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III Trimestre de 2011

Libro Complementario

LA ADORACIÓN EN EL CONFLICTO DE LOS SIGLOS

Autor: Rosalie Haffner Lee Zinke

Capitulo siete

LOS SALMOS: TESOROS PARA LA SALVACIÓN

Entre las ricas minas de verdad contenidas en la Palabra de Dios, algunos de los tesoros más profundos se encuentran en el libro de los Salmos. Aunque fueron escritos para la ado­ración de los antiguos israelitas, todavía hablan a los corazones de quienes aman y adoran a Dios hoy. Los salmos proveen importan­tes criterios para la adoración en esta era de confusión y falsas prác­ticas de adoración tan generalizadas en nuestra sociedad.

En el capítulo 4, vimos que el primer requisito para ir a la pre­sencia de Dios para adorarlo es un corazón humilde y contrito, que se da cuenta de su condición pecaminosa, se arrepiente y busca el perdón. Los salmos enseñan y demuestran otro principio básico de la adoración: la relación de "la criatura con el Creador". Declaran que solo el Dios Creador merece nuestra adoración, instruyéndonos en por qué y cómo debemos adorarlo. Hay falsos dioses a todo nuestro alrededor, que compiten por nuestra adoración. Dar nuestra lealtad total a Dios y adorarlo requiere una dedicación intencional a Aquel que nos hizo. Adorad al Creador Sir Isaac Newton pidió a alguien que le hiciera un modelo del sistema solar. Un científico que lo vio, exclamó:
–¡Qué cosa exquisita que es esta! ¿Quién la hizo?

Newton, quien sabía que el sabio era un incrédulo, replicó:

–Nadie. El científico dijo: –Usted debe pensar que soy un tonto. Alguien tiene que haberlo hecho; y quienquiera que sea, ¡es un genio!

Entonces, Newton puso la mano sobre su hombro y le dijo:

–Si usted insiste en que este sencillo juguete tuvo un fabricante, ¿cómo puede profesar creer que el gran original se produjo sin un diseñador o un hacedor?

Los salmos relacionados con la creación nos dicen que el Dios vi­viente, el Creador del cielo y de la tierra, es el único digno de nuestra adoración. Él creó todas las cosas, mientras que los dioses de madera o piedra son meros inventos de la imaginación humana. Muchos en nuestro mundo ya no creen en un Dios Creador y eligen, más bien, atribuir las maravillas de la vida humana y los portentos del mundo que nos rodea al mero azar o a las poco plausibles teorías de la evolu­ción que atribuyen la materia a un encuentro accidental de moléculas hace millones de años. Si el dios falso es un ídolo de arcilla o una teo­ría así llamada científica, todavía es un pobre sustituto del verdadero Dios que creó este planeta y sus habitantes.

Desde el comienzo del pecado siempre ha habido quienes han buscado una explicación alternativa para la existencia de la vida humana, en un esfuerzo por negar al Dios Creador del universo. Darwin, que una vez pensó ser un predicador, fue motivado por el deseo de negar la existencia de Dios, porque él se sintió consterna­do –comprensiblemente– por la idea de que un Dios bueno torture a las personas malas en el infierno durante toda la eternidad.
Los salmos de la creación enfatizan que Dios en su grandeza, como Creador del cielo y de la tierra, merece la adoración de sus criaturas. Cada ser humano que nace en este mundo debe su vida a sus padres que le dieron la existencia. Aún más, estamos en deuda con el Creador por nuestro ser. "¿Qué es el hombre, para que ten­gas de él memoria? [...] Lo has hecho un poco menor que los ánge­les" (Salmo 8:4, 5). La respuesta que las criaturas de Dios le deben se expresa con vigor: "Venid, adoremos y mostrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios" (Salmo 95:6, 7). "Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos" (Salmo 100:3). "Alégrese Israel en su Hacedor" (Salmo 149:2). "Porque grande es Jehová [...] temible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos, pero Jehová hizo los cielos" (Salmo 96:4, 5; en todos los textos la cursiva fue añadida).
Uno de los salmos más antiguos, escrito por Moisés, declara que el Dios eterno, Creador del universo, existió antes de la creación de nuestro mundo. Por lo tanto, merece nuestra adoración. "Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que na­ciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios" (Salmo 90:1, 2).
Otro poema poderoso, el Salmo 104, probablemente escrito por David, describe en lenguaje poético la semana de la creación cuan­do Dios extendió los cielos como una cortina (ver los versículos 1, 2). Aun­que hay notables semejanzas en este salmo con el antiguo "Himno al sol" egipcio, el salmo de David vuelve a Génesis 1 como su mo­delo, y honra al Creador del sol. En el poema de Akenaton, el sol mis­mo es el objeto de adoración.
El salmista termina su celebración de la creación de Dios con la palabra hebrea Hallelujah. "Bendice, alma mía, a Jehová. Aleluya" (versículo 35).

