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Lección No. 6 El pecado

Lección 6: El pecado

Para el 9 de mayo de 2009

http://groups.google.com.mx/group/fino2008escuelasabatica/files

Lee: Isaías 14:12-14; Mateo 23:23; 25:45; Filipenses 2:6-8; Hebreos 1:1-5; Apocalipsis 5:9-12.

 

Isaías 14:12-14

 

12 ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.

13 Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte;

14 sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.

 

Mateo 23:23

 

23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe.  Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.

 

Mateo  25:45

45 Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.

 

Filipenses 2:6-8

 

6 El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,

7 no que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;

8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

 

Hebreos 1:1-5

 

 

1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,

2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;

3 El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

4 hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos.

5 Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás:

Mi Hijo eres tú,

Yo te he engendrado hoy,

y otra vez:

Yo seré a él Padre,

Y el será a mí hijo?

 

Apocalipsis 5:9-12.

 

9 Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

10 y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.

11 Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones,

12 que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.

Descubre: Desde la premisa bíblica, ¿qué es el pecado? ¿De cuál ley hacen  mención los apóstoles  Juan y Santiago? ¿Cuál es la consecuencia del pecado? ¿De qué manera podemos vencer el pecado?

 

 

Memoriza y considera: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Rom. 5:18).

Pensamiento clave: El pecado y los resultados del pecado, son una dolorosa realidad en la vida humana. Gracias a Dios por Jesús, quien proveyó una vía de escape para todos.

PROPÓSITOS DE LA LECCIÓN DE ESTA SEMANA

·        Saber que el pecado es una realidad dolorosa inherente a nuestra naturaleza.

·        Sentir la libertad del pecado disponible exclusivamente por medio de Jesús.

·        Hacer: aceptar la gracia divina que Dios nos ofrece.

I. LA DEFINICIÓN DE PECADO

1. ¿Qué significa el término pecado? ¿Cómo se originó el pecado?

 

Pecado: En hebreo generalmente jattâ'th, jattâ'âh, del verbo jâtâ', "errar el blanco", "no alcanzar algo", "obrar mal", "ofender", "ser culpable", "pecar", "falta", "pecado"; del griego  hamartía, "errar el blanco", "pecar".

El pecado es cualquier desviación de la voluntad revelada de Dios: ya sea no hacer lo que él ha ordenado definidamente, o realizar lo que específicamente ha prohibido.

 

2. Desde la premisa bíblica, ¿qué es el pecado?

 

“ Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley”(1 Juan 3:4).

 

Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley. Juan presenta ahora el caso opuesto con suficiente explicación para ampliar su declaración previa (1 Juan 3:1-3)  y confirmarla: todos los que tienen la esperanza, se purifican a sí mismos; todos los que cometen pecado, también cometen impiedad.

La palabra griega hamartía, quiere decir  "pecado", "error"; con el sentido de "no dar en el blanco"; afín del verbo hamartán, "errar el blanco", "errar", "equivocarse", "pecar".  Es la palabra que se usa en la Biblia para el acto de alejarse de la ley de Dios, de violar la ley moral. Hamartía es específicamente la violación de una ley moral divinamente dada.  También puede referirse al principio y al poder que hace que uno peque (Rom.  5: 12), pero es obvio que Juan se refiere aquí al acto malo en sí.

En griego dice literalmente "el pecado"; sin embargo, no parece que el autor se refiera a algún pecado en particular, ni el contexto identifica "el pecado".  Pero el uso del artículo definido sugiere que el autor está hablando de "pecado"  para referirse a toda clase de pecados, o sea el pecado que causa la separación entre Dios y el hombre (Isa. 59: 2). El término "hace anomía", del griego anomía, "no conformidad con la ley", "ilegalidad", vocablo compuesto de a-, "sin", y nómos "ley" ( Mat. 7: 23; Rom. 6: 19; 2 Tes. 2: 3, 7).  El apóstol relaciona anomía con hamartía para destacar la estrecha e inevitable relación entre pecado e ilegalidad [desobediencia]. "Traspasa la ley"; "hace también lo que es contra la ley".

 

Pues el pecado es infracción de la ley. La sintaxis griega indica que hamartía y anomía son sinónimos y pueden intercambiarse.  Todo pecado es ilegalidad (contra el principio de ley); toda ilegalidad es pecado.  Juan, con su manera sencilla y penetrante, pone al descubierto el verdadero carácter del pecado. Declara que pecado es no hacer caso de la ley, es decir, de la ley de Dios.  En cuanto a las definiciones de "ley", ver com.  Prov. 3: 1; Mat. 5: 17; Rom. 2: 12; 3: 19.  Dios ordenó leyes para guiar a los hombres, para capacitarlos a fin de que disfrutaran plenamente de la vida, para salvarlos del mal y para guardarlos para el bien (ver com.  Exo. 20: 1).

La ley de Dios es un trasunto del carácter divino. Jesús vino para revelar a los hombres el carácter de su Padre, por lo tanto, él es la ley ampliada y demostrada.  Si los hombres quieren ajustar su vida en armonía con la ley de Dios, deben contemplar a Jesús e imitar su vida.  La ley puede ser resumida brevemente en las siguientes palabras: "ser como Dios" o "ser como Jesús".  La transformación del carácter de los hombres de acuerdo con la semejanza divina es el gran propósito del plan de salvación.  La ley revela el carácter de Dios y de Cristo; el plan de salvación indica cómo se puede adquirir la gracia que capacita para obtener todas las virtudes.

… “Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Rom. 14:23).

La fe se refiere a una convicción de lo correcto y lo falso, que resulta en la determinación de hacer cualquier cosa que se crea que es la voluntad de Dios.  Lo que Pablo quiere decir es que si un cristiano no procede basándose en una firme convicción personal de que lo que hace es correcto, sino que obra débilmente de acuerdo con el juicio de otros, entonces su proceder es pecaminoso.  El cristiano nunca debe violar su conciencia.  Quizá necesite educarla; quizá ella le diga que son malas ciertas cosas que de por sí no lo son.  Pero no debe seguir determinado proceder hasta que no esté convencido por la Palabra y por el Espíritu de Dios de que esa conducta es la que debe seguir.  No debe dejar que otros determinen el criterio que debe seguir su conducta.  Debe recurrir a las Escrituras para saber por sí mismo cuál es su deber en ese asunto (2T 119-124).

“Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17).

El que es sólo "oidor", pero no "hacedor", demuestra que su religión es "vana" (Sant.. 1: 23, 26).  El que cultiva una fe falsa confía únicamente en el conocimiento, y demuestra su falsedad cuando se aparta de los hechos que la fe sincera produciría con gozo (Sant. 2: 17, 20, 26).  También es un reproche para los que evitan estudiar más la Palabra de Dios porque consideran que cuanto más aumenta su conocimiento mayor es su obligación personal.

El argumento de que uno no ha hecho mal será una excusa sin valor en el día del juicio, pues quienes así proceden son siervos negligentes (Mat. 25: 27).  La evasión deliberada de un deber conocido es una rebelión directa contra la voluntad de Dios.  Esta situación aumenta la dificultad a la que hace frente el de "doble ánimo" (Sant. 1: 5), el que es religioso en apariencia (Sant. 1: 26), el que tiene una fe muerta (Sant. 2: 17, 20) y el "terrenal" (Sant. 3: 15).  Todas estas características de los miembros imperfectos de la iglesia son el resultado de una entrega incompleta al cumplimiento pleno de los mandamientos de Dios.  Vacilan entre lo que saben que deben hacer y lo que personalmente desean hacer (Sant. 4: 17), con el resultado de que no llegan a someterse sin reservas a la voluntad de Dios.

