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Lección.3                                                Para el 16 de julio de 2011

 

EL SÁBADO Y LA ADORACIÓN

 

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Éxodo 20:11; Deuteronomio 5:15; Isaías 44:15-20; Mateo 11:28-30; Romanos 6:16-23.

 

Sábado 9 de julio

 

PARA MEMORIZAR:

 

“Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano” (Salmo 95:6, 7).

 

LA CREACIÓN Y LA REDENCIÓN son centrales en el mensaje del primer ángel y la adoración. El primer ángel tiene el “evangelio eterno”, las buenas nuevas de la salvación en Jesús, que incluye el perdón del pecado y el poder sobre él. El evangelio nos promete una vida nueva en Cristo y la santificación, que es parte del proceso de salvación y redención (Juan 17:17; Hechos 20:32; 1 Tesalonicenses 5:23).

El mensaje del primer ángel nos recuerda a quién debemos adorar: a nuestro Creador, quien nos hizo con el mundo en que vivimos.

Así, vinculados a la adoración están los temas de la creación, la  redención y la santificación. No sorprende que estos tres temas estén revelados en el sábado, un elemento descrito en Apocalipsis 14.

Preguntémonos: ¿Adoramos al Creador, Redentor y Santificador o a la bestia y a su imagen? No hay una tercera opción.

Esta semana consideraremos el mandamiento del sábado y cómo se revelan estos temas en él. Al estudiarlo, pregúntate cómo hacer de estos temas el centro de nuestra experiencia de adoración.

 

Domingo 10 de julio Lección 3

 

CREACIÓN Y REDENCIÓN:

EL FUNDAMENTO DE LA ADORACIÓN

 

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxo. 20:8). Las palabras acuérdate y conmemoración, en hebreo, provienen de la misma raíz: zkr. Cuando Dios dijo “acuérdate”, estaba dando a la gente una conmemoración de dos grandes eventos; uno es el fundamento del otro.

 

De acuerdo con el cuarto Mandamiento, ¿cuáles son esos dos eventos, y cómo se relacionan entre sí? Éxodo 20:11; Deuteronomio 5:15.

 

 

Éxodo 20:11

11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

Deuteronomio 5:15

 

15 Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo.

 

El rol de Cristo como Creador está indisolublemente vinculado con su papel de Redentor, y cada semana el sábado destaca ambos roles. No cada mes o cada año, sino cada semana, sin excepción: eso muestra su importancia. Aquel que diseñó todo y nos hizo es el mismo que liberó a Israel de Egipto y que nos libera de la esclavitud del pecado.

 

Lee Colosenses 1:13 al 22. ¿De qué modo vincula Pablo claramente a Cristo en su papel de Creador y de Redentor?

 

Colosenses 1:13 al 22

13 el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,

14 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.

16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.

17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

18 y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;

19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,

20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

21 Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado

22 en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;

 

La creación y la redención están en el fundamento de toda la verdad bíblica y son tan importantes que se nos ordena guardar el sábado como un recordativo de estas verdades. Desde el Edén, donde el sábado fue

separado en un principio, hasta ahora, ha habido personas que adoraron a Dios por medio de la observancia del sábado en el séptimo día como día santo.

 

Piensa por un momento en cuán importantes deben ser para Dios estas dos verdades, que nos ha dado un recordativo semanal de ellas; tan importantes que él nos ordena dedicar un séptimo de nuestras vidas

a una clase especial de reposo a fin de que podamos concentrar mejor nuestra atención en ellas. ¿Cómo puede tu experiencia de adoración sabática ayudarte a fortalecer tu aprecio de Cristo como Creador y Redentor?

 

Lección 3  Lunes 11 de julio

 

ACUÉRDATE DE TU CREADOR

 

La Biblia comienza con la famosa línea: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. El verbo “creó”, bará, se refiere solo a acciones de Dios.

Los seres humanos podemos construir, hacer, crear y formar cosas, pero solo Dios puede bará el espacio, el tiempo, la materia y la energía, que son partes del mundo en que existimos. Está todo allí, solo porque Dios lo bará.

Pero, cómo lo hizo sigue siendo un misterio. La ciencia apenas comprende qué es la materia misma, mucho menos cómo fue creada y por qué existe en la forma en que lo hace. No obstante, nunca olvidemos de dónde vino todo. “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos [...] porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmo 33:6, 9).

Además, al terminar un proyecto, la gente lo celebra. Cuando construimos una iglesia, la dedicamos a Dios. Así, cuando Dios terminó la Tierra, conmemoró el evento con un día especial: el sábado.

 

Compara Isaías 40:25 y 26; 45:12 y 18; Colosenses 1:16 y 17; y Hebreos 1:2 con Isaías 44:15 al 20 y 46:5 al 7. ¿Qué contraste se establece aquí?

 

 

Isaías 40:25 y 26

 

25 ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo.

26 Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio.

 

Isaías  45:12 y 18

 

12 Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé.

18 Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Jehová, y no hay otro.

 

Colosenses 1:16 y 17

16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.

17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

 

Hebreos 1:2

2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;

 

Isaías 44:15 al 20

 

15 De él se sirve luego el hombre para quemar, y toma de ellos para calentarse; enciende también el horno, y cuece panes; hace además un dios, y lo adora; fabrica un ídolo, y se arrodilla delante de él.

16 Parte del leño quema en el fuego; con parte de él come carne, prepara un asado, y se sacia; después se calienta, y dice: ¡Oh! me he calentado, he visto el fuego;

17 y hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo: Líbrame, porque mi dios eres tú.

18 No saben ni entienden; porque cerrados están sus ojos para no ver, y su corazón para no entender.

19 No discurre para consigo, no tiene sentido ni entendimiento para decir: Parte de esto quemé en el fuego, y sobre sus brasas cocí pan, asé carne, y la comí. ¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?

20 De ceniza se alimenta; su corazón engañado le desvía, para que no libre su alma, ni diga: ¿No es pura mentira lo que tengo en mi mano derecha?

 

Isaías  46:5 al 7

 

5 Siéntate, calla, y entra en tinieblas, hija de los caldeos; porque nunca más te llamarán señora de reinos.

6 Me enojé contra mi pueblo, profané mi heredad, y los entregué en tu mano; no les tuviste compasión; sobre el anciano agravaste mucho tu yugo.

7 Dijiste: Para siempre seré señora; y no has pensado en esto, ni te acordaste de tu postrimería.

 

 

Desde que llegó a la Tierra el gran conflicto entre Cristo y Satanás, el enemigo ha tratado de llevar a la gente a dudar o a negar la existencia de Dios, el Creador. Por ignorar su Palabra o por negar la evidencia de su poder creador, los hombres procuran encontrar formas de explicar los orígenes de algún modo diferente. Se han propuesto muchas teorías. La más popular hoy es el evolucionismo, que afirma que el azar fue responsable de que existan la vida y la inteligencia. Alguien presentó, hace poco, la teoría de que todos somos simplemente proyecciones de computación y que realmente no existimos sino que somos solo creaciones de computadoras de una superraza de seres extraterrestres. Se podría alegar que los dioses de madera, de los que escribió Isaías y adorados por sus fabricantes, son tan “buenos” como las teorías que se presentan como una alternativa al Dios de la Biblia.

 

Si aceptamos el sábado como dice la Biblia –una conmemoración de los seis días de la creación–, ¿cómo nos protege de las falsas ideas acerca de nuestros orígenes? Además, ¿quién querría adorar a un Dios que usó los procesos violentos y destructivos del evolucionismo para crearnos?

 

 

Martes 12 de julio Lección 3

 

LIBERACIÓN DE LA ESCLAVITUD

 

Como hemos visto, el sábado señala a la creación, un tema importante de adoración, y también a la redención. Deuteronomio 5:15 nos dice: “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que El Señor tu Dios te sacó de allí con gran despliegue de fuerza y poder. Por eso El Señor tu Dios te manda observar el día sábado” (NVI). Estas palabras son un eco del mensaje del primer ángel, el de la redención y la salvación.

