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IV Trimestre de 2011

Libro Complementario

Una respuesta apasionada para una iglesia con problemas

Gálatas

Autor: Carl P. Cosaert

 

Capítulo 3

La circuncisión

El comienzo de un nuevo año escolar siempre está colmado de una mezcla de emoción y de previsión impaciente por parte de los estudiantes, quienes se preguntan qué les deparará. Así fue también en 2007, cuando los alumnos empezaron a llegar al Instituto público de Kiriani, situado a las afueras de la ciudad de Meru, en Kenia oriental. Todo parecía prometedor al principio, mientras los estudiantes se ayudaban mutuamente a trasladarse a sus internados, a la vez que hacían nuevos amigos y renovaban viejas amistades.

Sin embargo, las señales de un año promisorio desaparecie­ron rápidamente cuando una ducha a primera hora de la mañana reveló de forma inocente que uno de los nuevos chicos no esta­ba circuncidado. En algunas culturas, un descubrimiento de esta naturaleza entre un grupo de varones adolescentes tendría como resultado únicamente algunos comentarios groseros o un montón de chistes propios de gente inmadura, y eso sería todo. Pero no fue así en Kenia. No era cosa de risa. La atmósfera positiva y amigable que había dado comienzo al año escolar cedió el paso a la hostilidad cuando los otros chicos que estaban en las duchas empezaron a entonar cánticos sobre la guerra y la circuncisión. Temeroso por su vida, el aterrado estudiante y, al final, diecisiete estudiantes incircuncisos más, se refugiaron en el despacho del director, donde acabaron pasando la noche. De inmediato el director tomó medi­das para solucionar la crisis: expulsar a los alumnos incircuncisos.

Aunque la decisión del director puede sorprendernos, ilustra el importante papel que desempeña la circuncisión en muchas cul­turas del mundo. En lugares como Kenia es mucho más que una cuestión de higiene personajes un rito iniciático que marca una transición en la condición social de la adolescencia a la mayoría de edad. Podemos percibir la relación entre la circuncisión y la po­sición social de un varón en la carta que el director envió a los pa­dres de los chicos expulsados: «Así como no se puede mantener a su hijo mayor que está circuncidado con el hijo menor que no lo está», explicaba el director, «pasa igual en el internado». [1]

Aunque algunos funcionarios del gobierno censuraron tan «primitivo» comportamiento en una escuela pública, la mayoría de los habitantes de la zona coincidía en que los chicos no circuncidados no debían participar en las mismas actividades que los que sí lo estaban. Un anciano de la tribu de la zona dijo: «No pueden bañar­se a la vez ni compartir toallas, y, en algunas ocasiones, ni siquie­ra pueden sentarse a charlar entre sí». [2] En ese tipo de entorno, la circuncisión es de suma importancia, porque sirve de marca de identidad que define el lugar de un hombre en la sociedad, ¡inde­pendientemente de si estamos de acuerdo con la práctica o no!

Aunque las opiniones encontradas por la circuncisión parecen del todo inusitadas, si no una verdadera locura, para la mayoría de la gente del mundo occidental (por ejemplo, no me imagino que nadie de nuestra cultura hubiese defendido la expulsión de chicos incircuncisos del colegio), este incidente nos da una muestra de lo emocionalmente cargada y potencialmente hostil que era la situa­ción de las iglesias de Galacia.

La circuncisión es el asunto fundamental al que se enfrenta Pablo en su Carta a los Gálatas. La situación de Galacia comparte incluso algunos paralelos asombrosos con el episodio de Kenia. En ambas situaciones, un grupo de mayor arraigo creía firmemente que todos los recién llegados tenían que someterse al rito de la circuncisión, como él había hecho en su momento. La única diferen­cia real estaba en los participantes: en Kenia se trataba de estudian­tes de cursos superiores enfrentados con otros de cursos inferiores, mientras que en Galacia se trataba de cristianos de origen judío enfrentados con nuevos creyentes de origen gentil. Y así como los nuevos estudiantes no eran bienvenidos en el colegio de Kenia a no ser que primero se circuncidaran, tampoco se daba la bienvenida a los gentiles ni se los consideraba cristianos genuinos ni miembros de pleno derecho de la familia de la iglesia si no se circuncidaban. En ambos casos, la circuncisión se había convertido en una marca de identidad: los que la tenían, eran tenidos en cuenta; los que no, no.