Podemos concluir entonces, “el pecado es infracción de la ley" (1 Juan 3:4), así como "el cumplimiento de la ley es el amor" (Rom. 13:10).  La palabra "ley", en este caso, se refiere a toda la voluntad revelada de Dios, y en forma especial al Decálogo, que resume todo lo que el Señor espera del hombre (Ecle. 12:13, 14).  Donde no hay "ley", es decir, donde no hay revelación divina de la voluntad del Altísimo, no hay pecado ni transgresión (Ro. 4:15).  Nuestro Señor dijo: "Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado", pero en cuanto se conoce la voluntad de Dios, los hombres "no tienen excusa por su pecado" (Juan 15:22).  El profeta resumió los requisitos de Dios mediante esta admonición: "Hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios" (Miq. 6:8), es decir, ser justos y considerados con nuestro prójimo, y conservar una actitud  humilde delante del Señor.  Cuando no alcanzarnos esta elevada norma, estamos pecando.

 

 

II. ORIGEN DEL PECADO

 

 

1. ¿Cómo se originó el pecado?

 

 

El pecado se originó con Satanás, como consecuencia del orgullo desmedido que surgió en su corazón por la belleza y la sabiduría que Dios le había dado (Ez. 28:17). y por el deseo irresistible de poseer lo que el Señor no le había dado y la envidia consiguiente (lsa. 14:12-14).

 

2. ¿Cómo entró el pecado en este mundo?

 

El pecado entró en este mundo cuando Satanás indujo a Adán y Eva a apoderarse de lo que el Altísimo se había reservado para él, afirmando que así podrían alcanzar un nivel superior de sabiduría (Gén. 3:1-6).  Ya que "el pecado entró en el mundo por un hombre", y "todos pecaron", cada ser humano está bajo pena de muerte (Rom. 5:12; 6:23).  "Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores" (Rom. 5:19).

 

3. ¿Qué mensajes se le advirtieron a Adán y Eva antes de la Caída? (Gen. 2:9,17)

“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gen. 2:16,17)

El anuncio divino "el día que de él comieres, ciertamente morirás”, hablando literalmente sería, "muriendo, tú morirás". Significa que se pronunciaría la sentencia en el día de la transgresión.  El hombre pasaría del estado de inmortalidad condicional al de mortalidad incondicional.  Así como antes de su caída Adán podía estar seguro de la inmortalidad; que le era otorgada por el árbol de la vida, así también, después de esa catástrofe, era segura su mortalidad.  Esto es lo que implica la declaración "el día que de él comieres, ciertamente morirás”, más que una inmediata muerte física.  Dios requería que el hombre hiciera una elección de principios.  Debía aceptar la voluntad de Dios y someterse a ella, confiando en que le iría bien como resultado; o bien, si por su propia elección hacía lo contrario, cortaría su relación con Dios y, probablemente, llegaría a ser independiente de él.  Pero la separación de la Fuente de la vida, inevitablemente sólo podía traer la muerte.  Todavía son válidos estos mismos principios.  El castigo y la muerte son los resultados seguros de la libre elección del hombre de dar rienda suelta a la rebelión contra Dios.

 

III. EL DECALOGO

 

1. ¿De cuál ley hacen  mención los apóstoles  Juan y Santiago? (1 Juan 3:4; Sant. 2: 17, 20, 26; Exo. 20:1-17)

 

1 Y habló Dios todas estas palabras, diciendo:

2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.

3 No tendrás dioses ajenos delante de mí.

4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.

5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,

6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

7 No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

9 Seis días trabajarás, y harás toda tu obra;

10 mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo* y lo santificó.

12 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

13 No matarás.

14 No cometerás adulterio.

15 No hurtarás.

16 No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

17 No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

 

 

 

El escenario ya se había alistado para la proclamación de la ley moral que, siempre, de allí en adelante, ha permanecido como la norma fundamental de conducta  para incontables millones.  Nadie negará que éste fue uno de los sucesos trascendentales y decisivos de la historia. Tampoco puede nadie negar la necesidad vital que tienen todos los hombres de un código tal de conducta debido a sus imperfecciones morales y espirituales y su tendencia a hacer lo que es malo. El Decálogo descuella por encima de todas las otras leyes morales y espirituales. Abarca toda la conducta humana. Es la única ley que puede controlar con eficacia la conciencia. Es un manual condensado de la conducta humana que abarca todo lo que atañe al deber humano en todos los tiempos.  Nuestro Señor se refirió a los mandamientos como el camino por el cual se puede alcanzar la vida eterna (Mat. 19: 16-19).  Son adecuados para toda forma de sociedad humana; son aplicables y están en vigencia mientras dure el mundo (Mat. 5: 17, 18).  Nunca pueden volverse anticuados pues son la expresión inmutable de la voluntad y del carácter de Dios.  Con buena razón Dios los entregó a su pueblo tanto oralmente como por escrito (Exo. 31: 18; Deut. 4: 13).

Aunque fue dado al hombre por la autoridad divina, el Decálogo no es una creación arbitraria de la voluntad divina.  Más bien es una expresión de la naturaleza divina.  El hombre fue creado a la imagen de Dios (Gén. 1: 27), fue hecho para ser santo como él es santo (1 Ped. 1: 15, 16), y los Diez Mandamientos son la norma de santidad ordenada por el cielo (Rom. 7: 7-25).  La clave de la interpretación espiritual de la ley fue dada con toda claridad por nuestro Señor Jesucristo en el inmortal Sermón del Monte (Mat. caps. 5-7).

 

 

2. ¿Qué es el Decálogo?

 

El Decálogo es la expresión no sólo de la santidad sino también del amor (Mat. 22: 34-40; Juan 15: 10; Rom. 13: 8- 10; 1 Juan 2: 4). Si carece de amor cualquier servicio que prestemos a Dios o al hombre, no se cumple la ley.  Es el amor quien nos protege de violar los Diez Mandamientos pues, ¿cómo podríamos adorar otros dioses, tomar el nombre de Dios en vano y descuidar la observancia del día de reposo, si verdaderamente amamos al Señor? ¿Cómo podemos robar lo que pertenece a nuestro prójimo, testificar contra él o codiciar sus posesiones, si lo amamos?  El amor es la raíz de la fidelidad para con Dios y de la honra y el respeto por los derechos de nuestros prójimos.  Este siempre debiera ser el gran motivo que nos mueva a la obediencia (Juan 14: 15; 15:10; 2 Cor. 5: 14; Gál. 5: 6).

 

Cuando un hombre viene primero a Cristo, con pleno conocimiento se abstendrá de todo el mal al cual ha estado acostumbrado.  En su origen, con el propósito de ayudar a los pecadores a distinguir entre el bien y el mal, el Decálogo fue dado principalmente en forma negativa.  La repetición de la palabra "No" demuestra que hay fuertes tendencias en el corazón que deben ser suprimidas (Jer. 17: 9; Rom. 7: 17-23; 1 Tim. 1: 9, 10).  Pero esta forma negativa abarca un amplio y satisfactorio campo de acción moral que se abre ante el hombre, y permite toda la amplitud de desarrollo del carácter que es posible.  El hombre sólo está restringido por las pocas prohibiciones mencionadas.  El Decálogo certifica de la verdad de la libertad cristiana (Sant. 2: 12; 2 Cor. 3: 17).  Aunque la letra de la ley, debido a sus pocas palabras, pueda parecer estrecha en sus alcances, su espíritu es "amplio sobremanera" (Sal. 119: 96).

 

El hecho de que los Diez Mandamientos fueran escritos en dos tablas de piedra, hace resaltar su aplicación a dos clases de obligaciones morales: deberes para con Dios y deberes para con el hombre (Mat. 22: 34-40).  Nuestras obligaciones para con Dios están forzosamente ligadas con nuestras obligaciones para con el hombre, pues el descuido de los deberes tocantes a nuestro prójimo rápidamente será seguido por el descuido de nuestros deberes para con Dios.  La Biblia no ignora la distinción entre la religión (deberes directamente relacionados con Dios) y la moral (deberes que surgen de las relaciones terrenales), sino que une ambas en un concepto más profundo: que todo lo que uno hace es hecho, por así decirlo, para Dios, cuya autoridad es suprema en ambas esferas (Miq. 6: 8; Mat. 25: 34-45; Sant. 1: 27; 1 Juan 4: 20).

