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Capitulo_02_La Adoracion y el Exodo

III Trimestre de 2011

 

Libro Complementario

 

La adoración en el conflicto de los siglos

 

Autor: Rosalie Haffner Lee Zinke

 

Capítulo Dos

 

LA ADORACIÓN Y EL EXODO

El gran escultor francés August Rodin realizó, en una oportuni­dad, una estatua de un francés famoso. La contextura vivida de las manos era tan asombrosa que parecía dominar la estatua en­tera. Rodin pidió la opinión de uno de sus estudiantes, y luego de otro y de otro. Cada uno tenía la misma reacción hacia las manos esculpidas. Enojado, el escultor tomó un martillo y rompió las manos. Les explicó a sus atónitos alumnos que ninguna parte de una escultura debería do­minar la composición. Ninguna parte es más importante que el todo. [1]

El patriarca Abraham

Aunque Dios llamó a Abraham para que fuese el padre de una na­ción que sería conocida como los adoradores de Jehová, ni Abraham ni ninguno de sus descendientes debían ser los personajes principales en ese drama. Lo que Dios quiere que veamos en ese relato es la con­ducción de su pueblo que daría testimonio de la grandeza y el poder de Dios.

Los descendientes de Abraham

La historia de los descendientes de Abraham, incluyendo a Ja­cob y a sus doce hijos con sus cuatro madres, está llena de intrigas, confusión y tragedia; pero también de esperanza. La historia de su mudanza a Egipto, donde José era el segundo en autoridad después del faraón, probablemente sea uno de los favoritos de entre todos los relatos de interés humano de toda la Biblia.

Pasaron siglos de esclavitud, incontables dificultades, lágrimas y oraciones entre la muerte de José (Génesis 50) y el nacimiento de Moisés (Éxodo 2). Aunque fueron años difíciles, la familia de Israel se expandió, desde una pequeña tribu, hasta convertirse en una nu­merosa nación en medio de una de las culturas más avanzadas de ese tiempo sobre la tierra.

No obstante, esa misma cultura junto con la esclavitud de Israel pudo haber sido su destrucción, si el amante Dios no hubiese interve­nido. Aunque los egipcios eran devotos adoradores, sus dioses eran ídolos de criaturas formadas por el verdadero Dios: desde las ranas y las vacas hasta el sol y la luna, y aun el río Nilo. Es difícil de imaginar (y el registro da poca información) cuánta influencia tuvo esta cul­tura sobre el pueblo hebreo esclavizado, pero una cosa es cierta: no fortaleció, ni siquiera hizo provisión, para la adoración al verdadero Dios. Algunos de ellos pudieron haberse amoldado y adorado a los dioses egipcios. Dada la condición del pueblo en general, otros pu­dieron no haber adorado nada. Sin embargo, siempre hubo algunos que permanecieron fieles al Dios del cielo, incluyendo a los padres de Moisés. Sin duda, los fieles de entre ellos sabían que Abraham había profetizado que serían afligidos en una tierra extraña por más de cuatrocientos años. Ciertamente, debieron haberse aferrado a la promesa de que "saldrán con gran riqueza" (Génesis 15:14).

Moisés

Amram y Jocabed, verdaderos adoradores de Dios, estaban entre quienes creían que el tiempo de su liberación estaba cercano. La his­toria es un clásico: el futuro libertador de Israel de la esclavitud egip­cia, en ese tiempo un bebé, es encontrado por la hija del faraón en las orillas del Nilo. Su hermana, María, encuentra una nodriza hebrea (la madre de Moisés) para cuidarlo. Pasa su juventud en las cortes reales.

Algunos arqueólogos bíblicos creen que 1 Reyes 6:1, que espe­cifica que Salomón edificó su templo 480 años después del Éxodo, ubica el nacimiento de Moisés hacia 1530 a.C. Si es así, habría nacido durante la dinastía XVIII de Egipto, lo que favorece la idea de que la princesa que encontró a Moisés puede haber sido Hatshepsut, y que el faraón del Éxodo fuera Tutmosis III.

