago 2:8-12)
2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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