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Primer trimestre de 2012

 

Enero - marzo

 

Fulgores de Dios

 

Autor: Jo Ann Davidson

Capítulo 2

 

Dios es santo, santo, santo

 

La revelación que Dios brinda de sí mismo llena toda la Biblia, del Génesis al Apocalipsis. Cuando queremos saber cómo es él, la Escritura entera debe enseñarnos. Algunos cristianos di­cen que prefieren el cuadro de él que presenta el Nuevo Testamento, pero esa selectividad presenta una visión limitada de Dios. Como Dios es el Autor de toda la Biblia, hay que estudiar toda ella, sin ninguna omisión basada en preferencias personales o en opiniones de cómo debe ser apropiado que sea Dios. Esa opción no se da en las Escrituras. La impresionante interrelación que vincula a los diversos escritores y libros es un recordativo importante de que un estudio honesto de las Escrituras no permite esa alternativa.

De todas las muchas cosas que podemos aprender acerca de Dios en su Palabra, la Biblia describe un aspecto como fundamental. Sí, Dios se ha revelado como un padre, como una madre y como el gran YO SOY, junto con mucho más. Pero, la Escritura parece presentar una cualidad de su ser como fundacional. ¿Cómo se puede determinar esto?

Necesitamos identificar un aspecto de la lengua hebrea, la lengua en que Dios eligió comunicarse y registrar su revelación inspirada del Antiguo Testamento. El punto puede ilustrarse de este modo. Cuando se envían mensajes hoy, en forma electrónica u otra, el escritor tiene varias maneras de mostrar énfasis, tales como poner en cursiva, en mayúsculas, o subrayar las palabras, las frases o aun oraciones enteras importantes.

En el hebreo antiguo, los escritores empleaban un método diferente para dar énfasis. En vez de subrayar o poner en cursiva las palabras importantes, o transcribirlas en letras mayúsculas, duplicaban o repe­tían palabras o frases importantes. Los escritores modernos rara vez usan esta técnica; repetir algo importante dos o más veces era el método máximo de enfatizar algo en el hebreo antiguo. Cada libro del Antiguo Testamento contiene numerosos ejemplos de esas repeticiones.

 

 

El Antiguo Testamento

 

Al identificar este aspecto específico de los escritos hebreos, la com­prensión de la Escritura ha aumentado. Se ha alegado que estas miles de repeticiones son evidencia de un escribir descuidado, de que fue editado o "redactado". Los eruditos ahora se dan cuenta de que esta suposición es incorrecta. En cambio, las repeticiones señalan algo que el escritor hebreo está procurando destacar. Notemos unos pocos ejemplos.

1.     Cuando describe el gran diluvio del Génesis, Moisés quiere que sus lectores comprendan que las aguas del diluvio cubrieron el mundo entero. Para lograrlo, utiliza la obvia repetición al describir el ascenso del nivel de las aguas:

"Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra. Y subieron las aguas y crecieron en gran manera sobre la tierra; y flotaba el arca sobre la superficie de las aguas. Y las aguas subieron mucho sobre la tierra; y todos los montes altos que había debajo de todos los cielos, fueron cubiertos. Quince codos más alto subieron las aguas, después que fueron cubiertos los montes" (Génesis 7:17-20).

Se nota un impulso creciente por la repetición de la frase acerca de la altura de las aguas. No puede pasarse por alto el que todo el mundo es­taba inundado. Aun una palabra se duplicó. En el versículo 17, la palabra hebrea me'od se traduce como que las aguas "crecieron". En el versículo 18 se dice que las aguas crecieron en "gran manera", que se deriva de duplicar la palabra me'od en el original. La expresión "gran manera" refleja una palabra hebrea duplicada.

2.     Cuando Dios habla por medio del profeta Ezequiel, las repeticiones destacan algunos de los temas serios. Por ejemplo:

"Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: [...] Dirás a la tierra de Israel: Así ha dicho Jehová: He aquí que yo estoy contra ti, y sacaré mi espada de su vaina, y cortaré de ti al justo y al impío. Y por cuanto he de cortar de ti al justo y al impío, por tanto, mi espada saldrá de su vaina; contra toda carne, desde el sur hasta el norte. Y sabrá toda carne que yo Jehová saqué mi espada de su vaina; no la envainaré más" (Ezequiel 21:1-5, la cursiva y el subrayado fueron añadidos).

