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Capitulo_06_La metafora del vestido en el Nuevo Testamento

II Trimestre de 2011

Libro Complementario

 

Vestiduras de gracia

De hojas de higuera a manto de justicia

 

Autor: Tim Crosby

 

Capítulo Seis

 

La metáfora del vestido en el Nuevo Testamento

 

En el capítulo anterior afirmábamos que el manto, que no está definido en la parábola de Mateo 22, representa la justicia. No es una justicia imputada, teórica o ficticia, sino el carácter actual. Hasta el momento hemos analizado únicamente los textos del Antiguo Testamento que utilizan esta metáfora. Ahora, pasemos al Nuevo Testamento.

Pablo usa la metáfora del vestido en la Epístola a los Colosenses. Allí el vestido sigue representando la conducta: «Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras des­honestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo. Este, conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conoci­miento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni extranjero, esclavo ni libre, sino que Cristo es el todo y en todos. Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Colosenses 3:8-12).

El antiguo yo, representa nuestros viejos hábitos y pecados. Notemos que es algo que puede ponerse y quitarse. Tomemos en cuenta así mismo que lo nuevo no se coloca sobre lo viejo. ¡Afuera lo viejo! ¡Venga lo nuevo! Esta parece ser la metáfora bíblica. El Espíritu Santo nos capacita para despojarnos de los viejos hábitos de la carne y para vestirnos de los nuevos frutos del Espíritu. Pero vestirse y desvestirse es un acto voluntario.

Cuando siento el deseo de decir algo que puedo lamentar más tarde, es un ejercicio de la voluntad quitarme el viejo yo, con su rabia, su arre­bato y su malicia, y revestirme del nuevo yo, con su bondad implícita. Todo cristiano toma docenas de decisiones similares a diario. Sin Dios no podríamos hacerlo, sin contar con nosotros Dios tampoco lo haría.

El cuadro se hace más diáfano cuando comparamos otros dos pa­sajes que utilizan la metáfora del vestido: «Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos» (Gálatas 3:27). «Al contrario, vestíos del Señor Jesucristo y no satisfagáis los deseos de la carne» (Romanos 13:14).

Esta es una paradoja interesante: si ya nos vestimos de Cristo cuan­do fuimos bautizados, ¿por qué Pablo nos dice que lo hagamos de nue­vo? ¿Acaso una vez no es suficiente? ¿No podemos confiar en nuestra salvación? Además, ¿qué significa vestirse de Cristo?

En el contexto anterior el significado es obvio: Pablo habla de vivir en santidad: «La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borrache­ras, no en lujurias y libertinaje, no en contiendas y envidia. Al contra­rio, vestíos del Señor Jesucristo y no satisfagáis los deseos de la carne» (Romanos 13:12-14).

Vestirnos de Jesús es algo que debemos hacer diariamente. El men­saje de Pablo es: «Debemos actuar conforme a lo que somos. Vivamos de acuerdo a nuestra condición». Diariamente hemos de reafirmar lo que somos y mantenerlo. La idea de que una vez salvos, siempre salvos, es falsa. Lo mismo sería decir: «Una vez perdidos, siempre perdidos». No es que salimos y entramos del estado de la salvación con cada pe­cado que cometemos. Eso sería absurdo. Pero, ¿abandona usted su cachorro en la perrera municipal cada vez que este ensucia su alfombra o su patio? ¿Hace eso con su gato cuando se afila las uñas en los muebles o en las cortinas? Dios entiende que a veces fallamos en nuestra lucha con la naturaleza pecaminosa. Al levantarnos, una vez que caemos, nos fortaleceremos.

Durante mis años como estudiante universitario había dos instructores de griego en el departamento de religión. En cierta ocasión, varios alumnos de teología estábamos conversando para decidir qué clases íbamos a tomar. Comparamos y contrastamos varias de ellas. Finalmente, llegamos a una conclusión: con un determinado profesor generalmente se comenzaba el curso con una calificación de sobresa­liente, y luego se luchaba todo el semestre para conservarla. Con el otro, se comenzaba con una nota de fracasado y luego se luchaba para obte­ner un sobresaliente.

La salvación funciona de manera similar a la clase del primer pro­fesor. Comenzamos con una calificación de sobresaliente, y luego lu­chamos con el Espíritu Santo mientras este nos guía a niveles más elevados de madurez espiritual. El Espíritu no nos deja dormirnos en los laureles y convertirnos en cristianos flojos. Si no hacemos ningún esfuerzo, no creceremos.

El hombre que asistió al banquete de bodas sin el vestido apropiado fue llamado, pero no fue escogido. Quizá se vistió de Cristo, pero no conservó su vestimenta. Todavía llevaba puesto el viejo hombre. Su vie­jo estilo de vida.