Aparte de las similitudes básicas entre los dos relatos, el asun­to de la circuncisión y los acontecimientos que Pablo describe en Gálatas 2:1-14 suscitan importantes cuestiones para nuestra con­sideración en este capítulo. En primer lugar, de todos los temas posibles, ¿por qué era la circuncisión tan importante para algunos cristianos primitivos? Y, ¿por qué se opuso Pablo tan firmemente a que los creyentes gentiles se sometieran a ella, por dispuestos que estuvieran? ¿De verdad merecía el asunto ser objeto de discusión en una reunión celebrada en Jerusalén entre los apóstoles más des­tacados y él? Además, ¿por qué habría de reconvenir públicamente a Pedro por la decisión de este de comer con cristianos judíos com­patriotas suyos que acababan de llegar de Jerusalén en vez de com­partir una comida con creyentes gentiles incircuncisos? Por último, y puede que esta sea la pregunta más importante de todas, ¿por qué habríamos tan siquiera de preocuparnos los creyentes que vi­vimos en el siglo XXI por un altercado que ocurrió en la iglesia hace casi dos mil años por una antigua costumbre como la circuncisión?

El origen de la circuncisión en el judaísmo

Aunque la circuncisión es de suma importancia en países como Kenia, era (y es) de importancia aún mayor en el judaísmo. ¿Por qué? Aunque el origen de la circuncisión como costumbre an­cestral antigua en Kenia está rodeado de misterio, en el judaísmo la práctica se remonta no solo al antepasado de la raza judía, sino a un mandato específico dado por Dios. Génesis 17 consigna el incidente.

La circuncisión había de ser una señal de la alianza eter­na que Dios había establecido con Abraham y todos sus descen­dientes. Y las instrucciones divinas sobre la circuncisión eran muy concretas: «Todos los varones de cada generación deberán ser cir­cuncidados a los ocho días de nacidos, tanto los niños nacidos en casa como los que hayan sido comprados por dinero a un extran­jero y que, por lo tanto, no sean de la estirpe de ustedes. Todos sin excepción, tanto el nacido en casa como el que haya sido comprado por dinero, deberán ser circuncidados» (Génesis 17:12,13, NVI). Ade­más, las consecuencias de la inobservancia eran graves: «El incir­cunciso, aquel a quien no se le haya cortado la carne del prepucio, será eliminado de su pueblo por haber violado mi pacto» (versículo 14). Por esta razón, la circuncisión desempeña un papel aún más fun­damental en el judaísmo de lo que lo hace hoy en lugares como Kenia. Para los judíos, desde luego, no es una cuestión de higiene; ni siquiera consiste en un rito iniciático. Antes bien, se trata una orden directa dada por Dios y de una señal del pacto que hizo con Abraham y con todos los descendientes de este.

¿Por qué estaba Pablo tan disgustado?

Aunque comprender el origen divino de la circuncisión en el judaísmo revela por qué los judíos tenían convicciones tan firmes al respecto, no explica por qué Pablo tuvo que hablar de forma tan negativa sobre ella en Gálatas. Recordemos que el propio Pablo era judío, y no se avergonzaba de ello. En realidad, habla positi­vamente de su formación judía y hasta de la circuncisión (Romanos 3:1, 2; 9:3-5; Filipenses 3:4-6). Entonces, ¿qué causó tal enfado en Pablo por las circunstancias de Galacia como para que exclamara: «Escuchen bien: yo, Pablo, les digo que si se hacen circuncidar, Cristo no les servirá de nada» (Gálatas 5:2, NVI)? De hecho, Pablo se hallaba tan consumido por una ardiente ira contra los que insistían en que los creyentes gentiles se sometieran a la cuchilla de la circuncisión que realizó una declaración asombrosa: «¡Ojalá que esos instigadores acabaran por mutilarse del todo!» (versículo 12, NVI). ¿Cuándo fue la última vez que oíste a tu pastor decir algo semejante a toda la con­gregación?

En pocas palabras, Pablo no se oponía a la circuncisión como institución divina dada a los judíos; ¿cómo podría, siendo que, des­pués de todo, había sido dada por Dios? En Hechos 16:1-4, inmediatamente después de que el Concilio de Jerusalén declarara que la circuncisión no era un requisito para los gentiles, Pablo in­cluso hizo que Timoteo, cuya madre era judía, fuera circuncidado. Para él, la circuncisión no era meramente un asunto de buenos y de malos.