Y esta redención está simbolizada por lo que Dios hizo en favor de los hijos de Israel por medio del Éxodo. Ningún dios de Egipto tenía el poder de detener a estos esclavos de escapar de su servidumbre. Solamente el Dios de Israel, que se reveló en milagros poderosos y con su presencia en gloria majestuosa, tenía la capacidad de librarlos con “mano poderosa” y “brazo extendido” (Deuteronomio 5:15). Así que, les dio el sábado para ser un recordativo de su liberación y, para nosotros, un recordativo de la esclavitud de la que nos libró Cristo.

 

Lee Romanos 6:16 al 23. ¿Qué promesas ves aquí y cómo se relaciona esto con lo que Dios hizo por Israel en Egipto?

 

Romanos 6:16 al 23.

 

16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obecederle, sois esclavo de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?

17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;

18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.

20 Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia.

21 ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Por que al fin de ellas es muerte.

22 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.

23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

 

 

El Nuevo Testamento enseña que la esclavitud del pecado demanda un Salvador poderoso, tan ciertamente como la servidumbre en Egipto lo hizo necesario para el antiguo Israel. Esto es lo que los hijos de Israel experimentaron; y es lo que los cristianos necesitamos hoy, porque el Dios que los libró de su servidumbre es el mismo que nos libra de la nuestra. Si necesitamos una razón para adorar a Dios, ¿no sería la liberación de la esclavitud en que nos encontrábamos? Los hijos de Israel cantaron un

canto maravilloso una vez que fueron librados (ver Éxodo 15). De este modo, la experiencia de adoración en sábado debería ser una celebración de la gracia de Dios que nos libra, no solo de la penalidad legal del

pecado (que cayó sobre Jesús en nuestro favor), sino también del poder que tiene el pecado para esclavizarnos.

 

¿Qué significa no ser esclavos del pecado? ¿Significa que ya no somos pecadores, o que a veces todavía pecamos? Pero, más aún, ¿cómo podemos aprender a reclamar las promesas de liberación que el evangelio nos ofrece y hacerlas reales?

 

 

Lección 3  Miércoles 13 de julio

RECUERDA A QUIEN TE SANTIFICA

 

Lee Éxodo 31:13.

 

“Tú hablarás a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo, porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santificó” (Éxodo 31:13)

 

 

¿Qué entiendes que significa esto? ¿De qué modo es importante hoy? ¿Qué significa que Dios nos santifica? ¿Cómo podemos experimentar este proceso en nuestras propias vidas?

 

 

Creación, redención y santificación: todas están relacionadas. La creación, por supuesto, es el fundamento de todo (pues sin ella no habría nadie a quien redimir y santificar). No obstante, en nuestra condición

caída, la creación ya no es suficiente; necesitamos la redención, la promesa del perdón de nuestros pecados. De otro modo, afrontaríamos la destrucción eterna, y nuestra creación desaparecería para siempre. Por supuesto, la santificación está inseparablemente vinculada con la redención, y es el proceso por el cual crecemos en santidad y en gracia en nuestras vidas. La palabra traducida como “santificar”, en Éxodo 31:13, proviene de la misma raíz usada en Éxodo 20:8, cuando Dios dice que su pueblo debe guardar el sábado como “santo”. La misma raíz aparece en Éxodo 20:11, donde dice que Dios “santificó”, o “hizo santo” el sábado (ver también Génesis 2:3, donde Dios “santificó el séptimo día). En todos estos casos, la raíz qds significa “ser santo”, “apartar como santo”, o ser “dedicado como santo”.

Dios llamó a Israel y lo puso aparte como su pueblo santo, a fin de ser una luz para el mundo. Cristo llamó a sus discípulos a una misión: la de llevar el evangelio al mundo. En el centro de esa tarea están la santidad y el carácter de los que esparcen el mensaje. El evangelio no tiene que ser solamente con no estar más condenados por nuestros pecados. Trata ahora de estar libre de la esclavitud de nuestros pecados. Trata sobre ser un pueblo nuevo en Cristo y que nuestras vidas sean testigos vivientes de lo que Dios puede hacer por nosotros aquí y ahora.

 

Lee 2 Corintios 5:17.

 

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17)

 

¿Qué está enseñando Pablo aquí, y cómo podemos relacionar este texto con los temas de la creación, la redención y el sábado? ¿De qué manera nuestra adoración en sábado nos ayuda a concentrarnos en estos temas?

 

 

 

Jueves 14 de julio Lección 3

 

DESCANSAR EN LA REDENCIÓN

Tenemos, en Cristo, la creación, la redención y la santificación, que están simbolizadas, de un modo especial, mediante las bendiciones del sábado.

 

En Mateo 11:28 al 30 leemos la invitación de Jesús a descansar. ¿De qué modo el sábado armoniza con lo que Jesús nos dice aquí?

 

Mateo 11:28 al 30

28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

 

El “descanso” que Jesús ofrece a la gente incluye el reposo emocional, psicológico y espiritual para quienes están cargados con pesadas cargas: la carga del pecado, la culpa y el temor. Además, está la necesidad humana básica de descanso físico, la necesidad importante de cambiar el ritmo de la mente y el espíritu, de descansar de las cargas y del estrés de la vida diaria. Dios diseñó el sábado precisamente para eso. Los estudios han mostrado que la productividad en el trabajo realmente aumenta con un descanso semanal. Descansar al final de la semana fortalece la agudeza mental y la fuerza física, y provee el sentido de expectativa que ayuda a prevenir el aburrimiento y la fatiga.

Aunque cualquiera puede decir que está descansando en Cristo, el sábado nos da una manifestación concreta y física de ese descanso.

El sábado es un símbolo del descanso que verdaderamente tenemos en Dios, en la salvación que Cristo ha obtenido para nosotros. El sábado también nos satisface en el nivel de nuestra vida emocional.

Nos da un sentido de identidad: somos creados a imagen de Dios, y le pertenecemos porque él nos hizo.

Y, así como Dios creó la institución del matrimonio en el Edén para satisfacer las necesidades humanas horizontales de intimidad, nos dio el sábado para la intimidad vertical, entre el Creador y sus criaturas.

El sábado promete la satisfacción última: lo que podemos llegar a ser por medio de la obra de restauración de Cristo. Nos da esperanza para el futuro: el descanso eterno y final del sábado. El sábado satisface todas las necesidades humanas, y la necesidad de adorar a alguien. Dios, en su gran sabiduría, nos dio el sábado como un día puesto aparte para la adoración, para honrarlo y alabarlo.

 

¿Qué cargas estás llevando, de las que necesitas descansar, y cómo puedes aprender a dárselas a Cristo? ¿Cómo puede tu experiencia de adoración sabática ayudarte a descansar verdaderamente en él?

 

 

Lección 3  Viernes 15 de julio

 

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee “La creación” y “La semana literal”, Patriarcas y profetas, pp. 24-33; 102-109; y “El sábado”, El Deseado de todas las gentes, pp. 248-256.

 

 

 

 

Patriarcas y profetas, pp. 24-33

 

CAPÍTULO 2.  La Creación

 

"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca. . . . Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." "El fundó la tierra sobre sus basas; no será jamás removida." (Sal 33: 6, 9; 104: 5)

Cuando salió de las manos del Creador, la tierra era sumamente hermosa.  La superficie presentaba un aspecto multiforme, con montañas, colinas y llanuras, entrelazadas con magníficos ríos y bellos lagos.  Pero las colinas y las montañas no eran abruptas y escarpadas, ni abundaban en ellas declives aterradores, ni abismos espeluznantes como ocurre ahora; las agudas y ásperas cúspides de la rocosa armazón de la tierra estaban sepultadas bajo un suelo fértil, que producía por doquiera una frondosa vegetación verde.  No había repugnantes pantanos ni desiertos estériles.  Agraciados arbustos y delicadas flores saludaban la vista por dondequiera.  Las alturas estaban coronadas con árboles aun más imponentes que los que existen ahora.  El aire, limpio de impuros miasmas, era claro y saludable.  El paisaje sobrepujaba en hermosura los adornados jardines del más suntuoso palacio de la actualidad.  La hueste angélica presenció la escena con deleite, y se regocijó en las maravillosas obras de Dios.