Me alegro de que hayamos superado las discusiones que conmovie­ron a la Iglesia durante las décadas de 1970 y 1980 sobre los temas de la justificación y la santificación. Sería tonto argumentar la importancia de uno de los dos temas, pues Dios no justifica a quien no ha santifi­cado y viceversa. Recordemos las palabras de un himno: «Hazme puro y limpio». Y las de otro: «¿Qué me puede dar perdón? Solo de Jesús la sangre. Hermoso es el raudal, Que limpia todo mal. No hay otro ma­nantial, sino de Jesús la sangre».

Sin uno, no podemos tener lo otro.

El Espíritu Santo nos da una solemne admonición a través de Pedro sobre las consecuencias de manchar nuestros vestidos revol­eándonos en el lodo: «Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su último estado viene a ser peor que el primero. Mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia que, después de haber­lo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo que con verdad dice el proverbio: "El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno"» (2 Pedro 2:20-22).

Un abogado puede ser deshabilitado; un presidente, destituido; un ministro, cancelado. Y un hijo de Dios puede ser borrado del Libro de la Vida si abandona al Señor (Apocalipsis 3:5).

Pedro es otro escritor que utiliza la metáfora del vestido. «Revestíos de humildad», dice él (1 Pedro 5:5). Aquí, nuevamente el vestido repre­senta el comportamiento, la conducta.

El libro de Apocalipsis tiene mucho que decir sobre las vestiduras. Primeramente, encontramos un texto donde se define con exactitud el vestido: «Gocémonos, alegrémonos y démosle gloria, porque han lle­gado las bodas del Cordero y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente (pues el lino fino significa las acciones justas de los santos)» (Apocalipsis 19:7-8).

Este pasaje es motivo de sorpresa para algunos creyentes evan­gélicos que definen la justicia utilizando conceptos teóricos. Uno de los miembros de mi iglesia, algo liberal, me sorprendió hace algunos años luego de descubrir dicho versículo, al decir: «Bien, ¡al parecer Juan no entendía lo que era el evangelio!».

Esta es la definición más explícita del manto de justicia encontra­da en las Escrituras: son los actos o las acciones de justicia de los san­tos. El significado de la metáfora es coherente desde Génesis hasta Apocalipsis. Mientras tanto, la novia del texto, la iglesia, se alista. Por otro lado, el traje de bodas es un don de Dios confeccionado en el cie­lo. No es algo que nosotros fabricamos, compramos, adquirimos, teje­mos, cosemos, obtenemos o logramos. Únicamente puede conseguirse en la tienda por departamentos del cielo, adquirido con la tarjeta de crédito celestial. A pesar de todo eso, somos nosotros quienes tenemos que ponérnoslo. ¡Hasta podría ensuciarse! ¿Qué sucede en ese caso? «Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad» (Apocalipsis 22:14).

Cuando Israel se reunió alrededor del Monte Sinaí en preparación para recibir la Ley, Dios les dijo que debían lavar sus vestidos (Éxodo 19:10, 14). Para acudir ante Dios, es necesario llevar vestiduras limpias.

¿Qué vestido es ese que puede ensuciarse y que debe ser lavado (Apocalipsis 3:4; 7:14; 22:14)? Francamente, no puede representar la justicia imputada de Cristo, ya que ese vestido es perfecto. Este no puede ensuciarse y jamás necesita ser lavado. En este caso, como en todos los demás pasajes bíblicos, el vestido representa el carácter. Es el mismo manto de las «acciones de jus­ticia» mencionadas en Apocalipsis 19: 8. «Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia a la Ley de Jehová» (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 253, 254). Eso es precisamente lo que significa estar revestidos con el manto de su justicia.

En la referencia anterior, Elena G. de White refleja de manera pre­cisa la teología juanina. Pero, ¿en qué forma dicha teología encaja en la idea paulina de la justicia imputada? En Romanos 4, el capítulo clásico sobre la justificación por la fe, Pablo utiliza repetidas veces el término elogisthe, que significa «imputada», «acreditada», «reconocida» o «cal­culada». Esta es una metáfora tomada del ámbito de la contabilidad. Una vez que creemos, la justicia de Cristo se acredita a nuestra cuenta como una primera partida. Esto ocurre por fe, según Pablo, sin que in­tervengan en absoluto las obras.

Pero Juan no se refiere a la salvación de igual manera. Él utiliza una metáfora diferente, una que toda madre podría entender. Las madres siempre están en busca del detergente perfecto: uno que podría eliminar cualquier mancha. Un jabón que actúe como el mejor blanqueador, que deje la ropa más limpia y los colores más brillantes después de una lava­da. Muchos detergentes afirman que pueden realizar ese trabajo. Antes de que hubiera lavaplatos automáticos, aparecían anuncios comerciales de detergentes que cortaban la grasa y que no maltrataban las manos. En el mercado hay detergentes apropiados para diferentes tareas, pero ninguno de ellos puede remover o eliminar nuestras manchas internas. Únicamente la sangre de Jesús puede hacerlo.