 

Siendo palabras de Dios, los Diez Mandamientos deben distinguirse de las "leyes" (Exo. 21: 1) basadas en ellos, e incluidas con ellos, en el "libro del pacto" para constituir la ley estatuida de Israel (Exo. 24: 3).  Las dos tablas que comprenden el Decálogo -con exclusión de las otras partes de la ley - son llamadas de diversas formas: "el testimonio" (Exo, 25: 16), "su pacto" (Deut. 4: 13), "las palabras del pacto" (Exo. 34: 28), las "tablas del testimonio" (Exo. 31: 18; 32: 15) y "las  tablas del pacto" (Deut. 9: 9-11).  Esas tablas de piedra, y sólo ellas, fueron colocadas dentro del arca del pacto (Exo. 25: 21; 1 Rey. 8: 9). Fueron así consideradas, en un sentido especial, como el vínculo del pacto.  La colocación de las tablas debajo del propiciatorio permite comprender la naturaleza del pacto que Dios hizo con Israel.  Muestra que la ley es la base, el fundamento del pacto, el documento obligatorio, el título de la deuda.  Sin embargo, sobre la ley está el propiciatorio, salpicado con la sangre de la propiciación, un testimonio reconfortante de que hay perdón en Dios para los que quebrantan los mandamientos.  El Antiguo Testamento uniformemente hace una clara distinción entre la ley moral y la ley ceremonial (2 Rey. 21: 8; Dan. 9:11).

 

 

 

Yo soy Jehová.

 

"Yahvéh" , un nombre propio derivado del verbo "ser", "llegar a ser" (Exo. 3: 14, 15).  Significa "el Existente", "el Viviente", "el Eterno".  Por lo tanto, cuando Jesús dijo a los judíos de sus días: "Antes que Abrahán fuese, yo soy" (Juan 8: 58), ellos comprendieron que pretendía ser el "Jehová" del El Antiguo Testamento   Esto explica su hostilidad y sus tentativas para matarlo (Juan 8: 59). Jesucristo, la segunda persona de la Deidad, fue el "Dios" de los israelitas a través de toda su historia (Exo. 32: 34; Juan 1: 1-3, 14; 6: 46, 62; 17: 5; 1 Cor. 10: 4; Col. 1: 13-18; Heb. 1: 1-3; Apoc. 1: 17, 18; PP 381).  Fue él quien les dio el Decálogo; fue él quien se declaró a sí mismo "Señor del sábado" (Mar. 2: 28).  El Griego ho zon, "el que vive" (Apoc. 1: 18), es equivalente del Heb.  Eyeh 'asher 'ehyeh, el "Yo soy el que soy" de Exo. 3: 14.

Casa de servidumbre

 

Dios proclamó su santa ley en medio de truenos y relámpagos, cuyo retumbar parece encontrar eco en las formas verbales imperativas de los mandamientos.  Los terrores del Sinaí tuvieron el propósito de colocar vívidamente delante del pueblo la pavorosa solemnidad del último gran día del juicio (PP 352).  Los exigentes preceptos del Decálogo hacen resaltar la justicia de su Autor y el rigor de sus requerimientos.  Pero la ley era también un recordativo de la gracia divina, pues el mismo Dios que proclamó la ley es Aquel que sacó a su pueblo de Egipto y lo libró del yugo de servidumbre.  Es Aquel que dio las preciosas promesas a Abrahán, Isaac y Jacob.

 

Puesto que las Escrituras hacen de Egipto un símbolo de pecaminosidad (Apoc. 11:8), la liberación de Israel de la esclavitud egipcia bien puede compararse con la liberación de todo el pueblo de Dios del poder del pecado.  El Señor libró a los suyos de la tierra de Faraón a fin de que pudiera darles su ley (Sal. 105:42-45).  De la misma manera, mediante el Evangelio, Cristo nos libra del yugo del pecado (Juan 8: 34-36; 2 Ped. 2: 19) para que podamos guardar su ley, que en él se traduce en verdadera obediencia (Juan 15: 10; Rom. 8: 1-4).  Reflexionen en esta verdad los que enseñan que el Evangelio de Cristo nos libra de los santos mandamientos del Decálogo.  La liberación de Egipto había de proporcionar el motivo de obediencia a la ley de Dios.  Nótese el orden aquí: primero el Señor salva a Israel; luego le da su ley para que la guarde.  El mismo orden es cierto bajo el Evangelio.  Cristo primero nos salva del pecado (Juan 1: 29; 1 Cor. 15: 3; Gál. 1: 4); luego vive su ley dentro de nosotros (Gál. 2: 20; Rom. 4: 25; 8: 1-3; 1 Ped. 2: 24).

 

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

 

No tendrás dioses ajenos delante de mí.

 

 

Aunque el pacto fue hecho con Israel como un todo (Exo. 19: 5), el uso de una forma singular del verbo muestra que Dios se dirigía a cada individuo de la nación y le requería obediencia a la ley.  No era suficiente la obediencia colectiva.  Para todos los tiempos, los Diez Mandamientos dirigen su exhortación a la conciencia de cada ser humano y gravitan sobre ella. (Eze. 18: 19, 20).

 

 

Literalmente, "delante de mi faz".  Esta forma idiomática hebrea con frecuencia significa "además de mí", "en adición a mí", o "en oposición a mí".  Siendo el único Dios verdadero, el Señor requiere que sólo él sea adorado.  Este concepto de un solo Dios era extraño a la creencia y práctica politeísta de otras naciones.  Dios nos exhorta para que lo coloquemos delante de todo lo demás, que lo coloquemos primero en nuestros afectos y en nuestras vidas, en armonía con el requerimiento de nuestro Señor en el Sermón del Monte (Mat. 6: 33).  La mera creencia no bastará, ni aun el reconocimiento de que él es el único Dios.  Le debemos una lealtad de todo corazón y una consagración como a un Ser personal a quien tenemos el privilegio de conocer, amar y en quien confiar y con quien podemos tener una comunión bendita.  Es peligroso depender de algo que no sea Dios, ya sea riqueza, conocimiento, posición o amigos.  Es difícil luchar contra las 614 seducciones del mundo, y es muy fácil confiar en lo que es visible y temporal (Mat. 6: 19-34; 1 Juan 2: 15-17).  No es difícil violar el espíritu de este primer mandamiento en nuestra era materialista, poniendo nuestra fe y confianza en alguna conveniencia o comodidad terrenal.  Al hacerlo podemos olvidarnos de Aquel que creó las cosas de que disfrutamos (2 Cor. 4: 18).

 

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.

 

Así como el primer mandamiento hace resaltar el hecho de que no hay sino un Dios, como protesta contra el culto a muchos dioses, el segundo pone énfasis en la naturaleza espiritual de Dios (Juan 4: 24), al desaprobar la idolatría y el materialismo.  Este mandamiento no prohíbe necesariamente el uso de esculturas y pinturas en la religión.  La habilidad artística y las imágenes empleadas en la construcción del santuario (Exo. 25: 17-22), en el templo de Salomón (1 Rey. 6: 23-26) y en la "serpiente de bronce" (Núm. 21: 8, 9; 2 Rey. 18: 4) prueban claramente que el segundo mandamiento no prohíbe el material religioso ilustrativo.  Lo que por él se condena es la reverencia, la adoración o semiadoración que las multitudes de muchos países rinden a las imágenes y pinturas religiosas.  La excusa de que los ídolos mismos no son adorados no disminuye la fuerza de esta prohibición.  Los ídolos no sólo no deben ser adorados; ni siquiera deben ser hechos, La necedad de la idolatría radica en que los ídolos son meramente el producto de la habilidad humana y, por lo tanto, inferiores al hombre y sometidos a él (Ose.  8: 6).  El hombre puede rendir verdadero culto dirigiendo sus pensamientos únicamente a Alguien que es mayor que él mismo.

 

La triple división presentada aquí y en otro lugar (cielo, tierra y mar) abarca todo el universo físico, a base del cual los paganos idearon sus deidades y les dieron forma (Deut. 4: 15-19; Rom. 1: 22, 23).