Estas repeticiones son típicas de los escritores antiguos y pueden encontrarse en cualquier libro bíblico. Otro ejemplo puede verse al ini­ciarse el libro de Jonás:

"Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová" (Jonás 1:3; el énfasis fue añadido).

Tres veces en un versículo se nos dice que Jonás se va a Tarsis. El es­critor no es descuidado, ni tartamudo, ni escribe una historia para niños. Con esta repetición obvia, está tratando de enfatizar algo: tal vez que el profeta está yendo en la dirección opuesta de la que Dios le había indica­do. Además, dos veces en el mismo versículo encontramos el refrán "de la presencia de Jehová", lo que subraya la futilidad de que alguien, espe­cialmente un profeta, pensara que podía escapar de la presencia de Dios.

3.     Casi todo el libro de Proverbios exhibe estas duplicaciones. El rit­mo característico de la repetición y la terminación es prominente en los capítulos. Hay dos clases:

a.     Repetición de duplicación: "Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos" (3:1).

b.     Duplicación de contraste: "La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor" (15:1). "La lengua de los sabios adornará la sabiduría; mas la boca de los necios hablará sandeces" (15:2); "Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en au­mento hasta que el día es perfecto. El camino de los impíos es como la oscuridad; no saben en qué tropiezan" (4:18, 19, el énfasis fue añadido para las comparaciones).

4.     Muchos de los Salmos están estructurados del mismo modo: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino" (119:105); "Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca. [...] Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo. Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió" (Salmos 33:6, 8, 9; el énfasis fue añadido, destacando que ambos lados de las frases están duplicados). En el antiguo hebrero, cuando una palabra o una frase se presentan más de una vez, se proveen claves para su interpretación.

5. Otros tipos de duplicación incluyen repetir una palabra sola dentro de un texto. Un ejemplo ya visto arriba es el de Génesis 7:17 y 18, donde se duplica la palabra me'od para indicar que las aguas subieron "en gran manera". En Génesis 14, el valiente rescate de Lot se registra con una descripción del valle de Sidim al que huyeron los cinco reyes. La versión Reina-Valera de 1960 y la de 1995, junto con la Nueva Versión Interna­cional, traducen el lenguaje original por "pozos de asfalto"; y la Biblia de Jerusalén, por "pozos de betún". Estas traducciones son los intentos de reflejar el lenguaje original, que literalmente dice que el valle estaba lleno de pozos pozos (Génesis 14:10).

En otra ocasión, después de aspirar el aroma del guisado que prepa­raba Jacob, su hermano Esaú estuvo dispuesto a vender su primogenitura por un plato (Génesis 25:29-33). En el lenguaje original, la "receta" se denomina "rojo rojo", y los traductores intentaron poner la expresión en castellano con "potaje", o "guiso".

Una duplicación en el décimo Mandamiento del Decálogo subraya la importancia de este mandato. Algunos alegan que el décimo Man­damiento es el menos importante, porque es el último. Pero el divino Legislador repite el mandato "No codiciarás" dos veces en un solo ver­sículo (Éxodo 20:17). Es el único Mandamiento que se repite dos veces, lo que destaca la importancia de aun el último Mandamiento.

En Isaías, encontramos una duplicación tierna: "Tú [Dios] guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado" (26:3). La frase "completa paz" ya es muy apreciada, pero en la lengua original sugiere aún más: "[Dios] lo guardará en shalom shalom", duplicando la palabra hebrea llena de significado shalom, que abarca paz y bienestar. Isaías podría haber escrito que Dios nos guardará en shalom, y eso ya sería maravilloso. Pero el profeta es inspirado a ha­cer que la bendición sea aún más rica y profunda, al duplicar la palabra shalom. Isaías usa la misma técnica cuando repite tres veces que Dios quiere consolarnos y dos veces que nuestros pecados son perdonados (Isaías 40:1, 2).

En todos los mensajes proféticos, el significado se intensifica con la repetición múltiple de la frase "Así dice Jehová", o "Así dice Jehová de los ejércitos" (y diversos equivalentes; por ejemplo, Jeremías 22:1-6; 29:4, 8, 10). Es como si el profeta instase: "¿Están prestando atención a quién realmente está hablando?" Esta clase de repetición aparece centenares de veces.