El Salmo 92, titulado "Cántico para el sábado", comienza con una invitación a cantar alabanzas al Dios Altísimo: "Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras [...] ¡Cuán grandes son tus obras!" (versículos 4, 5). El sábado fue dado a la humanidad como un monumento de la gran obra de Dios en la creación (ver Génesis 2:2, 3; Éxodo 20:8-11). Los que guardan el santo sábado de Dios muestran reverencia a su Hacedor y así declaran, por medio de la adoración corporativa en su santo día, que el Dios Creador es su Señor sobe­rano, y que él realmente es digno de adoración.


El adorador solitario


¿Qué diremos del santo solitario que no puede llegar al lugar de adoración? Él clama:
"Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía [...] ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?"

(Salmo 42:1,2). Al pensar en los tiempos en que iba a la casa de Dios con sus amigos, quienes ahora le preguntan: "¿Dónde está tu Dios?", él responde: "¿Por qué te abates, oh alma mía, y te tur­bas dentro de mí?" (versículos 3, 5). Luego, extendiendo la mano de la fe, afirma: "Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío" (versículo 11). La adoración es para todos los santos: los solita­rios, los desanimados, los enfermos, y aun para los que se encuentran tropezando, resbalando o cayendo, tales como el escritor del Salmo 73, quien confiesa que su envidia al ver la prosperidad de los mal­vados ha sido su perdición. Le parecía que esas personas no tenían problemas como los demás mortales, que "se cubren de vestido de violencia", que gozan de abundancia, y se pavonean de orgullo como con una corona (versículos 1-9). Entonces la autocompasión del suplicante agrega: "Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia; pues he sido azotado todo el día, y castiga­do todas las mañanas" (versículos 13, 14). El salmista reflexiona: "Señor, he tratado de servirte, no obstante estoy sufriendo mientras el malva­do que no se interesa en ti parece prosperar. No lo entiendo". ¿Quién no se ha sentido así en un momento u otro de su caminar cristiano? Mientras él trataba de comprender lo que "era duro trabajo", entró "en el santuario de Dios, [y] comprendí el fin de ellos" (versículos 16, 17). Allí debe haber escuchado palabras que restauraron su perspectiva, palabras como: "Guarda silencio ante Jehová, y espera en él; no te alteres con motivo del que prospera en su camino [...] Deja la ira, y desecha el enojo [...] porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra" (Salmo 37:7-9; la cursiva fue añadida). Dios está diciendo aquí: "Puede que tengas que esperar tu recompensa, pero vendrá; aprende paciencia de mí".

El "amargado" salmista (ver Salmo 73:21) confesó su necio pen­samiento y afirmó que, en realidad, Dios lo sostuvo con la mano derecha y lo guió con su consejo (ver los versículos 23, 24). Concluyó su peregrinación por la depresión con palabras de triunfo: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre [...] Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras" (versículos 25, 26, 28). "Oh Dios, santo es tu cami­no; ¿qué dios es grande como nuestro Dios?" (Salmo 77:13).


Sacrificios de justicia


El santuario del Antiguo Testamento era el lugar central de reunión de la vida religiosa de Israel, y el sistema de sacrificios era el foco de su actividad, la forma tangible de las prácticas de adoración de Israel. Podemos aprender mucho de los servicios del santuario del Antiguo Testamento, que giraban alrededor de los sacrificios de animales. Tales sacrificios pueden parecer repulsivos para nosotros, pero era la forma en que Dios enseñaba el plan de salvación a su pueblo. Cuando vamos a Dios en adoración, le lle­vamos nuestras ofrendas de oración, alabanza, peticiones y dones. De acuerdo con Pablo, Dios nos pide que nos entreguemos noso­tros mismos (nuestros cuerpos) como un "sacrificio vivo, santo" que realmente es la forma de adorarlo (Romanos 12:1).