La causa del enfado de Pablo era la posición distorsionada que el antiguo judaísmo había adoptado en cuanto a la circuncisión. Unos doscientos años antes del nacimiento de Jesús, en una época de enorme persecución, el rito se había convertido en un apreciado símbolo de identidad nacional y religiosa. La tierra de Israel ha­bía caído bajo la jurisdicción de Antíoco IV Epífanes, gobernante griego de la antigua Siria. Antíoco tenía grandes planes para su reino y opiniones excelsas de sí mismo; por ejemplo, algunas de sus monedas tenían la inscripción Antiojos Theos Epífanes («Antíoco, quien es dios manifiesto»). En su empeño por cohesionar más estrechamente su reino, decidió que todos sus súbditos debían adoptar las prácticas religiosas de los griegos. Como cabía esperar, muchos judíos se negaron a renunciar a su antigua fe.

Antíoco promulgó otro decreto que se proponía pisotear la fe de los judíos. Prohibió, bajo pena de muerte, la práctica de los aspectos externos más distintivos de la fe judía: la circuncisión, la observancia del sábado, el respeto por las leyes alimentarias y los servicios rituales del templo. Aunque muchos judíos estuvieron dispuestos a transigir, otros se alzaron en defensa de sus costumbres ancestrales. Estos no solo tomaron la espada contra Antíoco, también la volvieron contra cualquier compatriota judío dispuesto a transigir. Y, de todas las leyes antiguas, la circuncisión se convirtió en el criterio definitorio de si una persona era fiel hijo de Abraham.

¿Por qué la circuncisión y no algo como el sábado? Porque, de todas las leyes del Antiguo Testamento, la circuncisión era, por así decirlo, la más visible. O un hombre estaba circuncidado o no lo estaba. Era sencillo y elemental. Los criterios como el sábado, por ejemplo, eran más difíciles de concretar en la práctica de la vida diaria. La circuncisión era obvia. [3] Se convirtió en otro «Shibolet» (ver Jueces 12:6), un indicador definitorio de la identidad judía de una persona.

Y siguió siendo una señal de identidad mucho tiempo después de que los judíos derrotaran a sus gobernantes sirios, lograran su propia independencia y acabaran bajo el yugo del Imperio romano. Durante los breves años de su independencia, los judíos celosos no solo obligaron a que todos los judíos incircuncisos de Israel fue­ran circuncidados, sino que lo requirieron de todo hombre, judío o no, que viviera en zonas bajo jurisdicción judía. ¡Podemos tener la seguridad de que eso no dejaba muchos hombres con una pers­pectiva positiva del judaísmo! Aunque Dios requirió la circuncisión de los descendientes físicos de Abraham en el Antiguo Testamento, nunca la requirió de los gentiles.

Algunos judíos llegaron incluso a considerar el mero acto de la circuncisión como un pasaporte automático para la salvación. Un epigrama de la época de Jesús afirmaba: «Los hombres circuncida­dos no descienden a la gehena [infierno]». [4]

Teniendo presente este contexto histórico, podemos entender mejor por qué Pablo se opuso tanto a la «práctica forzada» de la circuncisión en Galacia. El quid no estaba en realidad en la circun­cisión por sí misma, sino en la cuestión de identidad. ¿Cuál debería ser la característica definitoria del cristiano? ¿Qué papel debería desempeñar la circuncisión en la vida de la iglesia cristiana?

La marca distintiva del cristiano

Ciertamente, la identidad no era un asunto candente en los primeros días de la iglesia. Todos los seguidores de Jesús eran ju­díos. Y aunque el antiguo judaísmo no era, desde luego, monolítico en todas sus creencias (consideremos, por ejemplo, los diferentes puntos de vista de grupos judíos como los fariseos, los saduceos y los esenios), todos los judíos estaban esencialmente unidos respecto a su creencia en un único Dios creador, quien había llamado a Israel para que fuera su pueblo especial y le había dado sus le­yes. Sin embargo, cuando los gentiles empezaron a responder a la buena nueva de Jesús, el tema de la identidad de repente se tornó importante.

¿Cuán «judío» tenía que volverse un gentil para ser un cris­tiano «genuino»? ¿Bastaba la fe en Jesús solo, o tenían los gentiles que hacer algo más también, concretamente, someterse a la ley ju­día, que, en los días de Pablo, se limitaba fundamentalmente a la circuncisión? ¿Cuál debía ser la característica definitoria de la fe cristiana?