Una vez creada la tierra con su abundante vida vegetal y animal, fue introducido en el escenario el hombre, corona de la creación para quien la hermosa tierra había sido aparejada.  A él se le dio dominio sobre todo lo que sus ojos pudiesen mirar; pues, "dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree ... en toda  la tierra.  Y crió Dios al hombre a su imagen, varón y hembra los crió." (Gén.  1: 26, 27)

Aquí se expone con claridad el origen de la raza humana; y el relato divino está tan claramente narrado que no da lugar a conclusiones erróneas.  Dios creó al hombre conforme a su propia imagen.  No hay en esto misterio.  No existe fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o vegetal.  Tales enseñanzas rebajan la obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas y terrenales concepciones humanas.  Los hombres están tan resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que rebajan al hombre y le privan de la dignidad de su origen.  El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su potencia, cuando quiso coronar su gloriosa obra, colocando a alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos que le dieron vida.  La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador.  Aunque Adán fue formado del polvo, era el "hijo de Dios." (Luc 3: 38, V.M.)

Adán fue colocado como representante de Dios sobre los órdenes de los seres inferiores.  Estos no pueden comprender ni reconocer la soberanía de Dios; sin embargo, fueron creados con capacidad de amar y de servir al hombre.  El salmista dice: "Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: . . . asimismo las bestias del campo; las aves de los cielos, . . . todo cuanto pasa por los senderos de la mar." (Sal. 8: 6-8.)

El hombre había de llevar la imagen de Dios, tanto en la semejanza exterior, como en el carácter.  Sólo Cristo es "la misma imagen" del Padre (Heb.  1: 3); pero el hombre fue creado a semejanza de Dios.  Su naturaleza estaba en armonía  con la voluntad de Dios.  Su mente era capaz de comprender las cosas divinas.  Sus afectos eran puros, sus apetitos y pasiones estaban bajo el dominio de la razón.  Era santo y se sentía feliz de llevar la imagen de Dios y de mantenerse en perfecta obediencia a la voluntad del Padre.

Cuando el hombre salió de las manos de su Creador, era de elevada estatura y perfecta simetría.  Su semblante llevaba el tinte rosado de la salud y brillaba con la luz y el regocijo de la vida.  La estatura de Adán era mucho mayor que la de los hombres que habitan la tierra en la actualidad.  Eva era algo más baja de estatura que Adán; no obstante, su forma era noble y plena de belleza.  La inmaculada pareja no llevaba vestiduras artificiales.  Estaban rodeados de una envoltura de luz y gloria, como la que rodea a los ángeles.  Mientras vivieron obedeciendo a Dios, este atavío de luz continuó revistiéndolos.

Después de la creación de Adán, toda criatura viviente fue traída ante su presencia para recibir un nombre; vio que a cada uno se le había dado una compañera, pero entre todos ellos no había "ayuda idónea para él." Entre todas las criaturas que Dios había creado en la tierra, no había ninguna igual al hombre.  "Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo, haréle ayuda idónea para él." (Gén. 2: 18.) El hombre no fue creado para que viviese en la soledad; había de tener una naturaleza sociable.  Sin compañía, las bellas escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no hubiesen podido proporcionarle perfecta felicidad.  Aun la comunión con los ángeles no hubiese podido satisfacer su deseo de simpatía y compañía.  No existía nadie de la misma naturaleza y forma a quien amar y de quien ser amado.

Dios mismo dio a Adán una compañera.  Le proveyó de una "ayuda idónea para él," alguien que realmente le correspondía, una persona digna y apropiada para ser su compañera y que podría ser una sola cosa con él en amor y simpatía.  Eva fue creada de una costilla tomada del costado de Adán; este hecho significa que ella no debía dominarle como cabeza, ni tampoco debía ser humillada y hollada bajo sus plantas como un ser inferior, sino que más bien debía estar a su lado como su igual, para ser amada y protegida por él. Siendo parte del hombre, hueso de sus huesos y carne de su carne, era ella su segundo yo; y quedaba en evidencia la unión íntima y afectuosa que debía existir en esta relación.  "Porque ninguno aborreció jamás a su propia carne, antes la sustenta y regala." "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne." (Efe 5: 29; Gén. 2: 24)

Dios celebró la primera boda.  De manera que la institución del matrimonio tiene como su autor al Creador del universo.  "Honroso es en todos el matrimonio." (Heb.  13: 4.) Fue una de las primeras dádivas de Dios al hombre, y es una de las dos instituciones que, después de la caída, llevó Adán consigo al salir del paraíso.  Cuando se reconocen y obedecen los principios divinos en esta materia, el matrimonio es una bendición: salvaguarda la felicidad y la pureza de la raza, satisface las necesidades sociales del hombre y eleva su naturaleza física, intelectual y moral.

"Y había Jehová Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado." (Gén. 2: 8.) Todo lo que hizo Dios tenía la perfección de la belleza, y nada que contribuyese a la felicidad de la santa pareja parecía faltar; sin embargo, el Creador les dio todavía otra prueba de su amor, preparándoles especialmente un huerto para que fuese su morada.  En este huerto había árboles de toda variedad, muchos de ellos cargados de fragantes y deliciosas frutas.  Había hermosas plantas trepadoras, como vides, que presentaban un aspecto agradable y hermoso, con sus ramas inclinadas bajo el peso de tentadora fruta de los más ricos y variados matices.  El trabajo de Adán y Eva debía consistir en formar cenadores o albergues con las ramas de las vides, haciendo así su propia morada con árboles vivos cubiertos de follaje y  frutos.  Había en profusión y prodigalidad fragantes flores de todo matiz.  En medio del huerto estaba el árbol de la vida que aventajaba en gloria y esplendor a todos los demás árboles.  Sus frutos parecían manzanas de oro y plata, y tenían el poder de perpetuar la vida.

La creación estaba ahora completa. "Y fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento." "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera." (Gén. 2: 1; 1: 31.) El Edén florecía en la tierra.  Adán y Eva tenían libre acceso al árbol de la vida.  Ninguna mácula de pecado o sombra de muerte desfiguraba la hermosa creación.  "Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios." (Job 38: 7)

El gran Jehová había puesto los fundamentos de la tierra; había vestido a todo el mundo con un manto de belleza, y había colmado el mundo de cosas útiles para el hombre; había creado todas las maravillas de la tierra y del mar. La gran obra de la creación fue realizada en seis días.  "Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho.  Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y hecho." (Gén. 2: 2, 3) Dios miró con satisfacción la obra de sus manos.  Todo era perfecto, digno de su divino Autor; y él descansó, no como quien estuviera fatigado, sino satisfecho con los frutos de su sabiduría y bondad y con las manifestaciones de su gloria.

Después de descansar el séptimo día, Dios lo santificó; es decir, lo escogió y apartó como día de descanso para el hombre.  Siguiendo el ejemplo del Creador, el hombre había de reposar durante este sagrado día, para que, mientras contemplara los cielos y la tierra, pudiese reflexionar sobre la grandiosa obra de la creación de Dios; y para que, mientras mirara las evidencias de la sabiduría y bondad de Dios, su corazón se llenase de amor y reverencia hacia su Creador. Al bendecir el séptimo día en el Edén, Dios estableció un  recordativo de su obra creadora.  El sábado fue confiado y entregado a Adán, padre y representante de toda la familia humana.  Su observancia había de ser un acto de agradecido reconocimiento de parte de todos los que habitasen la tierra, de que Dios era su Creador y su legítimo soberano, de que ellos eran la obra de sus manos y los súbditos de su autoridad.  De esa manera la institución del sábado era enteramente conmemorativa, y fue dada para toda la humanidad.  No había nada en ella que fuese obscuro o que limitase su observancia a un solo pueblo. Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso.  Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y actividades durante un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y meditar en su poder y bondad.  Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios, y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador. Dios quiere que el sábado dirija la mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó.  La naturaleza habla a sus sentidos, declarándoles que hay un Dios viviente, Creador y supremo Soberano del universo.  "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos.  El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría." (Sal. 19: 1, 2.) La belleza que cubre la tierra es una demostración del amor de Dios.  La podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los capullos que se abren y en las delicadas flores.  Todas estas cosas nos hablan de Dios.  El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la sabiduría, el poder y el amor del Creador.