La Escritura se refiere con frecuencia a los "sacrificios de jus­ticia". La primera mención de esta frase describe a las tribus de Israel ofreciendo sacrificios justos (ver Deuteronomio 33:19). El término se encuentra varias veces en los salmos. Salmos 4:5 dice sencillamente: "Ofreced sacrificios de justicia". El Comentario bíblico adventista, re­firiéndose a este texto, dice que son "los sacrificios impulsados por motivos correctos, provenientes de un corazón sincero".
El Salmo 51 declara que el sacrificio de justicia es "un corazón contrito y humillado", como notamos en un capítulo anterior (ver los versículos 17, 19). Tal vez la implicación más clara del significado de sacrificios de justicia se encuentre en la profecía mesiánica del Sal­mo 40: "Sacrificio y ofrenda no te agrada" (versículo 6). Dios no estaba satisfecho con los que realizaban las formas del ritual de sacrificios, esperando que el ritual mismo fuera meritorio, sin tener el corazón de un suplicante. El salmista continúa con palabras dichas por el Mesías: "Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón" (versículos 7, .

Pablo nos recuerda en Hebreos 10:1 al 5, que los sacrificios del Antiguo Testamento eran insuficientes para tratar adecuadamente con el pecado, porque la sangre de los bueyes y machos cabríos no podía realmente quitar el pecado: estos sacrificios eran meramente simbólicos. Luego cita Salmos 40:6 al 8, comentando que "somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre [...] Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios" (Hebreos 10:10, 12).
Para quienes desean una religión genuina, de corazón, la pro­mesa del nuevo pacto es: "Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré [...] Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones" (versículos 16, 17). Claramente, entonces, el verdadero sacrificio de justicia era el cuerpo moribundo de Jesu­cristo, colgando de una cruz cruel. Ese sacrificio fue para cada ser humano que alguna vez vivió o vivirá, y se aplica a todos los que lo aceptan. "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo [...] acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe" (versículos 19-22).

¡Qué gloriosa promesa a cada creyente en Jesucristo! Adoramos a Dios trayendo nuestros sacrificios de arrepentimiento, consagra­ción, gratitud y agradecimiento, y nuestros votos de fidelidad, leal­tad para el servicio, obediencia a sus mandamientos: todo prove­niente de un corazón de amor y devoción a él. Cristo se agrada con nuestra respuesta, y el incienso de su perfecta justicia asciende al Padre con nuestros sacrificios que no son perfectos. Le entregamos lo mejor que tenemos en la adoración; contaminado como es, pues procede de nuestra debilidad humana. Y entonces nuestro Salva­dor lleno de gracia toma nuestros servicios de adoración, les añade su propia sangre purificadora y los ofrece con el precioso incienso de su justicia.
Así, al ir a adorarlo –con cantos y alabanzas; sobre rodillas do­bladas en súplica; al compartir nuestros testimonios; al entregar nuestras ofrendas tangibles; y al permitir que la palabra hablada penetre en nuestros corazones y mentes–, podemos imaginar a Jesús ofreciendo, junto con nuestros actos de adoración, el perfu­mado incienso de su vida pura y santa, que asciende en una nube hasta el propiciatorio. Solo su intercesión en nuestro favor puede hacer que nuestra adoración sea aceptable. Pero "Cristo [...] [entró] en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios" (Hebreos 9:24). "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25). ¡Alabado sea Dios! La adoración de los pecadores redimidos es aceptable a Dios por causa de la intercesión de nues­tro Señor Jesucristo. ¡Aleluya!


Adorar es acordarse


La palabra acuérdate se encuentra más de cien veces en el An­tiguo Testamento. Dios recomienda que debemos "acordarnos del pacto" (1 Crónicas 16:15, BJ); "acuérdate del sábado" (Éxodo 20:8); "acuérdate de las maravillas que ha hecho" (1 Crónicas 16:12); "acor­daos de las cosas pasadas" (Isaías 46:9); "que os acordéis, y hagáis to­dos mis mandamientos" (Números 15:40); "acuérdate de tu Creador" (Eclesiastés 12:6), etc.

En un artículo titulado "Cosas acerca de las que ya no habla­mos", Russell Baker escribe: "Consumimos nuestra historia tan ve­lozmente, para llegar al siguiente trocito, que no hay tiempo para digerirla, y así llegamos a ser un pueblo sin memoria". "Acordaos de las cosas pasadas" (Isaías 46:9). Y una conocida cita de Elena de White asegura que "no tenemos nada que temer en lo futuro, ex­cepto que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido y sus enseñanzas en nuestra historia pasada".