La historia nos dice que en ese tiempo no hubo herederos varones en el trono de Egipto durante muchos años, por lo que Hatshepsut llegó a ser la reina. Quizá tenía esperanzas de que Moisés fuera su sucesor. De este modo, Moisés (su nombre egipcio) habría sido el he­redero del trono como el siguiente faraón, y competidor de Tutmosis, que posiblemente fue sobrino o hijastro de Hatshepsut. [2] "Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado" (Hebreos 11:24,25).

Aunque Moisés fue fiel a su Dios, la vida en la corte pudo ha­berlo contaminado con un poco de arrogancia. Por lo menos, los demás israelitas parecieron pensar eso, a raíz del incidente en que mató a un egipcio para iniciar su papel como libertador de Israel (Éxodo 2). Cuando trató de intervenir en una gresca entre dos de sus compañeros, uno le preguntó si pensaba matarlo también.

Al darse cuenta de que el incidente era ampliamente conocido, Moisés huyó, y encontró refugio en la casa de Jetro, sacerdote de Madián. Moisés se graduó con el título de paciencia y humildad en la Universidad de la Adversidad, mientras cuidaba los rebaños de Jetro. Durante los cuarenta años que pasó trabajando como pastor, Dios lo preparó para la tarea de libertar a Israel de la esclavitud. Y mientras estuvo allí, bajo la inspiración de Dios, escribió el libro de Génesis. [3]

Entonces, Dios observó las aflicciones de su pueblo elegido; la opresión que sufrían. El tiempo para su liberación había llegado, y Dios tenía a su hombre.

El llamamiento de Moisés

Para Moisés, la tranquila soledad del desierto, su experiencia como pastor de ovejas y la comunión con Dios le proporcionaron una fe sólida, y pudo experimentar personalmente al Dios de sus padres. Vio el contraste entre los dioses falsos de Egipto y la majes­tad del Dios del cielo como lo revelan sus obras creadas.

Un día, mientras vigilaba las ovejas de Jetro, vio un arbusto que ardía pero no se consumía, cosa que captó su atención. "Se le apa­reció el Ángel de Jehová en una llama de fuego" (Éxodo 3:2). Moisés escuchó que del arbusto salía una voz que lo llamaba por su nombre.

Como había aprendido a respetar y reverenciar a Dios, escuchaba mientras se acercaba al arbusto ardiente. Se le dijo que no se acercara más, sino que se quitara las sandalias porque estaba pisando suelo santo. Cuando Moisés oyó que Dios se identificaba como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, escondió su rostro y "tuvo miedo" (versículo 6). (La palabra hebrea traducida aquí como “tuvo miedo" pue­de significar tanto reverencia o respeto reverente como miedo.)

Los cristianos creemos que Dios está presente en nuestros lugares de adoración y, sin embargo, muchos acudimos ante su presencia en forma descuidada, como si entráramos en un parque recreativo. Pero, la humildad y la reverencia deberían caracterizar nuestros pensamientos y nuestra conducta al ir a adorar a la Majestad del cielo. Deberíamos considerar nuestros lugares de adoración como suelo santo, tal como era la tierra alrededor de la zarza ardiendo. Dios desea brindarnos a cada uno un encuentro similar al de la zarza ardiente mientras leemos su Palabra y percibimos su santidad, de modo que nuestros corazones ardan dentro de nosotros. Él anhela que nuestra adoración sea vital, fresca, y que cambie nuestra vida.

Dios pudo haber liberado a Israel cuando Moisés era joven y lleno de confianza propia; en cambio, lo llamó cuarenta años más tarde, cuando era un humilde pastor ya maduro. Abrumado por la tarea que Dios le encargó -volver a Egipto y liberar a su pueblo-Moisés contestó: "¿Quién soy yo para que vaya?" Pero, Dios le ase­guró su presencia: "Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte" (versículos 11,12).