Nuestros primeros padres, a pesar de que fueron creados inocentes y santos, no fueron colocados fuera del alcance del pecado.  Dios los hizo entes morales libres, capaces de apreciar y comprender la sabiduría y benevolencia de su carácter y la justicia de sus exigencias, y les dejó plena libertad para prestarle o negarle obediencia.  Debían gozar de la comunión de Dios y de los santos ángeles; pero antes de darles seguridad eterna, era menester que su lealtad se pusiese a prueba.  En el mismo principio de la existencia del hombre se le puso freno al egoísmo, la pasión fatal que motivó la caída de Satanás.  El árbol del conocimiento, que estaba cerca del árbol de la vida, en el centro del huerto, había de probar la obediencia, la fe y el amor de nuestros primeros padres.  Aunque se les permitía comer libremente del fruto de todo otro árbol del huerto, se les prohibía comer de éste, so pena de muerte.  También iban a estar expuestos a las tentaciones de Satanás; pero si soportaban con éxito la prueba, serían colocados finalmente fuera del alcance de su poder, para gozar del perpetuo favor de Dios.

Dios puso al hombre bajo una ley, como condición indispensable para su propia existencia.  Era súbdito del gobierno divino, y no puede existir gobierno sin ley.  Dios pudo haber creado al hombre incapaz de violar su ley; pudo haber detenido la mano de Adán para que no tocara el fruto prohibido, pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente moral libre, sino un mero autómata.  Sin libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada.  No habría sido posible el desarrollo de su carácter.  Semejante procedimiento habría sido contrario al plan que Dios seguía en su relación con los habitantes de los otros mundos.  Hubiese sido indigno del hombre como ser inteligente, y hubiese dado base a las acusaciones de Satanás, de que el gobierno de Dios era arbitrario. Dios hizo al hombre recto; le dio nobles rasgos de carácter, sin inclinación hacia lo malo.  Le dotó de elevadas cualidades intelectuales, y le presentó los más fuertes atractivos posibles para inducirle a ser constante en su lealtad.  La obediencia, perfecta y perpetua, era la condición para la felicidad eterna. Cumpliendo esta condición, tendría acceso al árbol de la vida. El hogar de nuestros primeros padres había de ser un modelo para cuando sus hijos saliesen a ocupar la tierra.  Ese hogar, embellecido por la misma mano de Dios, no era un suntuoso palacio.  Los hombres, en su orgullo, se deleitan en tener magníficos y costosos edificios y se enorgullecen de las obras de sus propias manos; pero Dios puso a Adán en un huerto.  Esta fue su morada.  Los azulados cielos le servían de techo; la tierra, con sus delicadas flores y su alfombra de animado verdor, era su piso; y las ramas frondosas de los hermosos árboles le servían de dosel.  Sus paredes estaban engalanadas con los adornos más esplendorosos, que eran obra de la mano del sumo Artista.

En el medio en que vivía la santa pareja, había una lección para todos los tiempos; a saber, que la verdadera felicidad se encuentra, no en dar rienda suelta al orgullo y al lujo, sino en la comunión con Dios por medio de sus obras creadas.  Si los hombres pusiesen menos atención en lo superficial y cultivasen más la sencillez, cumplirían con mayor plenitud los designios que tuvo Dios al crearlos.  El orgullo y la ambición jamás se satisfacen, pero aquellos que realmente son inteligentes encontrarán placer verdadero y elevado en las fuentes de gozo que Dios ha puesto al alcance de todos.

A los moradores del Edén se les encomendó el cuidado del huerto, para que lo labraran y lo guardasen.  Su ocupación no era cansadora, sino agradable y vigorizadora.  Dios dio el trabajo como una bendición con que el hombre ocupara su mente, fortaleciera su cuerpo y desarrollara sus facultades.  En la actividad mental y física, Adán encontró uno de los Placeres más elevados de su santa existencia.  Cuando, como resultado de su desobediencia, fue expulsado de su bello hogar, y cuando, para ganarse el pan de cada día, fue forzado a luchar con una tierra obstinada, ese mismo trabajo, aunque muy distinto de su agradable ocupación en el huerto, le sirvió de salvaguardia contra la tentación y como fuente de felicidad.

Están en gran error los que consideran el trabajo como una maldición, si bien éste lleva aparejados dolor y fatiga.  A menudo los ricos miran con desdén a las clases trabajadoras; pero esto está enteramente en desacuerdo con los designios de Dios al crear al hombre. ¿Qué son las riquezas del más opulento en comparación con la herencia dada al señorial Adán?  Sin embargo, éste no había de estar ocioso.  Nuestro Creador, que sabe lo que constituye la felicidad del hombre, señaló a Adán su trabajo.  El verdadero regocijo de la vida lo encuentran sólo los hombres y las mujeres que trabajan.  Los ángeles trabajan diligentemente; son ministros de Dios en favor de los hijos de los hombres.  En el plan del Creador, no cabía la práctica de la indolencia que estanca al hombre.

Mientras permaneciesen leales a Dios, Adán y su compañera iban a ser los señores de la tierra. Recibieron dominio ilimitado sobre toda criatura viviente.  El león y la oveja triscaban pacíficamente a su alrededor o se echaban junto a sus pies.  Los felices pajarillos revoloteaban alrededor de ellos sin temor alguno; y cuando sus alegres trinos ascendían alabando a su Creador, Adán y Eva se unían a ellos en acción de gracias al Padre y al Hijo.

La santa pareja eran no sólo hijos bajo el cuidado paternal de Dios, sino también estudiantes que recibían instrucción del omnisciente Creador.  Eran visitados por los ángeles, y se gozaban en la comunión directa con su Creador, sin ningún velo obscurecedor de por medio.  Se sentían pletóricos del vigor que procedía del árbol de la vida y su poder intelectual era apenas un poco menor que el de los ángeles.  Los misterios del universo visible, "las maravillas del Perfecto en sabiduría" (Job 37: 16), les suministraban una fuente inagotable de instrucción y placer.  Las leyes y los procesos de la naturaleza, que han sido objeto del estudio de los hombres durante seis mil años, fueron puestos al alcance de sus mentes por el infinito Forjador y Sustentador de todo.  Se entretenían con las hojas, las flores y los árboles, descubriendo en cada uno  de ellos los secretos de su vida.  Toda criatura viviente era familiar para Adán, desde el poderoso leviatán que juega entre las aguas hasta el más diminuto insecto que flota en el rayo del sol.  A cada uno le había dado nombre y conocía su naturaleza y sus costumbres.  La gloria de Dios en los cielos, los innumerables mundos en sus ordenados movimientos, "las diferencias de las nubes" (Job 37: 16), los misterios de la luz y del sonido, de la noche y el día, todo estaba al alcance de la comprensión de nuestros primeros padres.  El nombre de Dios estaba escrito en cada hoja del bosque, y en cada piedra de la montaña, en cada brillante estrella, en la tierra, en el aire y en los cielos.  El orden y la armonía de la creación les hablaba de una sabiduría y un poder infinitos.  Continuamente descubrían algo nuevo que llenaba su corazón del más profundo amor, y les arrancaba nuevas expresiones de gratitud.

Mientras permaneciesen fieles a la divina ley, su capacidad de saber, gozar y amar aumentaría continuamente.  Constantemente obtendrían nuevos tesoros de sabiduría, descubriendo frescos manantiales de felicidad, y obteniendo un concepto cada vez más claro del inconmensurable e infalible amor de Dios.