Se podrían considerar muchos ejemplos adicionales, enfatizando el punto de la duplicación o la repetición como una herramienta impor­tante en el antiguo arte de escribir. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la búsqueda de un atributo fundacional de Dios? ¿Hay algún aspecto de su ser enfatizado más que otros? Todos los cristianos se alegran de comprender que Dios quiere ser conocido como nuestro "Padre" celes­tial. Hasta Jesús nos anima a esto en el Padrenuestro (Mateo 6:9). ¿Podría esto ser fundamental?

Actualmente, en la predicación cristiana y en los libros, encontramos mucho énfasis en el atributo divino del amor. Ciertamente, nadie puede meditar demasiado en su maravilloso amor divino, que lo lleva a morir aun por sus enemigos. El amor divino es un atributo principalísimo de Dios, que se enfatiza tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Pero ¿a cuál atributo, si hay alguno, se le da el mayor én­fasis en la Biblia? A la luz del tipo de énfasis que usa el lenguaje bíblico, ¿hay algún atributo de Dios que se subraye más que todos los demás? La Escritura cálidamente afirma el magnífico amor de Dios. Dios hasta se refiere a su amor eterno en el Antiguo Testamento mayor cantidad de veces que en el Nuevo Testamento.

Pero, un atributo que la Biblia enfatiza específicamente aun más que el amor es su santidad. "Redención ha enviado [Dios] a su pueblo; para siempre ha ordenado su pacto; santo y terrible es su nombre" (Salmo 111:9).

El profeta Isaías exalta la santidad de Dios: "Pero Jehová de los ejér­citos será exaltado en juicio, y el Dios Santo será santificado con justicia" (Isa. 5:16). Se lo describe como "el Santo de Israel" 24 veces solamente en el libro de Isaías. [1]

En los nueve versículos del Salmo 99, se mencionan varios de los atributos de Dios, incluyendo su reinado, justicia, rectitud, perdón y poder soberano. Sin embargo, tres veces se exalta la santidad de Dios: "Alaben su nombre grande y terrible; él es santo. [...] Exaltad a Jehová nuestro Dios, y postraos ante el estrado de sus pies; él es santo [...] Exaltad a Jehová nuestro Dios, y postraos ante su santo monte, porque Jehová nuestro Dios es santo" (Salmo 99:3-9; el énfasis fue añadido). Esta es una concentración importante en un solo y breve Salmo: tres veces, en nueve versículos. Esta triple mención no puede ser un elemento poético sola­mente. Recuerde la dramática visión que tuvo Isaías del Trono celestial:

"En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos" (Isaías 6:1-3; el énfasis fue añadido).

Los seres celestiales que adoraban junto al Trono de Dios eran im­pulsados a proclamar su santidad. No están clamando día y noche: "Dios es amor, amor, amor". Más bien, entonan sin cesar: "Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos", con un triple énfasis en la santidad divina.

Algunos pueden procurar evitar este énfasis, pensando: "Bueno, eso está en el Antiguo Testamento. Desde el tiempo de Cristo, hay una concentración diferente, más avanzada y madura, en el amor de Dios. En la era del Antiguo Testamento, los creyentes eran más primitivos, y pudieron haber necesitado enfatizar la santidad de Dios. Pero ahora los creyentes han madurado y viven en el amor de Dios".

Sin embargo, el apóstol Juan, quien escribe tan cariñosamente del amor de Dios en su Evangelio y en sus tres cartas, registra una de sus visiones en el libro del Apocalipsis.

"Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo [...] Y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado [...] y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás [...] y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir" (Apocalipsis 4:1-8; el énfasis fue añadido).

Así como vimos en el Antiguo Testamento vislumbres de la adora­ción celestial, en la escena de adoración del Nuevo Testamento alrededor del trono divino, los seres celestiales no están proclamando: "Dios es amor, amor, amor", o "Dios es bueno, bueno, bueno", sino Dios es "santo, santo, santo".

La santidad de Dios está claramente enfatizada tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento con lo que se conoce como "la triplicación de la majestad". No hay manera de que su santidad pudiera ser subrayada en forma más enfática. Es el único atributo de Dios que se repite tres veces en la Escritura. Además, es esta santidad la que perciben los adoradores de Dios en las Escrituras cuando están en la presencia de Dios, y los arroja al suelo. La Escritura registra que cuando la gente realmente se encuentra con el Dios vivo, tiembla.