 

 

No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,

y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

 

 

Esto ataca la honra externa dada a las imágenes en el mundo antiguo.  No se las consideraba como emblemas sino como reales y verdaderas encarnaciones de la deidad.  Se creía que los dioses establecían su morada en esas imágenes.  Los que las hacían no eran estimados; aun podían ser despreciados. Pero su artefacto idolátrico era adorado con reverencia y se le rendía culto.

 

Dios rehúsa compartir su gloria con ídolos (Isa. 42: 8; 48: 11).  Declina el culto y servicio de un corazón dividido (Exo. 34: 12-15; Deut. 4: 23, 24; 6: 14, 15;Jos. 24: 15, 19, 20). Jesús mismo dijo: "Ninguno puede servir a dos señores" (Mat. 6: 24).

 

Esta aparente amenaza ha turbado a algunos que ven en ella la manifestación de un espíritu vengativo.  Sin embargo, debiera hacerse una distinción entre los resultados naturales de una conducta pecaminosa y el castigo que se inflige debido a ella (PP 313).  Dios no castiga a un individuo por los malos hechos de otro (Eze. 18: 2-24).  Cada hombre es responsable delante de Dios sólo por sus propios actos.  Al mismo tiempo, Dios no altera las leyes de la herencia para proteger a una generación de los delitos de sus padres, pues esto no correspondería con el carácter divino y con la forma en que trata a los hombres.  La justicia divina visita la " maldad" de una generación sobre la siguiente únicamente mediante esas leyes de la herencia que fueron ordenadas por el Creador en el principio (Gén. 1: 21, 24, 25).

 

Nadie puede eludir del todo las consecuencias de la disipación, la enfermedad, el libertinaje, el mal proceder, la ignorancia y los malos hábitos transmitidos por las generaciones precedentes.  Los descendientes de idólatras degradados y los vástagos de hombres malos y viciosos generalmente comienzan la vida con las taras provocadas por pecados de orden físico y moral, y cosechan los frutos de las semillas sembradas por sus padres.  La delincuencia juvenil comprueba la verdad del segundo mandamiento.  El ambiente también tiene un notable efecto sobre cada generación joven.  Pero puesto que Dios es bondadoso y justo, podemos confiar en que tratará equitativamente a cada persona teniendo muy en cuenta la influencia, sobre el carácter, de las taras congénitas, las predisposiciones heredadas y la influencia de los ambientes previos.  Su justicia y su misericordia lo demandan (Sal. 87: 6; Luc. 12: 47,48;Juan 15: 22; Hech. 17: 30; 2 Cor. 8: 12).  Al mismo tiempo nuestra meta es la de ser victoriosos sobre cada tendencia al mal heredada y cultivada (PVGM 255, 264, 265; DTG 625).

Dios "visita" o "prescribe" los resultados de la iniquidad, no para vengarse sino para enseñar a los pecadores que una conducta indebida  inevitablemente produce tristes resultados.

 

 

Colocar nuestros afectos en dioses falsos de cualquier clase, colocar nuestra confianza en cualquier cosa que no sea el Señor, es "aborrecerlo". Los que lo hacen, inevitablemente provocan dificultades y sufrimientos no sólo sobre ellos mismos sino también sobre los que vienen en pos de ellos.  Los padres que colocan a Dios en primer término, por así decirlo colocan también en primer término a sus hijos.  El uso de la vigorosa palabra "aborrecen", típicamente oriental, sirve para expresar la más profunda desaprobación.  Todo lo que un hombre necesita hacer para clasificarse entre los que "aborrecen" a Dios, es amarlo menos de lo que ama a otras personas o cosas (Luc. 14: 26; Rom. 9: 13).

 

El verdadero amor a Dios se muestra mediante la obediencia.  Puesto que Dios mismo es amor y sus tratos con sus criaturas son motivados por el amor (1 Juan 4: 7-21), Dios no desea que lo obedezcamos como una obligación sino porque elegimos hacerlo (Juan 14: 15, 21; 15: 10; 1 Juan 2: 5; 5: 3; 2 Juan 6).

 

 

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

 

La palabra así traducida significa "iniquidad", "falsedad", "vanidad", "vacuidad".  Inculcar reverencia es el principal propósito del tercer mandamiento (Sal. 111: 9; Ecle. 5: 1, 2), que es una secuela apropiada de los dos que lo preceden.  Los que sólo sirven al verdadero Dios, y le sirven en espíritu y en verdad, evitarán cualquier uso descuidado, irreverente o innecesario del nombre santo.  No blasfemarán.  La blasfemia, o cualquier lenguaje descuidado por el estilo, no sólo violan el espíritu de la religión sino que indica también falta de educación y caballerosidad.

Este mandamiento no sólo se aplica a las palabras que debiéramos evitar sino al cuidado con que debiéramos usar las que son buenas (Mat. 12: 34-37).

El tercer mandamiento también condena las ceremonias vacuas y el formalismo en el culto (2 Tim. 3: 5) y exalta el culto realizado en el verdadero espíritu de santidad (Juan 4: 24).  Muestra que no es suficiente la obediencia a la letra de la ley.  Nadie reverenció nunca más estrictamente el nombre de Dios que los judíos, quienes hasta el día de hoy no lo pronuncian.  Como resultado, nadie sabe cómo debiera pronunciarse.  Pero en su sujeción extrema a la letra de la ley, los judíos rindieron a Dios un homenaje vacío.  Ese falso celo no impidió la trágica equivocación cometida por la nación judía hace 2.000 años (Juan 1:11; Hech. 13: 46).

El tercer mandamiento también prohíbe el juramento falso, o perjurio, que siempre ha sido considerado como una grave falta social y moral digna del más severo castigo.  El uso descuidado del nombre de Dios denota una falta de reverencia para con él.  Si nuestro pensamiento se enfoca en un plano espiritualmente elevado, nuestras palabras también serán elevadas y serán dictadas por lo que es honrado y sincero (Fil. 4: .

 

Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo* y lo santificó.

 

 

Esta palabra no hace más importante al cuarto mandamiento que a los otros nueve.  Todos lo son igualmente. Quebrantar uno, es quebrantarlos todos (Sant. 2: 8-11).  Pero el mandamiento del día de reposo nos recuerda que el séptimo día, el sábado, es el descanso señalado por Dios para el hombre, y que ese reposo se remonta hasta el mismo comienzo de la historia humana y es una parte inseparable de la semana de la creación (Gén. 2: 1-3; PP 348).  Carece por completo de base el argumento de que el sábado fue dado al hombre por primera vez en el Sinaí. (Mar. 2: 27; PP 66, 67, 263).  En un sentido personal, el sábado se presenta como un recordativo de que en medio de los afanes apremiantes de la vida no debiéramos olvidar a Dios.  Entrar plenamente en el espíritu del sábado es hallar una valiosa ayuda para obedecer el resto del Decálogo.  La atención especial y la dedicación dadas, en este día de descanso, a Dios y a las cosas de valor eterno, proveen un caudal de poder para obtener la victoria sobre los males contra los cuales se nos advierte en los otros mandamientos. El sábado ha sido bien comparado a un puente tendido a través de las agitadas aguas de la vida sobre el cual podemos pasar para llegar a la orilla opuesta, a un eslabón entre la tierra y el cielo, un símbolo del día eterno cuando los que sean leales a Dios se revestirán para siempre con el manto de la santidad y del gozo inmortales.

Debiéramos "recordar" también que el mero descanso del trabajo físico no constituye la observancia del sábado.  Nunca fue la intención que el sábado fuera un día de ociosidad e 616 inactividad.  La observancia del sábado no consiste tanto en abstenerse de ciertas formas de actividad como en participar deliberadamente en otras.  Dejamos la rutina semanal del trabajo sólo como un medio para dedicar el día a otros propósitos.  El espíritu de la verdadera observancia del sábado nos inducirá a aprovechar sus horas sagradas procurando comprender más perfectamente el carácter y la voluntad de Dios, a apreciar más plenamente su amor y misericordia y a cooperar más eficazmente con él ayudando a nuestros prójimos en sus necesidades espirituales.  Cualquier cosa que contribuya a esos propósitos primordiales es apropiada para el espíritu y la finalidad del sábado. Cualquier cosa que contribuya en primer lugar a la complacencia de los deseos personales de uno o a la prosecución de los intereses propios, es tan ajena a la verdadera observancia del sábado como un trabajo común. Este principio se aplica tanto a los pensamientos y a las palabras como a las acciones.