A menudo, cuando Dios nos ha asignado una tarea, estamos tentados a preguntar: "¿Quién soy yo para hacer esto?", cuando deberíamos preguntar, como Moisés: "¿Quién diré que me envió?" (ver el verso 13). Ni nuestra educación, talentos o habilidades son tan esenciales como la conexión que tengamos con Aquel que nos comisionó. La respuesta de Dios a Moisés fue: "YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vo­sotros" (versículo 14). El mismo YO SOY todavía llama a su pueblo hoy, y todavía capacita a los que él llama.

Las plagas de Egipto

Aunque Moisés temía volver a Egipto, obedientemente realizó el largo viaje. Su hermano, Aarón, salió a su encuentro, y juntos llama­ron a los ancianos de Israel y compartieron el plan de Dios de liberar a su pueblo de la esclavitud. "Y el pueblo creyó [...] se inclinaron y adoraron" (Éxodo 4:31). Los fieles, de entre los esclavizados hijos de Israel, habían seguido adorando al Dios Creador de la mejor manera posible. Estaban angustiados al verificar que sus hijos se inclinaban ante los dioses falsos. A menudo, clamaban a Dios para que los libre de las presiones corruptoras del ambiente idolátrico que los rodeaba. Estas personas siguieron esperando y ahora parecía que la liberación de la esclavitud de Egipto podría ser una realidad.

El siguiente paso era mucho más difícil. El informe bíblico men­ciona que Moisés y Aarón comparecieron ante Faraón y le comuni­caron lo que Dios les había dicho: "Deja ir a mi pueblo, a celebrar­me fiesta en el desierto" (Éxodo 5:1). El faraón se sintió insultado, y respondió: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel" (versículo 2). El versículo 4 parece sugerir que Moisés y Aarón pidieron al faraón que les dejara libres de tareas los sábados, con el fin de ado­rar a Dios. El faraón respondió, con enojo: "¿Por qué hacéis cesar al pueblo de su trabajo?" (versículo 5, la cursiva fue añadida). La palabra hebrea traducida como "cesar" es shabbat, una forma verbal de la palabra que significa "sábado".

En lugar de dejar ir a Israel, el faraón hizo que su trabajo fuera más difícil: además de todo el trabajo que hacían antes, ahora tam­bién tenían que buscar la paja que necesitaban para fabricar los la­drillos; y sus supervisores hebreos eran azotados si las cantidades estipuladas no se alcanzaban. (Los arqueólogos han encontrado ladrillos en Egipto con evidencias de paja en su textura.) Comple­tar el trabajo parecía imposible. Pero, Dios aseguró a Moisés que él libertaría a su pueblo, como lo había prometido a sus padres (ver Éxodo 6:1-6). Terminó diciendo: "Y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto" (versículo 7).

Otra vez Moisés se acercó al faraón y le comunicó el mandato de Dios: "Deja ir a mi pueblo, para que me sirva [adore] en el desierto" (Éxodo 7:16). Moisés le pidió al faraón que dejara ir a los israelitas al desierto para adorar a su Dios, porque los sacrificios que debían ofrecer involucraban animales que los egipcios consideraban sagra­dos, y eso los ofendería.

Dios había sido paciente con Faraón. Les había dado poder a Moisés y Aarón para realizar milagros, con la intención de con­vencerlo, pero se volvió todavía más rebelde. Ahora, Dios indicó a Moisés, y a Aarón, que golpearan con la vara el río Nilo para que se convirtiera en sangre. El Nilo era la fuente de vida para los egip­cios y ellos lo consideraban sagrado. Dios envió plagas adicionales, pero con cada plaga el corazón del faraón más se endurecía. Ni si­quiera la plaga de oscuridad sobre toda la tierra le abrió la mente a la luz que Moisés trataba de mostrarle.

Dios había anunciado que enviaría una última plaga, que de­vastaría al orgulloso monarca y a su pueblo: la muerte de los pri­mogénitos de todos los habitantes de Egipto, desde el primogénito del faraón hasta el del siervo más humilde, y aun de los animales. Moisés debía advertir a Faraón: "Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva [adore], mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primo­génito" (Éxodo 4:22, 23).