1.     Jacob tuvo una visión nocturna de la escalera al cielo, mientras escapaba por su vida de su airado hermano. "Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo" (Génesis 28:16,17; el énfasis fue añadido). Cuando Jacob sintió la presencia de Dios, su primera reacción no fue de alegría; en cambio, tuvo miedo. [2]

2.     Cuando Moisés se encontró con Dios en la zarza ardiente en Sinaí, lo primero que Dios le reveló a Moisés fue su santidad: "Y dijo: No te acerques, quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Éxodo 3:5).

"En el centro de los momentos de reconocimiento de Yahweh estaba la manifestación de la santidad. Moisés estaba preparado para reconocer a Yahweh por la zarza ardiente. Cuando se le advirtió que mostrara reverencia adecuada, él sabía que estaba tratando con una realidad divina. El inter­cambio mismo ejemplifica el ambiente de un encuentro sagrado. Como un componente necesario de los momentos de reconocimiento, la experiencia de la santidad es un elemento constituyente de la misma identidad de Dios". [3]

El encuentro de Moisés con Dios mediante la zarza ardiente será abrumadoramente ampliado en la misma montaña, el fuego divino que hizo que ardiera la zarza del desierto también hizo que la montaña entera quemara y temblara, y todo el pueblo de Israel temblara (Éxodo 19). El gran Decálogo, que Dios pronunció entonces, presenta la norma divina de santidad:

"La Ley de Dios -sus normas y demandas de perfección- es imparcial en relación con nuestras circunstancias y nuestras luchas. Su santidad es inflexible; sus demandas son inmensas. Bajo la Ley, nuestra esperanza de éxito es aplastada, pero la mayor parte de la gente prefiere la esperanza de la perfección obtenida mediante sus buenas intenciones o sus esfuer­zos modestos. La presunción de inocencia es imposible de abandonar, a menos que su santidad brillante e inmaculada sea comprendida como una realidad que un día yo afrontaré sin el beneficio de ninguna excusa o explicación sombrías". [4]

3.     Después de dar los Diez Mandamientos y de la apostasía del bece­rro de oro, Dios llama otra vez a Moisés a su presencia directa, y "apre­surándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró" (Éxodo 34:8).

4.     Después de que Dios describiera su poder y su majestad a Job en medio del sufrimiento extremo de este, Job exclamó: "De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:5, 6).

5.     Cuando Josué hubo sido instalado como el líder de los hijos de Israel (después de la muerte de Moisés), mientras Israel estaba acampado cerca de Jericó, Josué "alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo ha­cia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo" (Josué 5:13-15; el énfasis fue añadido).

6.     Isaías describe su reacción cuando ve la majestuosa visión del Tro­no de Dios, y escucha a un serafín exclamando: "Santo, santo, santo":

"Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos" (Isaías 6:4, 5).

7.     Después de su primera visión, Ezequiel recuerda: "Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro" (Ezequiel 1:28).

8.     Daniel registra su experiencia después de una visión:

"Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz. Su cuerpo era como de berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud. Y solo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que se apoderó de ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron. Que­dé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno" (Daniel 10:5-8). [5] La santidad de Dios también está conectada con su justicia. Cuando descendió fuego de la presencia de Jehová para devorar a Nadab y Abiú por causa de su desafiante descuido de las instrucciones de Dios para adorar en el Santuario, Moisés le dijo a Aarón, el padre de ellos: "Esto es lo que habló Jehová, diciendo: en los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado" (Levítico 10:3; el énfasis fue añadido). La santidad de Dios se subraya otra vez, y también que él será glorificado enjuicio.

Cuando Moisés más tarde, impulsivamente, golpeó la roca, Dios ex­plicó por qué eso era una ofensa seria: "Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado" (Números 20:12).

"Un aspecto de la santidad que está indeleblemente estampado en la mente bíblica es la perfección moral. El Santo de Israel está separado de sus criaturas no solo por su poder infinito, su sabiduría y su majestad, sino también por su rectitud y justicia. La criatura que se encontró con él está en peligro de ser consumida por la justa ira de aquel delante de quien la justicia humana es 'trapo de inmundicia' " [6]

En el Salmo 99, mencionado antes, la santidad de Dios se conecta otra vez con su justicia y su juicio (Salmo 99:3-5). Isaías hace lo mismo: "Pero Jehová de los ejércitos será exaltado en juicio, y el Dios Santo será santificado con justicia" (Isaías 5:16).