 

El sábado nos remonta a un mundo perfecto en el remoto pasado (Gén. 1: 31; 2: 1-3), y nos advierte que hay un tiempo cuando el Creador, otra vez, hará "nuevas todas las cosas" (Apoc. 21: 5).  También es un recordativo de que Dios está listo para restaurar, dentro de nuestros corazones y de nuestras vidas, su propia imagen tal como era en el principio (Gén. 1: 26, 27).  El que entra en el verdadero espíritu de la observancia del sábado se hace así idóneo para recibir el sello de Dios, que es el reconocimiento divino de que el carácter del Eterno está reflejado perfectamente en la vida del hombre (Eze. 20: 20).  Una vez cada semana tenemos el feliz privilegio de olvidar todo lo que nos recuerde este mundo de pecado, y "acordarnos" de las cosas que nos acercan a Dios.  El sábado puede llegar a ser para nosotros un pequeño santuario en el desierto de este mundo, donde por un tiempo podemos estar libres de sus cuidados y podemos entrar, por así decirlo, en los gozos del cielo.  Si el descanso del sábado fue deseable para los seres sin pecado del paraíso (Gén. 2: 1-3), ¡cuánto más esencial lo es para los falibles mortales que se preparan para entrar de nuevo en esa bendita morada!

 

 

Trabajar es tanto un privilegio como una orden.  El trabajo que se deba hacer tiene que realizarse en los seis primeros días de la semana, de modo que el sábado, el cual corresponde al séptimo día, pueda quedar libre para el culto y el servicio de Dios.

 

Ningún trabajo secular innecesario ha de realizarse en ese día.  El sábado debe emplearse en meditación religiosa, en el culto y servicio para Dios.  Además proporciona una oportunidad para el descanso físico. Esta característica del sábado es muy importante para el hombre en su estado pecaminoso, cuando debe ganarse el pan con el sudor de su rostro (Gén. 3: 17-19).

 

 

En hebreo, "reposo" no lleva artículo definido, "el", pero esto no le quita exactitud al mandamiento del sábado.  El punto de controversia entre los observadores del domingo y los del sábado no es si un cristiano debe descansar -no hacer "en él obra alguna"- un determinado día de la semana, sino qué día de la semana debe ser: el primero o el séptimo.  El mandamiento contesta inequívocamente: "el séptimo día".  El mandamiento divide la semana en dos partes: (1) En "seis días. . . harás toda tu obra". (2) En "el séptimo día. . . no hagas. . . obra alguna".  Y ¿por qué esta prohibición de trabajar en "el séptimo día"?  Porque es "reposo para Jehová".  La palabra reposo viene del Heb. shabbáth, que significa "descanso".  De modo que el mandamiento prohibe trabajar en "el séptimo día" porque es un día de descanso del Señor.  Esto nos hace remontar al origen del sábado, cuando Dios "reposó el día séptimo" (Gén. 2: 2). Por lo tanto, es claro que el contraste no es entre "el" y "un", sino entre "trabajar" y "descansar".  "Seis días", dice el mandamiento, son días de trabajo, pero "el séptimo día" es un día de descanso.  Que "el séptimo día" es el único día de descanso de Dios resulta evidente por las palabras con que comienza el mandamiento: "Acuérdate del día de reposo [sábado] para santificarlo".

Los ángeles anunciaron a los pastores: "Os ha nacido . . . un Salvador" (Luc. 2: 11).  No llegamos por ello [el uso del artículo "un"] a la conclusión de que Cristo fue tan sólo uno de muchos salvadores. Captamos el significado de las palabras de los ángeles cuando ponemos el énfasis en la palabra "Salvador".  Cristo vino, no como un conquistador militar o un rey terrenal, sino como un Salvador.  Otros numerosos pasajes tratan de esa salvación como única en su género y de que no podemos ser salvados por ningún otro.  Así es también 617 con el asunto de "el" y "un" en el cuarto mandamiento.

 

El cuarto mandamiento no prohibe las obras de misericordia o el trabajo esencial para la preservación de la vida y la salud que no puede realizarse en otros días.  Siempre "es lícito hacer bien en sábado" (Mat. 12: 1-14, BJ; Mar. 2: 23-28).  El descanso de que aquí se habla no ha de ser considerado meramente en términos de la cesación del trabajo ordinario, aunque por supuesto esto está incluido. Debe ser un descanso santo, en el cual haya comunión con Dios.

 

El cuidado de Dios por los animales resalta repetidas veces en los escritores del AT (Exo. 23: 5, 12; Deut. 25: 4).  El los recordó en el arca (Gén.  8: 1).  Estuvieron incluidos en su pacto que siguió al diluvio (Gén. 9: 9-11).  El sostiene que los animales son suyos (Sal. 50: 10).  La presencia de "muchos animales" fue una razón para que Nínive fuera preservada (Jon. 4: 11).

 

Es decir un extranjero que, por propia voluntad, se unió con los israelitas.  Una "grande multitud" salió de Egipto con Israel (Exo. 12: 38) y lo acompañó en sus peregrinaciones por el desierto.  Mientras eligieran permanecer con los israelitas, habían de conformarse con los requisitos que Dios estableció para su propio pueblo.  En un sentido, esto restringía su libertad, pero estaban libres para irse si no deseaban obedecer.  En compensación, por así decirlo, compartían las bendiciones que Dios prodigaba a Israel (Núm. 10: 29; Zac. 8: 22, 23).

 

Es significativo que Cristo mismo, como Creador (Juan 1: 1-3), descansó en el primer sábado del mundo (DTG 714) y pronunció la ley en el Sinaí (PP 381).  Los que son creados de nuevo a la semejanza divina (Efe. 4: 24) elegirán seguir su ejemplo en este y en otros asuntos (1 Ped. 2: 21).  El Creador no "reposó" debido a cansancio o fatiga (Isa. 40: 28).  Su "reposo" fue cesación de trabajo al terminar una tarea completada (Gén. 1: 31 a 2: 3). Al descansar nos dio un ejemplo (Mat. 3:15; cf.  Heb. 4: 10).  El sábado fue hecho para el hombre (Mat. 2: 27), para satisfacer una necesidad que fue originalmente espiritual pero que, con la entrada del pecado, se convirtió también en física (Gén. 3: 17-19).  Una de las razones por las cuales los israelitas fueron libertados de Egipto fue para que pudieran observar el día de descanso señalado por Dios.  Su opresión en Egipto había hecho dificilísima tal observancia (Exo. 5: 5-9; Deut. 5: 12-15; PR 134).

 

 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

 

Habiendo abarcado con los cuatro primeros mandamientos nuestros deberes para con Dios, ahora entramos en la segunda tabla de la ley, que trata de nuestros deberes para con nuestros prójimos (Mat. 22: 34-40).  Puesto que antes de la edad cuando se tiene responsabilidad moral los padres son para sus hijos como los representantes de Dios (PP 316), es lógico y adecuado que nuestro primer deber que atañe al hombre se refiriera a ellos (Deut. 6: 6, 7; Efe. 6: 1-3; Col. 3: 20).  Otro propósito de este mandamiento es crear respeto por toda autoridad legítima.  Un respeto tal comienza con el concepto que los niños tienen de sus padres. En la mente del niño esto se convierte en la base para el respeto y la obediencia que se deben a los que tienen una autoridad legítima sobre él para toda la vida, particularmente en la iglesia y en el estado (Rom. 13: 1-7; Heb. 13: 17; 1 Ped. 2: 13-18).  Está incluido en el espíritu de este mandamiento el pensamiento de que los que gobiernan en el hogar y fuera de él debieran conducirse de tal manera que sean siempre dignos del respeto y de la obediencia de quienes dependen de ellos (Efe. 6: 4, 9; Col.3:21; 4: 1).