Aunque la plaga fue trágica, debemos verla a la luz de estos ver­sículos. La crueldad de los egipcios había causado la muerte innece­saria de muchos de los primogénitos de Israel. Dios les había adver­tido ampliamente; ahora, había llegado el día del juicio para ellos.

La Pascua

El golpe final estaba por producirse. La paciencia misericordio­sa de Dios se había acabado. El faraón había prohibido que Moisés apareciera en persona otra vez en su corte, pero una vez más Moi­sés estaba delante de él. Esta vez, con la terrible noticia de que todos los primogénitos en Egipto, excepto los de los hijos de Israel, mori­rían a la medianoche, "para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas" (Éxodo 11:7).

Dios dio instrucciones específicas a Moisés sobre cómo prepa­rar a su pueblo para el éxodo de Egipto, incluyendo los ritos de la Pascua que debían realizar. Cada familia debía matar un cordero, macho sin defecto, y su sangre debía ser salpicada en los postes de la puerta del hogar como un símbolo de la fe de la familia en que Dios los liberaría. La gente debía comer la carne asada, junto con panes sin levadura y hierbas amargas. Debían comerla apresura­damente, vestidos con la ropa de viaje, los cintos atados y calzados con sandalias: listos para salir en el momento señalado. La sangre sobre los postes de las puertas era una señal de que los miembros de esa familia confiaban en los méritos del Gran Sacrificio de Dios. Al verla, el ángel de la muerte pasaría por alto esa casa, salvando al primogénito de la familia.

Aunque el pueblo no podía verlo entonces, algún día Dios en­viaría a su Hijo primogénito para llegar a ser el sustituto de ellos y el nuestro, derramando su sangre de modo que el decreto de muer­te contra el pecado y el mal pudiera perder su poder. "Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre, y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto" (Éxodo 12:13).

Uno de mis recuerdos de infancia más vividos de esta historia, es cuando mi madre nos la leía. Ella describía a una niñita, la ma­yor de los hijos, que se despertó a media noche y fue a su padre, suplicándole que le mostrara la sangre en los postes de la puerta. Él estaba seguro de que estaba allí, pero ella insistió en verla por sí misma. Finalmente, cuando él la llevó para mirar, para su horror, la sangre no estaba allí. Rápidamente esparció sangre sobre los postes justo antes de la medianoche.

Aquella noche, hubo muchos hogares en Egipto en los cuales no se había aplicado la sangre en los postes de las puertas. "Y hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese un muerto" (versículo 30). El faraón llamó a Moisés y a Aarón exigiéndoles que tomaran a sus familias y sus rebaños, y salieran de Egipto. Has­ta les pidió que lo bendijeran también (ver versículos 31, 32).

La instrucción de Moisés con respecto a las ceremonias pascua­les fueron explícitas: los padres debían narrar esto a sus hijos: "Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo cuando me sacó de Egipto [...] Por tanto, tú guardarás este rito en su tiempo de año en año" (Éxodo 13:8-10).

A lo largo de su historia, la condición espiritual del pueblo de Israel podía medirse por cuan fielmente guardaban la Pascua. A menudo un reavivamiento espiritual quedaría marcado por la ce­lebración de la Pascua, especialmente después de un período de apostasía. Esto sucedió durante los reinados de Josías (ver 2 Reyes 23:21-23), en los días de Ezequías (ver 2 Crónicas 30:1, 5, 23-27), y en el período posexílico (ver Esdras 6:19-23).

Mientras la ceremonia de la Pascua conmemoraba la liberación de Israel de la esclavitud egipcia, también era un símbolo impor­tante del futuro Libertador. Cuando Jesús celebró la última cena pascual con sus discípulos, declaró: "Este es mi cuerpo, que por vosotros es dado [...] Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama" (Lucas 22:19, 20). También dijo algo más, especialmente importante para los cristianos actuales: "No beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga" (versículo 18).