 

 

El Nuevo Testamento

 

¿Fueron los creyentes del Antiguo Testamento más primitivos, y por ello el énfasis sobre la santidad de Dios es tan destacado? ¿Qué enseña realmente el Nuevo Testamento?

Después de que Jesús proveyó una pesca milagrosa luego de una noche de pesca inútil, uno podría pensar que los discípulos correrían a Jesús para agradecerle profusamente por tal extraordinaria ayuda fi­nanciera. Pero nota lo que sucedió: "Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador" (Lucas 5:1-11). La descripción que hace Elena de White de esta experiencia en El Deseado de todas las gentes es cautivante:

"Pero Pedro ya no pensaba en los barcos ni en su carga. Este milagro, más que cualquier otro que hubiese presenciado, era para él una mani­festación del poder divino. En Jesús vio a aquel que tenía sujeta toda la naturaleza bajo su dominio. La presencia de la divinidad revelaba su propia falta de santidad. Lo vencieron el amor a su Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad, la gratitud por la condescendencia de Cristo y, sobre todo, el sentimiento de su impureza frente a la pureza infinita. Mientras sus compañeros estaban guardando el contenido de la red, Pedro cayó a los pies del Salvador, exclamando: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador'.

"Era la misma presencia de la santidad divina lo que había hecho caer al profeta Daniel como muerto delante del ángel de Dios. Él dijo: 'Mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno'. Así también cuando Isaías contempló la gloria del Señor, exclamó: '¡ Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos' (Daniel 10:8; Isaías 6:5). La humanidad, con su debilidad y pecado, se hallaba en contraste con la perfección de la divinidad, y él se sentía completamente deficiente y falto de santidad. Así les ha sucedido a todos aquellos a quienes fue otorgada una visión de la grandeza y la majestad de Dios". [7]

Durante su ministerio terrenal, Jesús a veces permitió que "la divi­nidad fulgur[ara] a través de su humanidad". Elena de White describe dramáticamente a Jesús purificando el Templo:

"Al entrar Jesús en el Templo, su mirada abarcó toda la escena. Vio las transacciones injustas. [...] Con mirada escrutadora, Cristo abarcó la escena que se extendía delante de él mientras estaba de pie sobre las gradas del atrio del Templo. Con mirada profética vio lo futuro, abar­cando no solo años, sino siglos y edades. Vio cómo los sacerdotes y los gobernantes privarían a los menesterosos de su derecho, y prohibirían que el evangelio se predicase a los pobres. Vio cómo el amor de Dios sería ocultado de los pecadores, y los hombres traficarían con su gracia. Y, al contemplar la escena, la indignación, la autoridad y el poder se expresaron en su semblante. La atención de la gente fue atraída hacia él. Los ojos de los que se dedicaban a su tráfico profano se clavaron en su rostro. No podían retraer la mirada. Sentían que este hombre leía sus pensamientos más íntimos y descubría sus motivos ocultos. Algunos intentaron esconder la cara, como si en ella estuviesen escritas sus malas acciones, para ser leídas por aquellos ojos escrutadores.

"La confusión se acalló. Cesó el ruido del tráfico y de los negocios. El silencio se hizo penoso. Un sentimiento de pavor dominó a la asamblea. Fue como si hubiese comparecido ante el tribunal de Dios para responder por sus hechos. Mirando a Cristo, todos vieron la divinidad que fulgu­raba a través del manto de la humanidad. La Majestad del cielo estaba allí como el Juez que se presentará en el día final [...] el mismo poder de leer el alma. Sus ojos recorrían toda la multitud, posándose en cada uno de los presentes. Su persona parecía elevarse sobre todos con imponente dignidad, y una luz divina iluminaba su rostro. Habló, y su voz clara y penetrante –la misma que sobre el monte Sinaí había proclamado la ley que los sacerdotes y los príncipes estaban transgrediendo– se oyó repercutir por las bóvedas del Templo: 'Quitad de aquí esto, y no hagáis la casa de mi Padre casa de mercado'.