 

No matarás.

 

Cualquier comprensión correcta de nuestra relación con nuestro prójimo indica que debemos respetar y honrar su vida, pues toda vida es sagrada (Gén. 9: 5, 6). Jesús magnificó (Isa. 42: 21) este mandamiento al incluir, como parte de su violación, la ira Y el desprecio (Mat. 5: 21, 22).  Más tarde el apóstol Juan añadió a su violación el odio (1 Juan 3: 14, 15).  Este mandamiento no sólo prohibe la violencia física sino lo que es de consecuencias mucho mayores: el daño hecho al alma.  Lo violamos cuando inducimos a otros al pecado por nuestro ejemplo y nuestra conducta y contribuimos así a la destrucción de sus almas.  Los que corrompen al inocente y seducen al virtuoso "matan" en un sentido mucho peor que el asesino y el bandido, pues hacen algo más que matar el cuerpo (Mat. 10: 28).

 

No cometerás adulterio.

 

Esta prohibición no sólo abarca el adulterio sino también la fornicación e impureza de toda y cualquier clase, en hechos, palabras y pensamientos (Mat. 5: 27, 28).  Este, nuestro tercer deber 618 para con nuestro "prójimo", significa respetar y honrar el vínculo sobre el cual se edifica la familia, el de la relación matrimonial, que para el cristiano es tan preciosa como la vida misma (Heb. 13: 4).  El casamiento hace del esposo y la esposa "una sola carne" (Gén. 2: 24).  Ser desleal a esta unión sagrada, o inducir a otro a serlo, es despreciar lo que es sagrado y es también cometer un crimen.  A través de toda la historia humana, por regla general no se ha considerado como una falta grave el que un esposo se convirtiera en adúltero.  Sin embargo, si la esposa era la culpable, se la trataba con la máxima severidad. La sociedad habla de la "mujer caída", pero poco se dice del "hombre caído".  El mandamiento se aplica con igual fuerza a ambos: al esposo y a la esposa (Heb. 13: 4; Apoc. 21: .

 

 

No hurtarás.

 

Aquí se presenta el derecho a tener propiedades, derecho que ha de ser respetado por otros.  Para que tan siquiera exista la sociedad, este principio debe ser salvaguardado; de lo contrario no hay seguridad ni protección.  Todo sería anarquía.  Este mandamiento prohibe cualquier acto por el cual obtengamos, directa o indirectamente, los bienes de otro faltando a la honradez.  Especialmente en estos días, cuando cada vez aparece más borroso el concepto claro de la moralidad, es bueno recordar que la adulteración, el ocultamiento de defectos, la presentación tramposa de la calidad y el empleo de pesas y medidas falsas son todos actos de robo, tanto como los de un ladrón o ratero.

Los empleados roban cuando reciben una "comisión" a espaldas de sus superiores, o se apropian de lo que no entra explícitamente en un convenio, o descuidan hacer cualquier trabajo para el que se los ha contratado, o lo realizan descuidadamente, o dañan con su negligencia los bienes del propietario o los menoscaban, derrochándolos.

Roban los empleadores cuando retienen de sus empleados los beneficios que les prometieron, o permiten que se atrase el pago de sus salarios, o los fuerzan a trabajar fuera de horario sin la debida remuneración, o los privan de cualquier otra consideración que razonablemente tienen derecho a esperar.  Roban quienes ocultan mercancías de un inspector de aduana o las desfiguran en cualquier forma, o los que falsean sus declaraciones de impuestos, o quienes defraudan a los mercaderes incurriendo en deudas que nunca pueden ser cubiertas, o los que en vista de una bancarrota inminente transfieren sus propiedades a un amigo, con el entendimiento de que más tarde le serán devueltas, o quienes recurren a cualquiera de las llamadas tretas de comerciante.

Con la excepción de los que están imbuidos por el espíritu de honradez, de los que aman la justicia, la equidad y el recto proceder, de los que tienen como la ley de su vida el tratar a otros como les gustaría que otros los trataran a ellos, en una manera u otra todos los demás defraudan a su "prójimo".  Podemos robar a otros en formas más sutiles: quitándoles su fe en Dios mediante la duda y la crítica; mediante el efecto destructor de un mal ejemplo, cuando ellos esperaban de nosotros una conducta muy diferente; confundiéndolos o dejándolos perplejos mediante declaraciones que no están preparados para entender; con chismes calumniosos y perniciosos que pueden despojarlos de su buen nombre y carácter.  Cualquiera que retiene de otro lo que en justicia le pertenece, o se apodera de lo ajeno para su propio uso, está robando.  El aceptar como propios el reconocimiento por el trabajo o las ideas de otros; el usar lo ajeno sin permiso, o el aprovecharse de otro en cualquier forma, todo eso también es robar.

 

"El buen nombre en hombres y mujeres,  mi querido señor, es la joya preciosa de sus almas: quien roba mi portamonedas, roba hojarasca; es algo, nada; eso fue mío, ahora es de él, y ha pertenecido a millares;

pero el que hurta disminuyendo mi buen nombre, me roba lo que no lo enriquece, y ciertamente a mí me empobrece".

 

 

No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

 

Este mandamiento puede ser transgredido de una manera pública mediante un testimonio mentiroso dado ante un tribunal (Exo. 23: 1).  El perjurio siempre ha sido considerado como un delito grave contra la sociedad, y condignamente castigado.  En Atenas, un testigo falso sufría una fuerte multa. Si se le comprobaba tres veces esa falta, perdía sus derechos civiles.  En Roma, una ley de las Doce Tablas condenaba al perjuro a ser arrojado cabeza abajo desde la roca Tarpeya.  En Egipto, el castigo era la amputación de la nariz y las orejas.

Esta prohibición del Decálogo frecuentemente es violada hablando mal de otro, con lo que su reputación es manchada, sus motivos son tergiversados y su nombre es denigrado.  Son demasiados los que hallan que es insípido e insustancial alabar a sus prójimos o hablar bien de ellos.  Encuentran una emoción maligna en hacer resaltar los defectos de conducta de otros, en juzgar sus motivos y criticar sus esfuerzos.  Ya que por desgracia muchos siempre están listos y ávidos para escuchar esta supuesta sabiduría, se aumenta la emoción y se exalta el yo egoísta y pecaminoso del detractor. Este mandamiento también puede ser quebrantado por los que se quedan en silencio cuando oyen que un inocente es calumniado injustamente.  Puede ser quebrantado por un encogimiento de hombros o un arquear de las cejas.  Cualquiera que desfigura, de cualquier manera, la verdad exacta para obtener una ventaja personal o por cualquier otro propósito, es culpable de dar "falso testimonio".  La supresión de la verdad que podría perjudicarnos o perjudicar a otros, también significa dar "falso testimonio".

 

 

 

No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

 

El décimo mandamiento complementa al octavo pues la codicia es la raíz de la cual crece el robo.  En realidad, el décimo mandamiento toca las raíces de los otros nueve.  Representa un avance notable más allá de la moral de cualquier otro antiguo código.  La mayoría de los códigos no fueron más allá de los hechos y unos pocos tomaron en cuenta las palabras, pero ninguno tuvo el propósito de moderar los pensamientos.  Esta prohibición es fundamental para la experiencia humana porque penetra hasta los motivos que están detrás de los actos externos.  Nos enseña que Dios ve el corazón (1 Sam. 16: 7; 1 Rey. 8: 39; 1 Crón. 28: 9; Heb. 4: 13) y se preocupa menos del acto externo que del pensamiento del cual brotó la acción.  Establece el principio según el cual los mismos pensamientos de nuestro corazón están bajo la jurisdicción de la ley de Dios, y que somos tan responsables por ellos como por nuestras acciones.  El mal pensamiento acariciado promueve un mal deseo, el cual a su tiempo da a luz una mala acción (Prov. 4: 23; Sant. 1: 13-15).  Un hombre puede refrenarse de adulterar debido a las sanciones sociales y civiles que acarrean tales transgresiones y, sin embargo, a la vista del cielo puede ser tan culpable como si cometiera el hecho (Mat. 5: 28).