 

Patriarcas y profetas, pp. 102-109

 

CAPÍTULO 9.  La Semana Literal

 

Así como el sábado, la semana se originó al tiempo de la creación, y fue conservada y transmitida a nosotros a través de la historia bíblica. Dios mismo dio la primera semana como modelo de las subsiguientes hasta el fin de los tiempos. Como las demás, consistió en siete días literales. Se emplearon seis días en la obra de la creación; y en el séptimo, Dios reposó y luego bendijo ese día y lo puso aparte como día de descanso para el hombre.

En la ley dada en el Sinaí, Dios reconoció la semana y los hechos sobre los cuales se funda. Después de dar el mandamiento: "Acuérdate de Santificar el día de sábado" (Exo. 20:8, V. Torres Amat), y después de estipular lo que debe hacerse durante los seis días, y lo que no debe hacerse el día séptimo, manifiesta la razón por la cual ha de observarse así la semana, recordándonos su propio ejemplo: "Por cuanto el Señor en seis días hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las cosas que hay en ellos, y descansó en el día séptimo: por esto bendijo el Señor el día sábado, y le santificó." (Vers. 11.) Esta razón resulta plausible cuando entendemos que los días de la creación son literales. Los primeros seis días de la semana fueron dados al hombre para su trabajo, porque Dios empleó el mismo período de la primera semana en la obra de  la creación. En el día séptimo el hombre ha de abstenerse de trabajar, en memoria del reposo del  Creador.

Pero la suposición de que los acontecimientos de la primera semana requirieron miles y miles de años, ataca directamente los fundamentos del cuarto mandamiento. Representa al Creador como se estuviese ordenando a los hombres que observaran la semana de días literales en memoria de largos e indefinidos períodos. Esto es distinto del método que él usa en su relación con sus criaturas. Hace obscuro e indefinido lo que él ha hecho muy claro. Es incredulidad en la forma más insidiosa y, por lo tanto, más peligrosa; su verdadero carácter está disfrazado de tal manera que la sostienen y enseñan muchos que dicen creer en la Sagrada Escritura.

"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca.... Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." (Sal. 33:6, 9.) La Sagrada Escritura no reconoce largos períodos en los cuales la tierra fue saliendo lentamente del caos. Acerca de cada día de la creación, las Santas Escrituras declaran que consistía en una tarde y una mañana, como todos los demás días que siguieron desde entonces. Al fin de cada día se da el resultado de la obra del Creador. Y al  terminar la narración de la primera semana se dice: "Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron criados".(Gén. 2:4.) Pero esto no implica que los días de la creación fueron algo más que días literales. Cada día se llama un origen, porque Dios originó o produjo en él una parte nueva de su obra.

Los geólogos alegan que en la misma tierra se encuentra la evidencia de que ésta es mucho más vieja de lo que enseña el relato mosaico. Han descubierto huesos de seres humanos y de animales, así como también instrumentos bélicos, árboles petrificados, etc., mucho mayores que los que existen hoy día, o que hayan existido durante miles de años, y de esto infieren que la tierra estaba poblada mucho tiempo antes de la semana de la creación de la cual nos habla la Escritura, y por una raza de seres de tamaño muy superior al de cualquier hombre de la actualidad. Semejante razonamiento ha llevado a muchos que aseveran creer en la Sagrada Escritura a aceptar la idea de que los días de la creación fueron períodos largos e indefinidos.

Pero sin la historia bíblica, la geología no puede probar nada. Los que razonan con tanta seguridad acerca de sus descubrimientos, no tienen una noción adecuada del tamaño de los hombres, los animales y los árboles antediluvianos, ni de los grandes cambios que ocurrieron en aquel entonces. Los vestigios que se encuentran en la tierra dan evidencia de condiciones que en muchos respectos eran muy diferentes de las actuales; pero el tiempo en que estas condiciones imperaron sólo puede saberse mediante la Sagrada Escritura. En la historia del diluvio, la inspiración divina ha explicado lo que la geología sola jamás podría desentrañar. En los días de Noé, hombres, animales y árboles de un tamaño muchas veces mayor que el de los que existen actualmente, fueron sepultados y de esa manera preservados para probar a las generaciones subsiguientes que los antediluvianos perecieron por un diluvio, Dios quiso que el descubrimiento de estas cosas se estableciese la fe de los hombres en la historia sagrada; pero éstos, con su vano raciocinio, caen en el mismo error en que cayeron los antediluvianos: al usar mal las cosas que Dios les dio para su beneficio, las tornan en maldición.

Uno de los ardides de Satanás consiste en lograr que los hombres acepten las fábulas de los incrédulos; pues así puede obscurecer la ley de Dios,  muy clara en sí misma, y envalentonar a los hombres para que se rebelen contra el gobierno divino. Sus esfuerzos van dirigidos especialmente contra el cuarto mandamiento, porque éste señala tan claramente al Dios vivo, Creador del cielo y de la tierra.

Algunos realizan un esfuerzo constante para explicar la obra de la creación como resultado de causas naturales; y, en abierta oposición a las verdades consignadas en la Sagrada Escritura, el razonamiento humano es aceptado aun por personas que se dicen cristianas. Hay quienes se oponen al estudio e investigación de las profecías, especialmente las de Daniel y del Apocalipsis, diciendo que éstas son tan obscuras que no las podemos comprender; no obstante, estas mismas personas reciben ansiosamente las suposiciones de los geólogos, que están en contradicción con el relato de Moisés. Pero si lo que Dios ha revelado es tan difícil de comprender, ¡cuán ilógico es aceptar meras suposiciones en lo que se refiere a cosas que él no ha revelado!

"Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre." (Deut. 29:29.) Nunca reveló Dios al hombre la manera precisa en que llevó a cabo la obra de la creación; la ciencia humana no puede escudriñar los secretos del Altísimo. Su poder creador es tan incomprensible como su propia existencia.

Dios ha permitido que raudales de luz se derramasen sobre el mundo, tanto en las ciencias como en las artes; pero cuando los llamados hombre de ciencia tratan estos asuntos desde el punto de vista meramente humano, llegan a conclusiones erróneas. Puede ser inocente el especular más allá de lo que Dios ha revelado, si nuestras teorías no contradicen los hechos de la Sagrada Escritura; pero los que dejan a un lado la Palabra de Dios y pugnan por explicar de acuerdo con principios científicos las obras creadas, flotan sin carta de navegación, o sin brújula, en un océano ignoto.

Aun los cerebros más notables, si en sus investigaciones no son dirigidos por la Palabra de Dios, se confunden en sus esfuerzos por delinear las relaciones de la ciencia y la revelación. Debido a que el Creador y sus obras les resultan tan incomprensibles que se ven incapacitados para explicarlos mediante las leyes naturales, consideran la historia bíblica como algo indigno de confianza. Los que dudan de la certeza de los relatos del Antiguo Testamento y del Nuevo serán inducidos a dar un paso más y a dudar de la existencia de Dios, y luego, habiendo perdido sus anclas, se verán entregados a su propia suerte para encallar finalmente en las rocas de la incredulidad.

Estas personas han perdido la sencillez de la fe. Debería existir una fe arraigada en la divina autoridad de la Santa Palabra de Dios. La Sagrada Escritura no se ha de juzgar de  acuerdo con las ideas científicas de los hombres. La sabiduría humana es una guía en la cual no se puede confiar. Los escépticos que leen la Sagrada Escritura para poder sutilizar acerca de ella, pueden, mediante una comprensión imperfecta de la ciencia o de la revelación, sostener que encuentran contradicciones entre una y otra; pero cuando se entienden correctamente, se las nota en perfecta armonía. Moisés escribió bajo la dirección del Espíritu de Dios; y una teoría geológica correcta no presentará descubrimientos que no puedan conciliarse con los asertos así inspirados. Toda verdad, ya sea en la naturaleza o en la revelación, es consecuente consigo misma en todas sus manifestaciones. En la Palabra de Dios hay muchas interrogaciones que los más profundos erudito no pueden contestar. Se nos llama la atención a estos asuntos para mostrarnos que, aun en las  cosas comunes de la vida diaria, es mucho lo que las mentes finitas, con toda su jactanciosa sabiduría, no podrán jamás comprender en toda su plenitud.