Cuando celebramos la Cena del Señor, miramos hacia la Cruz y la liberación que ella hizo posible para nosotros. Pero también miramos hacia adelante, a la gran cena de bodas en la que también estaremos adorando al Cordero y le daremos gracias porque nos libró (Apocalipsis 19:7). Debemos estar entre los que constituyen "la no­via" que se ha preparado.

¿Observó usted alguna vez cómo la concurrencia tiende a dis­minuir el sábado en que hay Santa Cena? Es cierto que la Biblia nos advierte en contra de beber la copa indignamente (ver 1 Corintios 11:27). No obstante, Dios nos ha dado esta sagrada ordenanza, como par­te de nuestra adoración a él. Conmemora la muerte sacrificial de nuestro maravilloso Salvador en nuestro favor. ¿Cómo podemos alejarnos de ella? Debe ser un pequeño anticipo de la Gran Cena, en la que participaremos con él en el Reino venidero. ¿Nos atrevere­mos a ausentarnos de una ordenanza que resume nuestra experien­cia de salvación y señala hacia el momento en que estaremos junto al Trono de Cristo y cantaremos el gran canto de victoria, en el culto de adoración más grandioso y sublime de todos? Por la gracia de Dios, tengo planes de estar allí. ¿Y usted?

El monte Sinaí

Unos dos meses después de salir de Egipto, los hijos de Israel llegaron al monte Sinaí, en el desierto. Dios ya les había dado agua de una roca, les había provisto alimento en forma de maná y los había protegido de los asaltos de los amalecitas. Ahora llamó a Moisés a la cumbre del monte Sinaí, recordándole la promesa de su pacto con Israel (ver Éxodo 19:3-7). Le anunció que estaba por entregar a su pueblo las condiciones del pacto. Las instrucciones fueron explícitas: el pueblo debía reunirse para escuchar hablar a Dios, pero no debían acercarse demasiado al monte, para que la gloria de Dios no los destruyera. Debían preparar sus corazones y hasta la ropa y el cuerpo físico, para esta experiencia singular de la presencia de Dios entre ellos.

Al tercer día, "Moisés sacó del campamento al pueblo para reci­bir a Dios" (versículo 17). La montaña parecía estar incendiada; humea­ba, y la tierra temblaba (versículo 18). Otra vez se advirtió al pueblo que no se acercara demasiado, para que no perecieran ante la presencia de la gloria de Dios.

Los primeros cuatro de los Diez Mandamientos que Dios pro­nunció allí tienen que ver con la manera en que debían adorar a Dios. (Consideraremos estos mandamientos en el capítulo 3.) Debe­ríamos notar la respuesta del pueblo a la presencia de Dios. Abru­mados por el temor reverente, literalmente temblaban y le dijeron a Moisés: "Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no ha­ble Dios con nosotros, para que no muramos" (Éxodo 20:19). Cuando Dios terminó de darles otras instrucciones (ver Éxodo 21-31), "dio a Moisés [...] dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios" (Éxodo 31:18).

La adoración del becerro de oro

Entretanto, durante los cuarenta días que estuvo Moisés con Dios, el pueblo comenzó a inquietarse, en especial la multitud mixta que estaba acostumbrada a adorar ídolos visibles. Pero este Dios de Israel, que había aparecido con tanta gloria, no se veía por ninguna parte. Querían un dios que pudieran ver. Fueron a Aarón, que esta­ba a cargo de la nación en ausencia de Moisés. "Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros", dijeron. "Porque a este Moi­sés [...] no sabemos qué le haya acontecido" (Éxodo 32:1). La historia es conocida. Los israelitas le trajeron todos sus elementos de oro. Y como dijo Aarón más tarde a Moisés, arrojó el oro al fuego y salió el becerro de oro. Construyó un altar, y el pueblo proclamó: "Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto" (versículo 4).