Este mandamiento básico revela la profunda verdad de que no somos los impotentes esclavos de nuestros deseos y nuestras pasiones naturales.  Dentro de nosotros hay una fuerza, la voluntad, que, bajo el control de Cristo, puede someter cada pasión y deseo ilegítimos (Fil. 2: 13).  Además, es un resumen del Decálogo al afirmar que el hombre es esencialmente un ente moral libre.

 

 

IV. PECADOS EN CADENA ANTES DEL FIN

 

 

“Porque todo lo que hay en el mundo -los malos deseos de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida-, no procede del Padre, sino del mundo”(1 Juan 2:16)

 

 

“El hogar ha de ser el centro del afecto más puro y elevado.  Cada día deben fomentarse con perseverancia la paz, la armonía, el afecto y la felicidad, hasta que estos bienes preciosos moren en el corazón de los que componen la familia.  La planta del amor debe nutrirse cuidadosamente; de lo contrario morirá.  Todo principio bueno debe ser cultivado si queremos que florezca en el alma.  Debe ser desarraigado todo lo que Satanás planta en el corazón: la envidia, los celos, las malas sospechas, la maledicencia, la impaciencia, el prejuicio, el egoísmo, la codicia y la vanidad.  Si se permite que permanezcan estos malos rasgos en el alma, darán frutos que contaminarán a muchos. ¡Oh, cuántos cultivan las plantas venenosas que matan los frutos preciosos del amor y contaminan el alma!”(El hogar cristiano, p. 175)-

 

1. ¿Has escuchado acerca de los siete pecados capitales? ¿Cuáles son? ¿En qué consisten? ¿Se practican en la sociedad actual?

 

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gen. 6:5)

 

Acerca de los antidiluvianos, difícilmente podría el lenguaje humano presentar un cuadro más vívido de depravación humana.  No quedaba nada bueno en los hombres.  Estaban "corrompidos hasta la médula".  Sus mismos "pensamientos" estaban compenetrados del mal.  La palabra "pensamientos" viene de yetser, que significa "invención" o "formación" y se deriva del verbo "inventar", "formar",yatsar.  Estos malos pensamientos eran el producto de un corazón malo. Jesús dijo: "Del corazón salen los malos pensamientos", y observó que producen los "homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias" (Mat. 15: 19).  El corazón era considerado popularmente como el centro de las facultades más nobles de la mente: la conciencia y la voluntad.  Un "corazón" contaminado a la larga o a la corta infecta toda la vida.

 

Era de continuo solamente el mal, literalmente "cada día" o "todo el día".  Esto presenta el pináculo de la triste descripción de la impiedad de los antediluvianos.  Si esta expresión no describe una depravación total, ¿de qué otro modo se la podría expresar?  Aquí encontramos que el mal reinaba supremo en el corazón, en los "pensamientos" y en las acciones.  Con muy pocas excepciones, lo que predominaba en todas partes era el mal, pero no en forma pasajera sino permanente, no meramente en el caso de unos pocos individuos sino en la sociedad en conjunto.  Esto se produjo porque los hombres ignoraron "voluntariamente" la palabra de Dios (2 Ped. 3: 5).

 

“Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre”(Mat. 24:37-39).

 

A  pesar de la advertencia pregonada por Noé y el testimonio de la construcción del arca, los hombres siguieron con su trabajo habitual y sus placeres acostumbrados, sin considerar en absoluto los acontecimientos que estaban por ocurrir. Jesús dijo que esta misma despreocupación caracterizaría a quienes vivieran en los días que precederían a su segunda venida.  Sus actividades también serían esencialmente malas como las de los antediluvianos (DTG 586).  La descripción de las condiciones existentes en el mundo antediluviano aparece en Gén. 6: 5-13; cf. 2 Ped. 2: 5-6.

 

La Biblia describe claramente la iniquidad prevaleciente en los días de Noé (Gén. 6: 5, 11-13).  Se predicen las mismas condiciones para los últimos días  (2 Tim. 3: 1-5).  Sin embargo, nuestro Señor destaca el hecho adicional de que el diluvio sorprendió a los antediluvianos mientras estaban ocupados en sus actividades habituales (Mat. 24:36-43).  Lo mismo ocurrirá en ocasión del segundo advenimiento (CS 386-387, 545). Por espacio de 120 años Noé había advertido a los antediluvianos que vendría el diluvio.  Habían tenido amplia oportunidad de saber o de entender, pero habían preferido no creer.  Se encerraron en la oscuridad de la incredulidad (ver com. Ose. 4: 6). En nuestros días al igual como en los días de Noé se practican pecados en cadena: Lujuria, Gula, Avaricia, Pereza, Ira, Envida y Soberbia

2. ¿Qué pecados de los que aseveran seguir a Cristo,  pudo ver Elena G. de White en una visión que tuvo en la mañana del 23 de octubre de 1879?

“Se abrió otro libro en el cual estaban anotados los pecados de los que profesan la verdad.  Bajo el encabezamiento del egoísmo venían todos los demás pecados.  Había también encabezamientos en cada columna, y debajo de ellos, frente a cada nombre, estaban registrados en sus respectivas columnas los pecados menores.  Bajo la codicia venía la mentira, el robo, los hurtos, el fraude y la avaricia; bajo la ambición venía el orgullo y la extravagancia; los celos encabezaban la lista de la malicia, la envidia y el odio; y la intemperancia, otra larga lista de crímenes terribles, como la lascivia, el adulterio, la complacencia de las pasiones animales, etc.  Mientras contemplaba esto me sentía abrumada de angustia indecible, y exclamé: "¿Quién puede salvarse? ¿Quién puede ser justificado delante de Dios? ¿Cuyas vestiduras están sin mancha? ¿Quién está sin defecto a la vista de un Dios puro y santo?” (Joyas de los testimonios, Tomo 1, p. 520)

3- ¿Por qué existe  tan poco poder en las iglesias? ¿Por qué  hay tantas iglesias moribundas?

“El camino del progreso y de la edificación de la causa de Dios, se halla bloqueado por el egoísmo, el orgullo, la codicia, la extravagancia  y el amor a la ostentación” (Consejos sobre la obra de la escuela sabática, p.149).

“La mentalidad mundanal, el egoísmo y la codicia han estado carcomiendo la espiritualidad y la vida del pueblo de Dios” (Joyas de los testimonios, Tomo 1, p. 41)

“Se nos ha preguntado por qué es que existe tan poco poder en las iglesias, por qué tienen tan poca eficiencia nuestros maestros.  La respuesta es ésta: Porque el pecado conocido es albergado en  diversas formas por los profesos seguidores de Cristo, y la conciencia llega a endurecerse, debido a un tiempo largo de violación.  La respuesta es que los hombres no andan con Dios sino que se separan de la compañía de Jesús, y como resultado vemos manifestados en la iglesia egoísmo, codicia, orgullo, contiendas, contención, dureza de corazón, licencia, y malas prácticas.  Aun entre los que predican la verdad sagrada de Dios, se manifiesta este estado de mal; y a  menos que exista una reforma cabal entre los que carecen de santidad, sería mejor que tales hombres abandonaran el ministerio, y eligieran alguna otra ocupación, donde sus pensamientos  irregenerados no trajeran desastre al pueblo de Dios”  (Testimonio para ministros, p. 161)

 

"No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan." (Mat. 6:19,20.)

 

V. VENCIENDO EL PECADO

 

 

1. ¿Cuál es la consecuencia del pecado?

 

 

"La paga del pecado es muerte" (Rom. 6:23). El salario del pecado es la muerte.

 

2. ¿De qué manera actúa Satanás, aun dentro de la iglesia? ¿Por qué es tan fácil caer en su trampa?

 

“Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Cor. 2:10,11).