Sin embargo, los hombres de ciencia creen que ellos pueden comprender la sabiduría de Dios, lo que él ha hecho y lo que puede hacer. Se ha generalizado mucho la idea de que Dios está restringido por sus propias leyes. Los hombres niegan o pasan por alto su existencia, o piensan que pueden explicarlo todo, aun la acción de su Espíritu sobre el corazón humano; y ya no reverencian su nombre ni temen su poder. No comprendiendo las leyes de Dios ni el poder infinito de él para hacer efectiva su voluntad mediante ellas, no creen en lo sobrenatural. Comúnmente, la expresión "leyes de la naturaleza" abarca lo que el hombre ha podido descubrir acerca de las leyes que gobiernan el mundo físico; pero ¡cuán limitada es la sabiduría del hombre, y cuán vasto el campo en el cual el Creador puede obrar, en armonía con sus propias leyes, y sin embargo, enteramente más allá de la comprensión de los seres finitos!

Muchos enseñan que la materia posee poderes vitales, que se le impartieron ciertas propiedades y que se la dejó luego actuar mediante su propia energía inherente; y que las operaciones de la naturaleza se llevan a cabo en conformidad con leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir. Esta es una ciencia falsa, y no está respaldada por la Palabra de Dios. La naturaleza es la sierva de su Creador. Dios no anula sus leyes, ni tampoco obra contrariándolas: las usa continuamente como sus instrumentos. La naturaleza atestigua que hay una inteligencia, una presencia y una energía activa, que obran dentro de sus leyes y mediante ellas. Existe en la naturaleza la acción del Padre y del Hijo. Cristo dice: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro." (Juan 5:17.)

Los levitas, en su himno registrado por Nehemías, cantaban: "Tú, oh Jehová, eres solo; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, y toda su milicia, la tierra y todo lo que está en ella, . . . tú vivificas todas estas cosas." (Neh. 9:6.)

En cuanto se refiere a este mundo, la obra de la creación de Dios está terminada, pues fueron "acabadas las obras desde el principio del mundo." (Heb. 4:3.) Pero su energía sigue ejerciendo su influencia para sustentar los objetos de su creación. Una palpitación no sigue a la otra, y un hálito al otro, porque el mecanismo que una vez se puso en marcha continúe accionando por su propia energía inherente; sino que todo hálito, toda palpitación del corazón es una evidencia del completo cuidado que tiene de todo lo creado Aquel en quien "vivimos, y nos movemos, y somos." (Hech. 17:28.) No es en virtud de alguna fuerza inherente que año tras año la tierra produce sus abundantes cosechas y que continúa su movimiento alrededor del sol. La mano de Dios dirige los planetas, y los mantiene en su puesto en su ordenada marcha a través de los cielos. "El saca por cuenta su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza de su fuerza, y su poder y virtud." (Isa. 40:26.) En virtud de su poder la vegetación florece, aparecen las hojas y las flores se abren. Es él quien "hace a los montes producir hierba," 108 por su poder los valles se fertilizan. Todas las bestias de los bosques piden a Dios su alimento, y toda criatura viviente, desde el diminuto insecto hasta el hombre, dependen diariamente de su divina providencia. Según las hermosas palabras del salmista: "Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, hártanse de bien."Su Palabra controla los elementos, él cubre los cielos de nubes y prepara la lluvia para la tierra. "El da la nieve como lana, derrama la escarcha como ceniza." "A su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo, y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos." (Sal. 147:8, 16; 104:27, 28; Jer. 10:13.)

Dios es el fundamento de todas las cosas. Toda verdadera ciencia está en armonía con sus obras;  toda verdadera educación nos induce a obedecer a su gobierno. La ciencia abre nuevas maravillas ante nuestra vista, se remonta alto, y explora nuevas profundidades; pero de su búsqueda no trae nada que esté en conflicto con la divina revelación. La ignorancia puede tratar de respaldar puntos de vista falsos con respecto a Dios veliéndose para ello de la ciencia; pero el libro de la naturaleza y la Palabra escrita se iluminan mutuamente. De esa manera somos inducidos a adorar al Creador, y confiar con inteligencia en su Palabra. Ninguna mente finita puede comprender plenamente la existencia, el poder, la sabiduría, o las obras del Infinito. El escritor sagrado dice: "¿Alcanzarás tú el rastro de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alto que los cielos: ¿qué harás? es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás? Su dimensión es mas larga que la tierra, y más ancha que la mar." (Job 11:7-9.) Los intelectos más poderosos de la tierra no pueden comprender a Dios. Los hombres podrán investigar y aprender siempre; pero habrá siempre un infinito inalcanzable para ellos. Sin embargo, las obras de la creación dan testimonio de la  grandeza y del poder de Dios. "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos." (Sal. 19:1.) Los que reciben la Palabra escrita cono su consejera encontrarán en la ciencia un auxiliar para comprender a Dios. "Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas." (Rom. 1:20.)

 

El Deseado de todas las gentes, pp. 248-256.

 

CAPÍTULO 29 El Sábado

 

El Sábado fue santificado en ocasión de la creación. Tal cual fue ordenado para el

hombre, tuvo su origen cuando "las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban

todos los hijos de Dios." La paz reinaba sobre el mundo entero, porque la tierra estaba en armonía con el cielo. "Vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera; y reposó en el gozo de su obra terminada. Por haber reposado en sábado, "bendijo Dios el día séptimo y santificólo," es decir, que lo puso aparte para un uso santo. Lo dio a Adán como día de descanso. Era un monumento recordativo de la obra de la creación, y así una señal del poder de Dios y de su amor. Las Escrituras dicen: "Hizo memorables sus maravillas." "Las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas." Todas las cosas fueron creadas por el Hijo de Dios. "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios.... Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho." Y puesto que el sábado es un monumento recordativo de la obra de la creación, es una señal del amor y del poder de Cristo.

El sábado dirige nuestros pensamientos a la naturaleza, y nos pone en comunión con el

Creador. En el canto de las aves, el murmullo de los árboles, la música del mar, podemos oír todavía esa voz que habló con Adán en el Edén al frescor del día. Y mientras contemplamos su poder en la naturaleza, hallamos consuelo, porque la palabra que creó todas las cosas es la que infunde vida al alma. El "que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo."  Fue este pensamiento el que provocó este canto del salmista: "Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras; En las obras de tus manos me gozo. ¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová! Muy profundos son tus pensamientos."

Y el Espíritu Santo declara por medio del profeta Isaías: "¿A qué pues haréis semejante a Dios, o a qué imagen le compondréis? . . . ¿No sabéis? ¿no habéis oído? ¿nunca os lo han dicho desde el principio? ¿no habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? El está asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores son como langostas, él extiende los cielos como una cortina, tiéndelos como una tienda para morar.... ¿A qué pues me haréis semejante, o seré asimilado? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién crió estas cosas; él saca por cuenta su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza de su fuerza, y su poder y virtud. ¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: mi camino es escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios del siglo es Jehová, el cual crió los términos de la tierra? No se trabaja, ni se fatiga con cansancio.... El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas." "No temas que yo soy contigo, no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia." "Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más." Tal es el mensaje que fue escrito en la naturaleza y que el sábado está destinado a rememorar. Cuando el Señor ordenó a Israel que santificase sus sábados, dijo: "Sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios." El sábado fue incorporado en la ley dada desde el Sinaí; pero no fue entonces cuando se dio a conocer por primera vez como día de reposo. El pueblo de Israel había tenido conocimiento de él antes de llegar al Sinaí. Mientras iba peregrinando hasta allí, guardó el sábado. Cuando algunos lo profanaron, el Señor los reprendió diciendo: "¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?" El sábado no era para Israel solamente, sino para el mundo entero. Había sido dado a conocer al hombre en el Edén, y como los demás preceptos del Decálogo, es de obligación imperecedera. Acerca de aquella ley de la cual el cuarto mandamiento

forma parte, Cristo declara: "Hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde

perecerá de la ley." Así que mientras duren los cielos y la tierra, el sábado continuará

siendo una señal del poder del Creador. Cuando el Edén vuelva a florecer en la tierra, el