"Descendiendo lentamente de las gradas y alzando el látigo de cuer­das que había recogido al entrar en el recinto, ordenó a la hueste de traficantes que se apartasen de las dependencias del Templo. Con un celo y una severidad que nunca manifestó antes, derribó las mesas de los cambiadores. [...] Nadie pretendió poner en duda su autoridad. [...] Jesús no los hirió con el látigo de cuerdas, pero en su mano el sencillo látigo parecía ser una flamígera espada. [...] [Todos] huyeron del lugar con sus ovejas y sus bueyes, dominados por un solo pensamiento: el de escapar de la condenación de su presencia.

"El pánico se apoderó de la multitud, que sentía el predominio de su divinidad. [...] La presencia del Señor, que antiguamente santificara el monte, había hecho sagrado el Templo levantado en su honor". [8]

Juan, un creyente del Nuevo Testamento, también registra su reac­ción a su visión de la sala del Trono de Dios:

"Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo [...]. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando lo vi, caí como muerto a sus pies" (Apocalipsis 1:12-17; el énfasis fue añadido).

Hay algo acerca de la pureza enceguecedora de Dios –su santidad penetrante– que hace que la persona tiemble. Significativamente, la reac­ción humana consistente en ese momento no es: "Oh Dios, asustas tanto. Aterras". En cambio, hay condenación propia.

*       "Me aborrezco".

*       "Me arrepiento en polvo y ceniza".

*       "Apártate de mí, porque soy pecador".

Nunca se le ocurre a nadie que Dios esté tratando de asustarlo. Más bien, en la penetrante luz de su santidad, la gente finalmente se ve a sí misma como lo que realmente es. En la Escritura, cuando alguien real­mente se encuentra con el Dios del cielo, en ese momento no hay aplau­sos ni gritos. En su lugar, cada uno ve y libremente admite su culpa con arrepentimiento profundo, sin echar lá culpa a nadie más.

"Es un hecho notable que cuando los hombres de Dios confiesan su culpa, en las Escrituras, ponen a un lado toda excusa, y a menudo hablan en términos que solo podemos sentir que nos confrontan con los mismos límites de lo humano. Sus voces claman desde las profundidades, cuando admiten su culpa sin restricciones y sin referencia a las faltas de otros". [9]

Ya no estamos en el Jardín del Edén, donde Adán y Eva daban la bienvenida a la presencia de Dios al caer la tarde. Esta estrecha comunión cambió dramáticamente, inmediatamente después de la caída, cuando la pareja corrió a esconderse de su amado Creador. Y ese es el cuadro con­sistente en todas las Escrituras: cada vez que un ser humano realmente se encuentra con el Dios Santo, hay un horror inicial al ver la profundidad de la pecaminosidad. Esto nunca varía hasta los últimos capítulos del Apocalipsis, cuando la maldición del pecado finalmente es destruida.

Es bueno repetir este concepto crítico: no es Dios quien está tratando de asustar a nadie, sino que, a la penetrante luz de su santidad, vemos quiénes somos en realidad, y eso es lo que asusta. Y todos resistimos en­frentar tal revelación. Pero, a menos que una persona realmente enfrente la penetrante santidad de Dios, nunca habrá una comprensión adecuada de la emergencia radical que fue la caída, o cuán horrible es verdadera­mente el pecado. Ni habrá un aprecio que acompañe la acción igualmente radical que el Dios santo hace para remediar la pecaminosidad humana.

Algunos cristianos contemporáneos tienden a ignorar la santidad de Dios que se presenta tan ampliamente en la Escritura. A pesar de ello, en lugar del énfasis moderno y casi exclusivo sobre el amor de Dios, cada uno de nosotros necesita afrontar la "ardiente santidad" de Dios hasta que nos haga temblar ante él. Necesitamos que se nos recuerde cuán agudamente la Escritura nos instruye que "el principio de la sabiduría es el temor de Jehová" (Salmo 111:10; el énfasis fue añadido). Esto es necesario para recordarnos cuán poco semejantes a Dios somos.