Pablo había instruido a los corintios a que entregaran al pecador "a Satanás" (1 Cor. 5: 4-5) con el propósito de que finalmente se salvara.  Pero si la iglesia no perdonaba ni recibía de nuevo en su seno al pecador arrepentido, Satanás todavía podría salir ganando. Sale ganando no sólo cuando induce a la gente al pecado, sino también cuando no perdonamos a los arrepentidos. Sus maquinaciones es decir, sus "propósitos"; Satanás procura dañar y destruir las almas.  Sus ardides se dirigen especialmente contra la iglesia y contra los que quieren seguir a Cristo. A veces triunfa pervirtiendo aun los mejores y más puros planes y esfuerzos de las personas y de la iglesia. Cuando se pierde de vista la salvación del individuo, los corazones se amargan o caen en la desesperación y la iglesia es perjudicada por luchas y divisiones.

Las trampas de Satanás funcionan cuando hay un celo apresurado y extraviado en los miembros de iglesia, cuando hay pretensiones ásperas y rígidas de perfección, cuando hay un espíritu crítico y duro, cuando aparece una fría indiferencia ante la suerte de los hombres, cuando se diezman la menta, el eneldo y el comino, pero se pasa por alto lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe (Mat. 23: 23). Entonces el carácter de Dios es calumniado e incomprendido; se deshonra su causa y se perjudica gravemente el nombre de la iglesia.

En el caso del hermano que peca, el cristiano no trata simplemente con un error de juicio y de conducta, sino con un enemigo personal (Mat. 4: 1).  Un demonio fue el que tentó a nuestro Señor en el desierto (Mat. 4: 1-11).  Pablo había sido abofeteado Por "un mensajero de Satanás" (2 Cor. 12: 7), y sabía por experiencia propia la clase de adversario que tenía que enfrentar. Reconocía al diablo por lo que es. Su clara percepción espiritual penetraba el disfraz usado por Satanás, y lo venció con la espada del Espíritu, la Palabra de Dios (Efe. 6: 16-17; 1 Juan 2: 14).  La victoria sobre nuestro adversario se conquista siguiendo el consejo de vestirnos "de toda la armadura de Dios, para que" podamos "estar firmes contra las asechanzas del diablo" (Efe.  6: 11; CS 570).

3. ¿De qué manera podemos vencer  el  pecado?

 

El hombre debe guardar, cumplir la ley divina si quiere tener la vida eterna (Mat. 19:16-19).  Pero nadie puede hacerlo por sí mismo.  De otra manera no necesitaría un Salvador que "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mat. 1:21).  Sólo mediante Cristo (Juan 15:5), cuando él vive en el corazón del creyente (Gál. 2:20).

En la Biblia hay muchos sinónimos de "pecado", como ser "mal", "iniquidad", "rebelión", "maldad", "culpa" "transgresión intencional", "injusticia", "ilegalidad".

 

4. ¿Cuál es la prueba de nuestras acciones?

 

 

“Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15: 10.)

 

“La ley de Dios es la prueba de nuestras acciones.  Sus ojos ven todo acto, escudriñan cada rincón de la mente, detectan todo engaño y toda hipocresía.  Todas las cosas están desnudas y abiertas ante la vista de Dios.  Pero él recibirá a todos los que acudan a él con corazones arrepentidos y una verdadera intención de abandonar todo mal…En todas nuestras transacciones comerciales, en cada palabra y acto, debemos mantener un propósito puro y una clara conciencia.  Debemos encomendar nuestras obras a Dios y luego dejarlas en sus manos.  Nuestra obra debe hacerse con la integridad más estricta.  No debemos estimar nada que no podamos llevar a las cortes celestiales.  Al hacer nuestro trabajo, pidamos la ayuda de Dios, comprendiendo que esto es lo único que puede mantener nuestra obra libre de egoísmo..Cuando Satanás tentó a nuestros primeros padres, procuró halagarles haciéndoles creer que se elevarían por encima de la esfera de la humanidad.  Pero Cristo, mediante su ejemplo, anima a los miembros de la familia humana a obedecer la Palabra de Dios dentro de la esfera de su humanidad.  Él mismo se hizo hombre, no un esclavo de Satanás para hacer su voluntad, sino un hombre con poder moral, obediente a la ley de Dios que es una copia de su carácter.  Los que rehúsan someterse a una ley sabia y buena que ha emanado de Dios, son esclavos de un poder apóstata…Cristo vino al mundo a contrarrestar la falsedad de Satanás de que Dios había hecho una ley que los hombres no podían cumplir.  Tomando la humanidad sobre sí, vino al mundo, y mediante una vida de obediencia mostró que Dios no había hecho una ley que los hombres no podían cumplir.  Demostró que era perfectamente posible que los hombres obedezcan la ley.  Los que aceptan a Cristo como su Salvador, participando de su naturaleza divina, pueden seguir su ejemplo, viviendo en obediencia a cada precepto de la ley.  Mediante los méritos de Cristo, el hombre debe mostrar por su obediencia que será digno de confianza cuando esté en el cielo que no se rebelará. Cristo poseyó la misma naturaleza del hombre.  Fue tentado en todo tal como los hombres.  El mismo poder que le ayudó a obedecer está a las órdenes del hombre.  (A fin de conocerle, p. 292, 294)

 

REFLEXIÓN

Estamos viviendo casi en la última fase de esta gran controversia estremecedora; mientras tanto, día tras día sigue la batalla; nuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Hermanos, si se abrieran nuestros ojos para ver la obra de los agentes buenos y malos, tendríamos más cuidado de lo que hacemos. ¿Qué es el pecado? ¿Cuántas de nuestras acciones nos dicen que estamos en el lado de Cristo o de Satanás? En esta lucha, no hay neutralidad, ¿De qué lado estamos? ¿La de Cristo o la de Satanás? ¿En quién pensamos y tenemos concentrados nuestros afectos? ¿A quién amamos y servimos? ¿Cuál es la voz que escuchas? ¿La de Cristo o la de Satanás?

“Satanás ha estado experimentando durante miles de años con las propiedades de la mente humana, y ha aprendido a conocerla bien. Mediante su obra sutil, en estos últimos días está vinculando la mente humana con la suya propia y está introduciendo en ella sus propios pensamientos; está llevando a cabo su obra en una forma tan engañosa, que los que aceptan su dirección no saben que están siendo guiados por él según su voluntad. El gran engañador espera confundir de tal modo las mentes de los seres humanos, que éstos no escuchen ninguna otra voz fuera de la suya” (Mensajes Selectos Tomo II, p. 404).

 

RESUMEN

En un mundo terrible, repleto de pecado, Dios en su misericordia nos ofrece una salida por medio de Jesús. Acepta este don y vive en armonía con esa aceptación.

ORE CONMIGO, POR FAVOR"Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en sus corazón. Y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jer. 31:33) Feliz sábado

 

Elaboró: Delfino Jarquín

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Bibliografía: Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día: Comentario Bíblico adventista del Séptimo Día, Tomo I, IV, V &,VII- Diccionario Bíblico Adventista del Séptimo día, - Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, 1988 & 2006, _D. Thomas Jerry, Las 28 Creencias fundamentales para mí, APIA, 2007.

Hermanos y maestros de la Escuela Sabática, espero que les pueda servir de ayuda este material. El propósito es, abarcar toda la lección de la semana; considerando los objetivos principales y aplicándolos en nuestra vida cristiana...gracias por las sugerencias y comentarios que nos han enviado; que la honra y la gloria sea para Dios. Si gusta escribirnos este es el correo: delfino_comessab@hotmail.com;  delfinosabbathschoolcomment@gmail.com  ¡Dios les bendiga  en cada una de sus actividades!, y esperando pronto la bendita esperanza de la Segunda Venida de Cristo Nuestro Señor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lecciones y comentarios para la escuela sabática_Segundo trimestre de 2014  
  Cristo y su Ley

Autor: Keith Burton

Lecciones y Comentarios para la escuela sabática-Segundo trimestre_Abril - Junio de 2014

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Cristo y su Ley  
  1. Las leyes en los días de Cristo (Levítico 1:1-9; Deuteronomio 17:2-6; Lucas 2:1-5;Hebreos 10:28; Santiago 2:8-12)
2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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