santo día de reposo de Dios será honrado por todos los que moren debajo del sol. "De

sábado en sábado," los habitantes de la tierra renovada y glorificada, subirán "a adorar

delante de mí, dijo Jehová."  Ninguna otra institución confiada a los judíos propendía tan plenamente como el sábado a distinguirlos de las naciones que los rodeaban. Dios se propuso que su observancia los designase como adoradores suyos. Había de ser una señal de su separación de la idolatría, y de su relación con el verdadero Dios. Pero a fin de santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos. Por la fe, deben llegar a ser partícipes de la justicia de Cristo. Cuando fue dado a Israel el mandato: "Acordarte has del día del reposo, para santificarlo," el Señor también les dijo: "habeís de serme varones santos"  Únicamente en esa forma podía el sábado distinguir a los israelitas como adoradores de Dios. Al apartarse los judíos de Dios, y dejar de apropiarse la justicia de Cristo por la fe, el sábado perdió su significado para ellos. Satanás estaba tratando de exaltarse a sí mismo, y de apartar a los hombres de Cristo, y obró para pervertir el sábado, porque es la señal del poder de Cristo. Los dirigentes judíos cumplían la voluntad de Satanás rodeando de requisitos pesados el día de reposo de Dios. En los días de Cristo, el sábado había quedado tan pervertido, que su observancia reflejaba el carácter de hombres egoístas y arbitrarios, más bien que el carácter del amante Padre celestial. Los rabinos representaban virtualmente a Dios como autor de leyes cuyo cumplimiento era imposible para los hombres. Inducían a la gente a considerar a Dios como un tirano, y a pensar que la observancia del sábado, que él les exigía, hacía a los hombres duros y crueles. Era obra de Cristo disipar estos conceptos falsos. Aunque los rabinos le perseguían con una hostilidad implacable, ni siquiera aparentaba conformarse a sus requerimientos,  sino que seguía adelante, observando el sábado según la ley de Dios. Cierto sábado, mientras el Salvador y sus discípulos volvían del lugar de culto, pasaron por un sembrado que estaba madurando. Jesús había continuado su obra hasta hora avanzada, y mientras pasaba por los campos, los discípulos empezaron a juntar espigas y a comer los granos, después de restregarlos en las manos. En cualquier otro día, este acto no habría provocado comentario, porque el que pasaba por un sembrado, un huerto, o una viña, tenía plena libertad para recoger lo que deseara comer. Pero el hacer esto en sábado era tenido por un acto de profanación. No sólo al juntar el grano se lo segaba, sino que al restregarlo en las manos se lo trillaba, y así, en opinión de los rabinos había en ello un doble delito. Inmediatamente los espías se quejaron a Jesús diciendo: "He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado." Cuando se le acusó de violar el sábado en Betesda, Jesús se defendió afirmando su condición de Hijo de Dios y declarando que él obraba en armonía con el Padre. Ahora que se atacaba a sus discípulos, él citó a sus acusadores ejemplos del Antiguo Testamento, actos verificados en sábado por quienes estaban en el servicio de Dios. Los maestros judíos se jactaban de su conocimiento de las Escrituras, y la respuesta de Cristo implicaba una reprensión por su ignorancia de los sagrados escritos. "¿Ni aun esto habéis leído --dijo,-- qué hizo David cuando tuvo hambre, él, y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición, y comió, . . . los cuales no era lícito comer, sino a solos los sacerdotes?" "También les dijo: El sábado por causa del hombre es hecho; no el hombre por causa del sábado." " ¿No habéis leído en la ley, que los sábados en el templo los sacerdotes profanan el sábado, y son sin culpa? Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí." "El Hijo del hombre es Señor aun del sábado. Si estaba bien que David satisficiese su hambre comiendo el pan que había sido apartado para un uso santo, entonces estaba bien que los discípulos supliesen su necesidad recogiendo granos en las horas sagradas del sábado. Además, los sacerdotes  del templo realizaban el sábado una labor más intensa que en otros días. En asuntos seculares, la misma labor habría sido pecaminosa; pero la obra de los sacerdotes se hacía en el servicio de Dios. Ellos cumplían los ritos que señalaban el poder redentor de Cristo, y su labor estaba en armonía con el objeto del sábado. Pero ahora, Cristo mismo había venido. Los discípulos, al hacer la obra de Cristo, estaban sirviendo a Dios y era correcto hacer en sábado lo que era necesario para el cumplimiento de esta obra. Cristo quería enseñar a sus discípulos y a sus enemigos que el servicio de Dios está antes que cualquier otra cosa. El objeto de la obra de Dios en este mundo es la redención del hombre; por lo tanto, lo que es necesario hacer en sábado en cumplimiento de esta obra, está de acuerdo con la ley del sábado. Jesús coronó luego su argumento declarándose "Señor del sábado," es decir un Ser por encima de toda duda y de toda ley. Este Juez infinito absuelve a los discípulos de culpa, apelando a los mismos estatutos que se les acusaba de estar violando. Jesús no dejó pasar el asunto con la administración de una reprensión a sus enemigos. Declaró que su ceguera había interpretado mal el objeto del sábado. Dijo: "Si supieseis qué es: Misericordia quiero y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes." Sus muchos ritos formalistas no podían suplir la falta de aquella integridad veraz y amor tierno que siempre caracterizarán al verdadero adorador de Dios. Cristo volvió a reiterar la verdad de que en sí mismos los sacrificios no tienen valor. Eran un medio, y no un fin. Su objeto consistía en señalar el Salvador a los hombres, y ponerlos así en armonía con Dios. Lo que Dios aprecia es el servicio de amor. Faltando éste, el mero ceremonial le es una ofensa. Así sucede con el sábado. Estaba destinado a poner a los hombres en comunión con Dios; pero cuando la mente quedaba absorbida por ritos cansadores, el objeto del sábado se frustraba. Su simple observancia exterior era una burla. Otro sábado, al entrar Jesús en una sinagoga, vio allí a un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos le vigilaban, deseosos de ver lo que iba a hacer. El Salvador sabía muy bien que al efectuar una curación en sábado, sería  considerado como transgresor, pero no vaciló en derribar el muro de las exigencias tradicionales que rodeaban el sábado. Jesús invitó al enfermo a ponerse de pie, y luego preguntó: "¿Es lícito hacer bien en sábado, o hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla?" Era máxima corriente entre los judíos que el dejar de hacer el bien, cuando había oportunidad, era hacer lo malo; el descuidar de salvar una vida, era matar. Así se enfrentó Jesús con los rabinos en su propio terreno. "Mas ellos callaban. Y mirándolos alrededor con enojo, condoliéndose de la ceguedad de su corazón, dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su mano fue restituida sana. Cuando le preguntaron: "¿Es lícito curar en sábado?" Jesús contestó " ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si cayere ésta en una fosa en sábado, no le eche mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Así que, lícito es en los sábados hacer bien.' Los espías no se atrevían a contestar a Jesús en presencia de la multitud, por temor a meterse en dificultades. Sabían que él había dicho la verdad. Más bien que violar sus tradiciones, estaban dispuestos a dejar sufrir a un hombre, mientras que aliviarían a un animal por causa de la pérdida que sufriría el dueño si lo descuidaban. Así manifestaban mayor cuidado por un animal que por el hombre, que fue hecho a la imagen de Dios. Esto ilustra el resultado de todas las religiones falsas. Tienen su origen en el deseo del hombre de exaltarse por encima de Dios, pero llegan a degradar al hombre por debajo del nivel de los brutos. Toda religión que combate la soberanía de Dios, defrauda al hombre de la gloria que le fue concedida en la creación, y que ha de ser]e devuelta en Cristo. Toda religión falsa enseña a sus adeptos a descuidar los menesteres, sufrimientos y derechos de los hombres. El Evangelio concede alto valor a la humanidad como adquisición hecha por la sangre de Cristo, y enseña a considerar con ternura las

necesidades y desgracias del hombre. El Señor dice: "Haré más precioso que el oro fino