"El temor de Dios quita la certeza, expone nuestra desnudez y nuestro débil egoísmo, y luego nos invita a conocerlo como él ha elegido revelar­se, como santo y misericordioso. El necio desprecia la sabiduría porque debe abandonar su ira y beligerancia, y experimentar la vergüenza de su impotencia. El necio debe doblar sus rodillas y extender sus manos para pedir misericordia, sabiendo que no merece sino condenación. 'El principio de la sabiduría es el temor de Jehová' (Prov. 1:7), pero el necio no quiere nada que lo lleve a una humilde y quebrantada dependencia de la misericordia". [10]

En el cristianismo contemporáneo, señalar nuestro pecado no es "políticamente correcto". Y, porque el pecado nos hace airarnos, llega a ser más difícil admitir que genera la ira de un Dios santo que "se atreve, de hecho, a arrancarnos de todas las presunciones de lógica, equidad, seguridad y normalidad. De tantas maneras, Dios es como un médico de una sala de emergencias, quien al principio no está preocupado por establecer simpatía y buenos modales junto a la cama. Su compromiso es mantener vivo al paciente, limitar todas las amenazas inmediatas contra la vida y construir el primer paso hacia la recuperación, que sea completa y maravillosa. Es un cetro que brilla más que cualquier zarza ardiente y penetra más que cualquier cuchillo filoso. Hará lo que quiere y nos invitará a unirnos a él en el misterio de la relación". [11]

Necesitamos repasar la enseñanza bíblica acerca de Dios, tan exten­samente revelada en toda la Escritura. Sin embargo, no podemos de­tenernos aquí. De otro modo, todavía no entenderíamos la enseñanza bíblica acerca de la santidad de Dios. Porque, cuando la gente está con­frontada irremisiblemente con su propia inmunda pecaminosidad en la presencia de un Dios santo, él nunca la deja allí. Dios mismo ofrece perdón y limpieza. La experiencia de Isaías describe esto en forma ma­ravillosa. Después de vislumbrar el Trono de Dios y ser confrontado con su total indignidad, nota lo que ocurre luego: "Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado" (Isaías 6:6, 7).

"Una visión de la santidad de Dios sin una alusión a su misericordia conducirá a la desesperanza o a algo aún más terrible, una presunción farisaica de capacidad de 'hacer su voluntad'. Por otro lado, un bocado de misericordia sin un gusto apenas de la santidad parece impulsarnos a una familiaridad descarada con la Deidad, que lo distorsiona a él para ser el tío favorito de todos. Tal intimidad es descuidada y falta de dignidad, y finalmente conduce a pintar a Dios con colores de nuestra propia elección. La Biblia describe a Dios de maneras que deberían pasmarnos". [12]

La santidad de Dios no puede ser evitada. Se revela en las Escrituras como su total separación del pecado, y su aborrecimiento absoluto y hostilidad a él, de modo que ni siquiera puede mirar el pecado: "¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío? [...] Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni pueden ver el agravio" (Habacuc 1:12, 13). No obstante también vemos, en la Escritura, que él no solamente ansia limpiarnos sino también decide tomar nuestro pecado sobre sí mismo, de modo que el juicio divino contra el pecado abate su vida en lugar de la nuestra. ¡Dios, el "Santo", toma la iniciativa de salvar a los pecadores!

"A fin de hablar acerca del amor de Dios -su misericordioso don del perdón- uno debe ser profundamente sincero, casi impulsado a afrontar la oscuridad, la plaga inmunda, la mancha del pecado. Esto no es un pensamiento muy popular, y aún menos un ejercicio atrayente. ¿Por qué, cuando tantos sufren de autodesprecio severo, una imagen propia pobre y un profundo vacío de relaciones, alguien, especialmente un psicólogo, anima a los que luchan, heridos, a considerar su impiedad? Suena cruel, pero puede dar vida. ¿Cómo?

"La respuesta es tan compleja como enredada es el alma humana caída, pero puede ser abordada con términos sencillos: La misericordia es persistentemente significativa únicamente hasta el punto en que soy silenciado por la enormidad de mi rechazo del amor de Dios, y del de los demás, con todo mi corazón, alma, fuerzas y mente. Estaré totalmente abrumado por la dirección de la cual procede la ira de Dios en su santo odio hasta el punto en que comprendo lo que merezco (y esa compren­sión debería profundizarse cada día y en cada interacción con otros seres humanos)".13

Oh sí, Dios nos invita a llamarlo "Padre", pero él no es una figura sentimental como Santa Claus. Cuánto más preciosa es su paternidad al darnos cuenta verdaderamente de que, por causa de nuestra pecamino- sidad y pecado, seríamos consumidos en forma instantánea en el fuego deslumbrante de su santidad si Cristo no hubiese ofrecido su vida en nuestro favor. La muerte de Cristo en la cruz no fue un crucifijo estético entre dos velas sobre un altar. Fue una ejecución divina, que separó a Dios de Dios. La expiación de Cristo fue un acto drástico y doloroso hecho voluntariamente por un Dios santo, que ama.