Antes de su muerte, Moisés escribió el libro de Deuteronomio, una serie de amonestaciones a su pueblo para recordarles la con­ducción de Dios durante su peregrinación por el desierto. Su co­razón paternal sufría por ellos. Varias veces en los primeros capí­tulos, les ruega: "Guárdate [...] para que no te olvides" (Deuteronomio 4:9). "Cuídate de no olvidarte de Jehová" (Deuteronomio 6:12). "Acuérdate, no olvides" (Deuteronomio 9:7). Al considerar la historia del pueblo de Dios en la antigüedad y contemplar sus errores y la paciente misericordia de Dios, podemos mantener una perspectiva equilibrada de la igle­sia actual en este mundo turbulento y cambiante. Con ese ánimo leemos algunos de los salmos que repasan la historia de Israel como pueblo de Dios. Dios deseaba que su pueblo recordara cómo lo guió en lo pasado, lo amó, lo disciplinó, lo preservó, lo perdonó y lo bendijo. A pesar de los fracasos y las fallas, él no los abandonó. Específicamente, tres grandes himnos nacionales –los Salmos 78, 105 y 106– repasan la historia de Israel cuando Dios los sacó de Egipto; los llevó por el desierto y los condujo hasta la Tierra Prometida. El pueblo de Dios había de cantar estos salmos para mantener vivo en sus corazones lo que Dios había hecho por ellos en el pasado.

El Salmo 78 destaca las misericordias de Dios para con Israel en el éxodo de Egipto y en su peregrinación posterior (versículos 12-16). Como uno de los actos de su gracia, les dio el maná; no obstante, ellos todavía anhelaban "las ollas de Egipto" (ver los versículos 18-29). Dios los castigó con el propósito de preservarlos de la autodestrucción (versículos 30-34). En este himno, el salmista canta acerca de la mi­sericordia de Dios: "Se acordó de que eran carne" (versículo 39). "¡Qué Dios! ¡Qué pueblo! ¡Cuán gloriosa es la gracia de Dios! ¡Cuán bajo cayó el pueblo en el pecado! ¡Cuán abajo debe haber descendido la misericordia para ayudar a ese pueblo!"
El Salmo 105 se titula, en una versión moderna en inglés: "Re­cuerda, Dios cumple sus promesas". El himno comienza con un llamado a alabar a Dios y a cantarle salmos: "Gloriaos en su santo nombre" (versículos 1, 3). Le recuerda a Israel que Dios "se acordó para siempre de su pacto" (versículo . Luego repasa la historia de José y de cómo Israel finalmente fue a Egipto (versículos 13-22), así como la forma en que Dios los libró de la esclavitud egipcia (versículos 26-38). Señala que Dios recordó su pacto con Abraham. Cumplió su promesa, a su pueblo escogido, "para que guardasen sus estatutos y cumpliesen sus leyes" (versículo 45). (Los primeros quince versículos de este himno están registrados también en 1 Crónicas 16:8 al 22, que David com­puso para la ceremonia de llevar el arca a Jerusalén e instalarla allí.)
El salmo termina con la palabra Hallelujah, que significa "Alabad a Jehová".

El Salmo 106 también comienza y termina con la palabra Halle­lujah. Entre estas dos declaraciones de alabanza, verificamos admi­siones de fracasos, de desobediencia directa y de idolatría malvada. No obstante todo esto, Dios no abandonó a Israel sino que "muchas veces los libró [...] Miraba cuando estaban en angustia [...] y se acor­daba de su pacto con ellos" (versículos 43-45). ¡Qué Dios maravilloso y compasivo! ¡Hallelujah!

¿Qué pueden enseñarnos hoy estos salmos? Como individuos y como iglesia, necesitamos repasar nuestra historia. El mirar atrás a nuestros propios fracasos y errores debería despertar en nosotros compasión por aquellos que todavía están luchando con el pecado y la transigencia. En vez de criticar a quienes son débiles y tenta­dos, podemos animarlos y ser modelos para ellos. Debemos tomar coraje –y hablar de coraje– mientras pedimos cuidado y dirección a nuestro divino Líder para nuestro futuro, así como él cuidó de nosotros y nos dirigió en el pasado. También, podemos alegrar más y hacer más placentera nuestra jornada hacia el Reino cantando los grandes himnos que celebran la conducción de Dios en el pasado.