Mientras, en la cumbre del monte Sinaí, Dios le indicó a Moisés: "Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egip­to se ha corrompido" (versículo 7). Josué había acompañado a Moisés al monte y, cuando ambos estaban bajando, Josué exclamó: "Alarido de pelea hay en el campamento" (versículo 17). Moisés replicó, en esencia, que no era sonido de combate sino de cantos y de fiesta (versículo 18). Cuando Moisés vio lo que estaba ocurriendo alrededor del becerro de oro, se enojó tanto que arrojó las tablas de piedra al suelo, al pie del monte, y se rompieron; esto significaba, simbólicamente, que Is­rael había roto el pacto que acababan de hacer con Dios.

Aarón no había tenido el coraje de hacerle frente a la multitud mixta. Podría haber impedido la apostasía, pero su espíritu con­descendiente envalentonó a la multitud en su acto de traición. [4] "Y viendo Moisés que el pueblo estaba desenfrenado, porque Aarón lo había permitido [...] se puso Moisés a la puerta del campamento, y dijo: '¿Quién está por Jehová?'" (versículos 25, 26).

Moisés trató rápida y severamente con los que intentaron lle­var a Israel a la idolatría pagana. Dios se había revelado a Israel como un Dios de gloria y de majestad hacía solo unas pocas sema­nas. Les había dado dos mandamientos que lo identificaban como el único Dios verdadero y que prohibían la adoración de ídolos de cualquier clase. El Dios Creador sabía que nosotros, los seres hu­manos, somos transformados a la semejanza de lo que adoramos (2 Corintios 3:18). Dios nos invita a fijar nuestros ojos en su carácter y su bondad, con la intención de que seamos cambiados a su ima­gen y no a la de alguna bestia muda o de un ser humano pecador.

Dios es misericordioso y compasivo, y Moisés lo conocía lo suficientemente bien como para acudir a él y suplicar que los perdonara. "Y si no," rogó Moisés, "ráeme ahora de tu libro que has escrito" (Éxodo 32:32). Moisés, como un tipo de Cristo, intercedió en favor de su pueblo y estuvo dispuesto a sufrir en su lugar, a fin de salvarlos. Dios le aseguró: "Mi ángel irá delante de ti"; pero el castigo del pecado del pueblo debía seguir su curso (versículos 34, 35).

Dios no es menos santo hoy que entonces. Su gloria y su majestad no son menos brillantes e impresionantes, aun cuando nuestros ojos terrenales no puedan distinguirlas. Su justicia y su odio hacia el mal y la idolatría no han cambiado. Adoptar ritos paganos y prácticas mundanas en nuestra adoración del Dios Creador no es menos ofensivo ante él ahora que cuando Aarón moldeó el becerro de oro.

Pero su misericordia y compasión por los arrepentidos no es menos magnánima y poderosa ahora que en aquel entonces. Por esto envió a su propio Hijo amado para demostrar su amor y misericordia hacia nosotros.

Todavía adoramos al mismo Dios que el Israel antiguo. Las condiciones de su pacto son las mismas para nosotros que para su pueblo de entonces: obedecer su voluntad revelada, guardar los mandamientos, y mostrar amor, reverencia y respeto por este maravilloso Dios.

Cuanto más contemplamos el hermoso carácter de Dios, tanto más nos transformará a su propia imagen. Por lo tanto, al llegar a ser participantes de su naturaleza divina, nuestra adoración llegará a ser menos terrenal y a estar más en armonía con la adoración celestial de sus ángeles. Cada vez que adoramos a nuestro majestuoso Dios de todo corazón y con reverencia y respeto por su gloria, ¡practicamos para participar en la mayor ceremonia de adoración de todas!

Compilador: Delfino J.

 

 

 



[1] J. Robert Spangler, First Things First (Washington, D. C: Review and Herald, 1977), p. 90.

[2] Hershel Shanks, ed., Ancíent Israel (Washington, D. C: Biblical Archaeology Society). Ver el capítulo 2.

[3] White, Patriarcas y profetas, p. 256.

[4] Ibíd., p. 332.

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  Cristo y su Ley

Autor: Keith Burton

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Cristo y su Ley  
  1. Las leyes en los días de Cristo (Levítico 1:1-9; Deuteronomio 17:2-6; Lucas 2:1-5;Hebreos 10:28; Santiago 2:8-12)
2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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