al varón, y más que el oro de Ofir al hombre."  Cuando Jesús preguntó a los fariseos si era lícito hacer bien o mal en sábado, salvar la vida o matar, les hizo confrontar sus propios malos deseos. Con acerbo odio ellos deseaban matarle mientras él estaba salvando vidas e impartiendo felicidad a muchedumbres. ¿Era mejor matar en sábado, según se proponían ellos hacer, que sanar a los afligidos como lo había hecho él? ¿Era más justo tener homicidio en el corazón en el día santo, que tener hacia todos un amor que se expresara en hechos de misericordia? Al sanar al hombre que tenía una mano seca, Jesús condenó la costumbre de los judíos, y dejó al cuarto mandamiento tal cual Dios lo había dado. "Lícito es en los sábados hacer bien," declaró. Poniendo a un lado las restricciones sin sentido de los judíos, honró el sábado, mientras que los que se quejaban contra él deshonraban el día santo de Dios. Los que sostienen que Cristo abolió la ley, enseñan que violó el sábado y justificó a sus discípulos en lo mismo. Así están asumiendo la misma actitud que los cavilosos judíos. En esto contradicen el testimonio de Cristo mismo, quien declaró: "Yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor."Ni el Salvador ni sus discípulos violaron la ley del sábado. Cristo fue el representante vivo de la ley. En su vida no se halló ninguna violación de sus santos preceptos. Frente a una nación de testigos que buscaban ocasión de condenarle, pudo decir sin que se le contradijera: "¿Quién de vosotros me convence de pecado?' El Salvador no había venido para poner a un lado lo que los patriarcas y profetas habían dicho; porque él mismo había hablado mediante esos hombres representativos. Todas las verdades de la Palabra de Dios provenían de él. Estas gemas inestimables habían sido puestas en engastes falsos. Su preciosa luz había sido empleada para servir al error. Dios deseaba que fuesen sacadas de su marco de error, y puestas en el de la verdad. Esta obra podía ser hecha únicamente por una mano divina. Por su relación con el error, la verdad había estado sirviendo la causa del enemigo de Dios y del hombre. Cristo había venido para colocarla donde glorificase a Dios y obrase la salvación de la humanidad. "El sábado por causa del hombre es hecho; no el hombre por causa del sábado," dijo Jesús. Las instituciones que Dios estableció son para beneficio de la humanidad. "Todas las cosas son por vuestra causa." "Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo  por venir; todo es vuestro; y vosotros de Cristo; y Cristo de Dios." La ley de los diez mandamientos, de la cual el sábado forma parte, fue dada por Dios a su pueblo como una bendición. "Mandónos Jehová –dijo Moisés-- que ejecutásemos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, porque nos vaya bien todos los días, y para que nos dé vida, como hoy.' Y mediante el salmista se dio este mensaje a Israel: "Servid a Jehová con alegría: venid ante su acatamiento con regocijo. Reconoced que Jehová él es Dios: él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con reconocimiento, por sus atrios con alabanza." Y acerca de todos los que guardan "el sábado de profanarlo," el Señor declara: "Yo los llevaré al monte de mi santidad, y los recrearé en mi casa de oración." "El Hijo del hombre es Señor aun del sábado." Estas palabras rebosan instrucción y consuelo. Por haber sido hecho el sábado para el hombre, es el día del Señor. Pertenece a Cristo. Porque "todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho." y como lo hizo todo, creó también el sábado. Por él fue apartado como un monumento recordativo de la obra de la creación. Nos presenta a Cristo como Santificador tanto como Creador. Declara que el que creó todas las cosas en el cielo y en la tierra, y mediante quien todas las cosas existen, es cabeza de la iglesia, y que por su poder somos reconciliados con Dios. Porque, hablando de Israel, dijo: "Díles también mis sábados, que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico," es decir, que los hace santos. Entonces el sábado es una señal del poder de Cristo para santificarnos. Es dado a todos aquellos a quienes Cristo hace santos. Como señal de su poder santificador, el sábado es dado a todos los que por medio de Cristo llegan a formar parte del Israel de Dios. Y el Señor dice: "Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicias, santo, glorioso de Jehová; . . . entonces te deleitarás en Jehová."  A todos los que reciban el sábado como señal del poder creador y redentor de Cristo, les resultará una delicia. Viendo a Cristo en él, se deleitan en él. El sábado les indica las obras de la creación como evidencia de su gran poder redentor. Al par que  recuerda la perdida paz del Edén, habla de la paz restaurada por el Salvador. Y todo lo que encierra la naturaleza, repite su invitación: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar."

 

 

“Dios se propuso que su observancia [del sábado] los designase [a los israelitas] como adoradores suyos. Había de ser una señal de su separación de la idolatría y de su relación con el verdadero Dios. Pero, a fin de santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos. Por la fe, deben llegar a ser partícipes de la justicia de Cristo. [...] Únicamente en esa forma podía el sábado distinguir a los israelitas como adoradores de

Dios” (El Deseado de todas las gentes, p. 250).

 

“Cuando Dios liberó a su pueblo Israel de Egipto y le entregó su ley, le enseñó que por la observancia del sábado habían de distinguirse de los idólatras. Esto hacía la distinción entre los que reconocían la soberanía de Dios y los que rehusaban aceptarlo como su Creador y Rey” (Testimonies for the Church, tomo 6, p. 349).

 

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

1. Medita en la idea de cómo la verdadera observancia del sábado puede protegernos de muchos de los engaños con respecto a la creación.

Piensa, por ejemplo, acerca de los eventos finales en relación con los que adoran a la bestia a diferencia de los que adoran al Creador (ver Apocalipsis 14).

 

Apocalipsis 14

1 DESPUES miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente.

2 Y oí una voz del cielo como estruendo de muchas aguas, y como sonido de un gran trueno; y la voz que oí era como de arpistas que tocaban sus arpas.

3 Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los de la tierra.

4 Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes.  Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va.  Estos fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero;

5 y en sus bocas no fue hallada mentira pues son sin mancha delante del trono de Dios.

6 Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, 839

7 diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.

8 Otro ángel le siguió, diciendo: Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación.

9 Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano,

10 él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero;

11 y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos.  Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.

12 Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.

13 Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.

14 Miré, y he aquí una nube blanca; y sobre la nube uno sentado semejante al Hijo del Hombre que tenía en la cabeza una corona de oro, y en la mano una hoz aguda.

15 Y del templo salió otro ángel proclamando a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: Mete tu hoz, y siega; porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura.

16 Y el que estaba sentado sobre la nube metió su hoz en la tierra, y la tierra fue segada.

17 Salió otro ángel del templo que está en el cielo, teniendo también una hoz aguda.

18 y salió del altar otro ángel que tenía poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras.

19 Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios.

20 Y fue pisado el lagar fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios.

 

¿De qué modo una falsa comprensión de nuestros orígenes –tal como la idea de que Jesús usó la evolución para crearnos– prepara a la gente para ser engañada en los días finales?

2. Vuelve al tema del sábado y la adoración. ¿Cómo adora tu iglesia el sábado? ¿Está el culto dirigido hacia la exaltación de Dios como Creador, Redentor y Santificador? Si no, ¿cuál es su énfasis? ¿Cómo podemos aprender a mantener a Dios como el centro de nuestra experiencia de adoración?

3. La creación está en el centro de todas nuestras creencias. ¿Por qué nada de lo que creemos como Adventistas del Séptimo Día tendría sentido aparte de Dios como el Creador? La creación está en el fundamento de todo lo que creemos, y el sábado está incrustado en el informe original de la creación. ¿De qué manera estos hechos nos ayudan a ver cuán básico y fundamental es el sábado? ¿Cómo nos ayuda esto a comprender mejor cómo en los últimos días, cuando los falsos poderes procuren obligar

a todos a una adoración que solamente Dios merece, el sábado será central en ese drama final?

Compilador: Delfino J.

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  1. Las leyes en los días de Cristo (Levítico 1:1-9; Deuteronomio 17:2-6; Lucas 2:1-5;Hebreos 10:28; Santiago 2:8-12)
2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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