"Eterno Dios, mi Creador, mi amparo en aflicción, tú has sido mi Consolador en toda ocasión.
"Eterno Dios, mi Redentor, confío solo en ti, sé tú mi Guía, oh Señor, en mi camino aquí".
Isaac Watts (trad. W. J. Brown).

Los Salmos a menudo hablan de cantar un cántico nuevo: "Can­tadle cántico nuevo" (Salmo 33:3). "Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios" (Salmo 40:3). "Cantad a Jehová cán­tico nuevo" (Salmo 96:1). Este canto nuevo nos recuerda que solo en Cristo está nuestra fortaleza y esperanza.

"Solo en Cristo se halla mi esperanza, él es mi luz, mi fuerza, mi canto.
"Esta Piedra angular [...] firme en las peores sequías y tormentas.

"Qué amor tan sublime, qué paz tan profunda,
cuando los temores se aplacan [...]

"Mi Consolador, mi todo en todo, aquí persisto en el amor de Cristo".

Nuestros cantos deben ser entonados a Dios; solo él es digno de nuestra alabanza y adoración. Hay centenares de referencias en las Escrituras que indican o implican que nuestros cantos deben ser dirigidos a Dios. Los himnos que le cantamos a él, sean antiguos o nuevos, deberían ser apropiados a su santidad y majestad tanto en su letra como en la música. Deberíamos preguntarnos acerca de cada canto que elevamos a Dios en la adoración: ¿Honra a Dios este canto o himno? ¿O está llamando la atención al adorador o a alguna otra persona o idea?
En el libro The Music of Heaven [La música del cielo], de John Thurber, quien fue miembro del cuarteto de La Voz de la Espe­ranza, comparte una experiencia personal que ilustra el poder de la música para el bien o el mal. Su cuarteto universitario iba hacia Asheville, Carolina del Norte, donde debían cantar en un congreso de jóvenes. Enterados de que en el Auditorio Cívico de esa ciudad habría cantos "gospel", decidieron detenerse a escuchar, tal vez po­drían obtener nuevas ideas o cantos.

Suponiendo que ellos también eran cantantes, la encargada los di­rigió a la entrada del escenario. Sin embargo, se pusieron incómodos cuando cantó el primer grupo; y se preguntaron si estaban en el lu­gar correcto: el último canto que entonó aquel grupo fue "Hallelujah Boogie". El maestro de ceremonias presentó al cuarteto universitario de Thurber. Cantaron una presentación sencilla de "The Oíd Rugged Cross" [En el monte Calvario], un segundo canto y terminaron con "The Song of Heaven and Homeland" [El canto del cielo y de la pa­tria celestial]. Cuando terminaron, la audiencia guardó silencio, y el cuarteto salió rápidamente del escenario. Pero, cuando el maestro de ceremonias hacía la presentación del siguiente grupo, la audiencia lo interrumpió con un breve aplauso, indicando que querían escuchar más al cuarteto universitario. Así que este grupo cantó unos veinte minutos más. Al salir, uno de los participantes dijo: "Sigan cantando como lo hicieron hoy. La música de ustedes es de Dios. Yo sé qué algunos cantos que hacemos no agradan a Dios". Thurber termina el relato enfatizando que no era el talento de ellos, sino los cantos que entonaron lo que tocó los corazones y elevó a Cristo ante la audien­cia. Hay una diferencia enorme entre cantar para la gloria de Dios, con intención de alcanzar los corazones, y cantar para mostrar la ha­bilidad de los músicos o para entretener a la audiencia.

Sion: La ciudad del gran Rey

"Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sión [...] la ciudad del gran Rey" (Salmo 48:2). Dios ha elegido a Sion (Salmo 132:13); él ama a Sion (Salmo 87:2); tiene misericordia de Sion (Salmo 102:13); salvará a Sion (Salmo 69:35); y "allí envía Jehová bendi­ción, y vida eterna" (Salmo 133:3). Sion se menciona en por lo menos 37 de los 150 Salmos.

¿Qué es Sion, o dónde se encuentra? El monte Sion y el monte Moriah, son parte del mismo grupo montañoso sobre el cual fue construido el templo en la parte nor­te de Jerusalén. Juntos, ambos se conocen como una sola entidad: el monte Sion. El Templo mismo a veces se lo menciona como el monte Sion. La Escritura llama Sion a la congregación de Israel, al pueblo del pacto de Dios. Y quizá lo más importante de todo es que Sion simboliza la ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén, donde Dios morará con su pueblo, y donde Cristo reinará como su Rey.