Pablo estaba convencido de que esa pregunta tenía solo una respuesta. La marca distintiva que identifica si alguien es cristiano no es la conducta, ni lo que la persona haga o deje de hacer (ya se trate de la circuncisión o, si a eso vamos, cualquier otra cosa). Sin duda, un cristiano hará muchas cosas buenas, pero, según Pablo, lo que de verdad nos hace cristianos no es la circuncisión exterior ni ninguna otra conducta, sino la circuncisión interior del corazón (Deuteronomio 30:6; Romanos 2:29), una fe viviente y vibrante en Jesucristo. Te­niendo esto presente, analicemos brevemente los acontecimientos que Pablo describe en Gálatas 2:1-16.

Mantenerse firme por el evangelio

La confrontación nunca es fácil. Importa poco que lo sufras o lo provoques. De hecho, la mayoría de las personas la encuentran tan violenta que escogen evitarla a toda costa, a veces hasta cuando puede que la necesidad sea acuciante. No tenemos razón alguna creer que Pablo fuera diferente en este extremo. Está claro que era apóstol, y tenemos ejemplos manifiestos en sus Cartas en los que, verdaderamente, pega un soberano repaso a alguien. Solo en los dos primeros capítulos de Gálatas, por ejemplo, encontramos a Pablo lanzando anatemas a los gálatas (Gálatas 1:8,9) y dando al apóstol Pedro una buena reprimenda pública (Gálatas 2:11-14). Basándo­nos en tales incidentes, podríamos sentirnos tentados a compararlo con una especie de fanático religioso que estaba en sus aguas cuan­do había confrontación.

Aunque, desde luego, Pablo sabía oponerse a otros si era ne­cesario, ello no era algo de lo que disfrutara, especialmente cuando se trataba de correligionarios. Por ejemplo, en 2 Corintios descubri­mos que realizó un penoso viaje a Corinto en su empeño por abor­dar algunos de los difíciles problemas sobre los que había escrito en su primera Carta a los creyentes de aquella ciudad. Por lo visto, esa visita no fue muy cortés; al menos, no para todas las personas implicadas. El apóstol regresó decepcionado a Éfeso y escribió a los corintios una carta sobre el encuentro (al parecer, no conservada, aunque algunos eruditos creen que parte de la misma ha sobrevivi­do en 2 Corintios 10-13). Los comentarios de Pablo en 2 Corintios 2:1-4 revelan lo difícil que le resultó tener que hacer frente a los corintios, y con toda claridad decirles que estaban obrando mal. «En efecto, decidí no hacerles otra visita que les causara tristeza. Porque si yo los entristezco, ¿quién me brindará alegría [...]? [...]. Les escribí con gran tristeza y angustia de corazón, y con muchas lágrimas, no para entristecerlos sino para darles a conocer la pro­fundidad del amor que les tengo» (NVI). Aunque no existe más correspondencia entre Pablo y los gálatas, solo podemos imaginar que sus sentimientos no eran diferentes en su caso.

Si no le gustaba enfrentarse con correligionarios, ¿por qué se dirigió con tanta franqueza a los gálatas y a Pedro? Encontra­mos la respuesta en un incidente intercalado precisamente entre su reprensión a los gálatas y a Pedro. Refiere un viaje que Pablo hizo a Jerusalén y la entrevista privada que sostuvo allí con Pedro, Santiago y Juan. La reunión no fue meramente una visita social. Al apóstol le preocupaba que las acusaciones contra su ministerio generadas por algunos cristianos de origen judío acabaran siendo un ataque contra la unidad de los apóstoles y, por ello, la de toda la iglesia primitiva. A pesar del empeño de algunos por desbaratar la reunión, fue un éxito. Los apóstoles admitieron que Dios había llamado a Pablo para que alcanzase a los gentiles, igual que había elegido a Pedro para predicar a los judíos. Y que aunque se centra­ban en grupos diferentes de personas, el evangelio que proclama­ban era el mismo.

«Divide y vencerás» siempre ha sido una de las estrategias más exitosas del diablo. La usó para debilitar y destruir a la nación de Is­rael durante el reinado de Roboam (1 Reyes 12), y volvió a emplearla en los días de Pablo para extinguir la luz del evangelio. Sabedor de que las tretas de Satanás estaban detrás de las acusaciones de los alborotadores de Galacia y en la conducta de Pedro en Antioquía, Pablo hizo cuanto estuvo en su poder por oponerse a todo ello, sin importar lo incómodo que lo hizo sentirse.