La gente, al hablar del tema de la justificación desde el punto de vista paulino, suele decir que todo lo que los seres humanos hacen está contaminado por el pecado. En eso tienen razón. Existe una forma sen­cilla de entenderlo.

Dios tiene con nosotros el mismo problema que nosotros con nuestras mascotas. ¡Ellas contaminan nuestras casas! Sueltan pelo, llenándonos además de gérmenes y de polvo. Incluso, el acto de saltar a nuestro regazo constituye un acto de contaminación. Peor aún es cuando utili­zan una caja de arena para hacer sus necesidades. El olor es terrible, sin hablar de los momentos en que lo hacen «fuera del cajón». A veces se suben a la mesa de la cocina o a nuestro sofá preferido, lugares «santos desde su punto de vista» y que hemos declarado no accesibles. Su pre­sencia es contaminante.

A pesar de todo, no los echamos de casa (aunque orinar en forma repetida en los muebles puede ser un motivo para hacerlo) porque les tenemos cariño. No nos incomodan los gastos veterinarios, la suciedad y los inconvenientes que causan, porque amamos una oscilante cola o el ronroneo en nuestro regazo: (la versión animal de un acto de ado­ración). Apreciamos la forma en que nos aman. Después de todo, al seleccionarlos pagamos un precio por ellos, conociendo por anticipado los problemas que nos crearían.

Nuestras mascotas son una buena ilustración del vínculo que te­nemos con Dios. Dios aprecia nuestra adoración y nuestra compañía. Nuestra alabanza bendice a Dios de la misma manera en que el ron­roneo de nuestro gato nos hace sentir bien. Sin embargo, la misma presencia de ellos es contaminante. Pero Dios tiene un poderoso qui­tamanchas.

En Hebreos 9:14 se nos promete que «la sangre de Cristo limpiará nuestras consciencias de todo aquello que conduce a la muerte, de for­ma que podamos servir al Dios vivo». Así que, «acerquémonos, pues, con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazo­nes de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura» (Hebreos 10:22). La sangre de Cristo es el máximo detergente. Los redimidos son aquellos que han lavado las vestimentas representadas por su carácter. Son los que han pasado por una gran tribulación. Han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero (Apocalipsis 7:14).

La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, es la que nos limpia de todo pecado. Solo ella, y no el esfuerzo humano, es lo que lava y limpia el manto de nuestro carácter.

Hay una fuente sin igual,

La sangre de Emmanuel

Donde lava cada cual,

las manchas que hay en él.

Es obvio que no se trata de un acto aislado que ocurre el día de nuestro bautismo. A diario acudimos a Dios en oración y decimos: «Padre, te entrego hoy mi vida. Enséñame a seguir tus pisadas. Lávame y emblanquéceme, permíteme caminar en la luz de tu presencia».

«Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7).

En El manto, una película de 1953, aparece un tribuno romano lla­mado Marcelo Gallio. Gallio es enviado a Jerusalén por haber ofendido al emperador Calígula. En aquella ciudad tuvo que hacerse cargo de la crucifixión de Jesús. Luego, en un juego de dados obtiene el manto o túnica de Jesús. Pero esto, con el paso del tiempo, se convierte en una maldición.

Aquella túnica es adquirida por Demetrio, un cristiano y antiguo esclavo de Marcelo que ha escapado de su amo. Marcelo se propone encontrar a Demetrio para destruir el manto y acabar con su maldición. Cuando finalmente lo encuentra, comienza a cuestionar su propia vida, así como la crueldad romana. Finalmente, Marcelo abraza la fe cristia­na y se convierte en mártir.

Marcelo enfrentó incontables vicisitudes para encontrar aquel man­to, pero nosotros podemos hacernos de esa túnica si la solicitamos. Cuando Cristo llevó el manto púrpura del pecado por nosotros, se des­pojó previamente de su blanco manto de justicia y nos lo entregó. Si no lo hemos hecho, descendamos a la fuente y lavemos nuestros vestidos. Recibamos hoy el inmaculado y precioso manto y vistámonos con él. Conservémoslo, porque la fiesta está prácticamente por comenzar.

 

Compilador: Delfino J.

 

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Lecciones y comentarios para la escuela sabática_Segundo trimestre de 2014  
  Cristo y su Ley

Autor: Keith Burton

Lecciones y Comentarios para la escuela sabática-Segundo trimestre_Abril - Junio de 2014

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Cristo y su Ley  
  1. Las leyes en los días de Cristo (Levítico 1:1-9; Deuteronomio 17:2-6; Lucas 2:1-5;Hebreos 10:28; Santiago 2:8-12)
2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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