El Salmo 2, uno de los grandes salmos mesiánicos, describe a las naciones airadas en contra de "Jehová, y contra su ungido" (versículo 2). Luego, Dios declara: "Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra" (versículos 7, . El salmo termina con una apelación y una promesa: "Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino [...] Bienaventurados todos los que en él confían" (versículo 12).
En Hebreos 12, Pablo anima a los cristianos a soportar el castigo y a seguir la paz y la santidad (versículos 7, 14). Luego, se refiere a la historia de Israel y lo que les sucedió a quienes no se aferraron de las promesas de Dios. Recuerda a sus lectores que han llegado al monte Sion, "la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial [...] a la congregación de los primogénitos" (versículos 22, 23). Así, Pablo dice di­rectamente que el monte Sion es la ciudad de Dios, la Jerusalén ce­lestial. También implica que Sion es la iglesia, el pueblo de Dios que ha nacido de nuevo y cuyos nombres están registrados en el cielo. Además han aceptado al Mediador del nuevo pacto, cuya sangre habla de mejores cosas que la sangre de los animales sacrificados bajo el Antiguo Pacto.
¿Qué son, entonces, los cantos de Sion? Son los cantos que exal­tan al Señor Jesucristo, su gracia salvadora y su obra como nuestro Mediador. Son los cánticos que nos recuerdan nuestra necesidad de arrepentimos y de ser perdonados. Son los cantos que nos ani­man mientras viajamos hacia nuestro hogar celestial: Jerusalén, la Ciudad de Dios. Son los cantos que exaltan a nuestro gran Rey y que ven a su iglesia como su pueblo del pacto; los que fortalecen su relación del pacto con él.

A Jaime y Elena White les gustaba cantar. Con frecuencia Elena animaba a la gente a alegrar sus corazones, a lo largo del sendero de peregrinaje, cantando "los cantos de Sion", que apartarían las pequeñas molestias e inconvenientes, y contrarrestarían la impa­ciencia y las quejas molestas.
Como parte de nuestra experiencia de adoración, los cantos de Sion pueden profundizar nuestro amor a Dios, y –especialmente cuando el sendero es oscuro– fijar nuestras mentes en la ciudad ce­lestial hacia la cual viajamos. Así que, ¿por qué no cantar los cantos de Sion, no solo en la adoración corporativa, sino también cuando estamos solos, para alegrar, además del corazón nuestro, el corazón de los demás?

"A Sion caminamos, nuestra ciudad tan gloriosa; marchando todos cantamos de Dios y la bella mansión".

Isaac Watts (trad. Vicente Mendoza).

"¡Ve, ve oh Sion! Tu gran destino cumple,

Que Dios es luz al mundo proclamad [...]

"Alegres nuevas al mundo dad, nuevas de redención, de amor y libertad".

Mary A. Thompson (trad. Anónimo).

Referencias

 

Paul Lee Tan, Book of Illustrations (Rockville, Md.: Assurance Publishers, 1990), p. 1467.

Derek Kidner, Commentary on the Psalms (InterVarsity Press, 1977), tomo 2, p. 367.

Comentario bíblico adventista (Mountain View, Cal.: Publicaciones Interamericanas, 1984), t. 3, p. 645.

Ver Mensajes selectos, tomo 1, p. 404.

Citado por Bob Spangler, en First Things First (Washington, D. C.: Review and Herald, 1977), p. 16.

Elena de White, Joyas de los testimonios (Bs. As.: Asociación Casa Edito­ra Sudamericana), t. 3, p. 443.

Andrew A. Bonar, Christ and His Church in the Book of Psalms (Grand Rapids, Mich.: Kregel Publications, 1978), p. 235.

El título de este Salmo 105 impreso en la versión New King James, The Open Bible Expanded Edition (Nashville: Thomas Nelson, 1983).

Isaac Watts, "Eterno Dios, mi Creador", Himnario adventista (Bs. Aires: Asocia­ción Casa Editora Sudamericana [ACES], 2009), Nº 76.

Lynn Deshazo, Ancient Words (Mobile, Al.: Integrity's Hosanna! Music, Inte­grity Media, Inc.), 2001.

John Thurber y Cari Haus, The Music of Heaven (Coldwater, Mich.: Remnant Publications, 2001), pp. 117-119.

Isaac Watts. "Los que aman al Señor", Himnario adventista (Buenos Aires: ACES, 2009), Nº 477; Mary A. Thompson, "Ve, Ve Oh Sion", ibid., Nº 565.

 

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2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
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