¿Por qué eran una amenaza tan grande para la unidad de la iglesia las acusaciones contra el ministerio de Pablo? Si su evange­lio era defectuoso, la implicación era que los gentiles introducidos en la iglesia a través de su ministerio eran también «defectuosos» y, por lo tanto, en un sentido, espiritualmente ilegítimos. Que tal cosa fuera verdad podría llevar únicamente a dos resultados posibles: 1) los gentiles tendrían que someterse a la circuncisión y, después, volverían a unirse a la iglesia, un acto que habría implicado que la fe en Jesús no era suficiente; o 2) toda la iglesia gentil se separaría de la iglesia original de Jerusalén o quedaría reducida meramente a cristianos de segunda, algo similar a la segregación racial en Es­tados Unidos después de la Guerra de Secesión. Fuera como fuera, Cristo estaría dividido. Escribiendo a los gálatas antes de que el Concilio de Jerusalén hubiera abordado el tema (Hechos 15), Pablo sabía que cualquiera de las dos opciones acabaría destruyendo la iglesia.

Los actos de Pedro en Antioquía fueron graves. A primera vista, podría parecer que su conducta careció de importancia: todo lo que hizo fue trasladarse de una mesa a otra a la hora de comer. ¿Qué hay de malo en ello? El problema no era que simplemente quisiera charlar con viejos amigos que acababan de llegar de Jerusalén, sino que no quería que los cristianos circuncidados judíos de Jerusalén lo vieran confraternizando en la mesa con cristianos gentiles incir­cuncisos. ¿Te imaginas qué mensaje espiritual habrían transmitido sus acciones a los creyentes gentiles?

Esto me hace recordar un incidente que me ocurrió cuando tenía trece años. En aquel momento estaba en el séptimo año de primaria y me había enamorado perdidamente de una niña que se llamaba Christi, la cual vivía a corta distancia en mi misma calle. Estábamos en la misma aula de la escuela y estaba seguro de que yo le gustaba. Christi me invitaba a menudo a su casa para charlar o jugar, y siempre lo pasábamos muy bien juntos. Hasta me dejaba que la acompañase a la escuela o desde la escuela; bueno, al me­nos parte del camino. Siempre que llegábamos a la calle principal, Christi encontraba invariablemente alguna excusa de por qué no podíamos seguir juntos el resto del camino hasta la escuela. Aun­que nunca me dijo por qué, no me resultó difícil imaginármelo. Christi no quería que sus amigas la vieran conmigo. Me dejó tan desalentado y herido que, aunque ocurrió hace más de treinta años, aún lo recuerdo como si fuera ayer. ¡Tuve la sensación de que, sencillamente, no era lo suficientemente bueno para ella!

Los gentiles se habrían sentido mucho peor. Las acciones de Pedro en Gálatas 2 les enviaron un mensaje bien claro: ¡No eran lo bastante buenos a ojos de Dios! Eran cristianos de segunda. Públicamente proclamó en voz alta que los gentiles no estaban a la altura, porque no se habían circuncidados. La fe en Cristo no era suficiente. Consciente de todo esto, Pablo estaba decidido a que la verdad del evangelio y la unidad de la iglesia no fueran destruidas con tanta facilidad. Paró en seco a Pedro por convertir la buena nueva del evangelio para todos en una camarilla espiritual exclusi­va centrada en la conducta de la persona, y no en la fe en Jesucristo.

 

Compilado por Delfino J.

 

 


[1] Noel Mwakugu, «Circumcision Row Divides Kenya Town» [Pelea por la circuncisión divide una ciudad de Kenia], Noticias de la BBC. Citado el 30 de enero de 2008 de Internet:

http://newsvote.bbc.co.uk/mpapps/pagetools/print/news.bbc.co.uk/2/hi/africa/6367807.stm.

[2] Ibíd.

[3] Tom Wright, Paul for Everyone: Galatians and Thessalonians [Pablo para todos: Gálatas y Tesalonicenses], Lousville, Kentucky: Westminster John Knox, 2004), p. 15.

[4] En C. E. B. Cranfield, A Critical and Exegetical Commentary on the Epistle to the Romans [Comentario critico y exegético de la Epístola a los Romanos], Edimburgo, T. & T. Clark, 1975), p. 172.

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2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
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5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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