La comprensión más profunda de la Expiación llegará en un momen­to cuando estemos confrontados con la santidad absoluta de Dios. No obstante, este es el punto mismo en el cual tantos cristianos modernos retroceden. Oh sí, nos gusta pintar a Dios como un padre amante, o como un Dios de belleza, verdad y bondad conjurados en nuestra men­te. O tal vez como una "fuerza" abstracta dentro de nosotros, a la que podemos recurrir para nuestro beneficio. Pero, el verdadero Dios bíblico del cielo y la Tierra, que es santo, ese es un asunto totalmente diferente. Ese es el momento cuando muchas personas que han estado jugando con la religión, pero que no conocen realmente a Dios en su santidad, de repente retroceden. Pero, supongamos que él nos confrontara como lo hizo con Jacob, Moisés y Josué –este poderoso Dios del cielo y de la Tierra, nuestro amante Padre, Juez, Luz del Mundo, el Alfa y la Omega, el Rey de reyes y Señor de señores–, quien es "Santo, santo, SANTO". ¿Qué sucedería? Un negro spiritual lo dice bien: "Alabemos a Dios juntos sobre nuestras rodillas".



Referencias

[1] Ver también 2 Reyes 19:22; Job 6:10; Salmo 71:22; 78:41; 89:18; Proverbios 9:10; 30:3; Jeremías 50:29; 51:5; Ezequiel 39:7; Habacuc 1:12; 3:3.

[2] Elena de White se refiere a la experiencia de Jacob, a fin de enseñar reve­rencia: "La humildad y la reverencia deben caracterizar el comportamiento de todos los que se allegan a la presencia de Dios. En el nombre de Jesús, podemos acercarnos a él con confianza, pero no debemos hacerlo con la osadía de la presunción, como si el Señor estuviese al mismo nivel que nosotros. Algunos se dirigen al Dios grande, todopoderoso y santo, que habita en luz inaccesible, como si se dirigieran a un igual o a un inferior. Hay quienes se comportan en la casa de Dios como no se atreverían a hacerlo en la sala de audiencias de un soberano terrenal. Los tales deberían recordar que están ante la vista de aquel a quien los serafines adoran, y ante quien los ángeles cubren su rostro. A Dios se lo debe reverenciar grandemente; todo el que verdaderamente reconoce su presen­cia se inclinará humildemente ante él y, como Jacob cuando contempló la visión de Dios, exclamará: '¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo" (Patriarcas y profetas, pp. 256, 257; el énfasis fue añadido).

[3] Dale Patrick, The Rendering of God in the Old Testament (Filadelfia: Fortress Press, 1981), p. 128.

[4] Dan B. Allender y Tremper Longman III, Bold Love (Colorado Springs, Colo.: NavPress, 1992), p. 70.

[5] Note la duplicación: dos veces Daniel menciona que no tenía fuerzas.

[6] Patrick, p. 128.

[7] Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 212, 213.

[8] Ibíd., párrafos elegidos de las páginas 130 a 132.

[9] G. C. Berkouwer, Man: The Image of God (Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1972), p. 190.

[10] Allender y Longman, p. 267.

[11] Ibíd.

[12] Ibíd. Allender y Longman continúan: "Su propósito inexorable y su presen­cia gloriosa nos silencian. Su bondad desconcertante nos pasma. Sencillamente, no responde a mi odio como temo que él lo haga, como lo he experimentado en incontables otras relaciones antes y ¡como sé que debería hacerlo! Su disciplina, aunque dolorosa, finalmente producirá una cosecha de gozo. Su exposición de mi pecado, aunque penetrante y productora de vergüenza, conduce a un abrazo que es más dulce que el merengue. Nuestra experiencia con odiar a la gente y hacer que lo sepan no nos prepara para encontrarnos con Dios".

13 Allender y Longman, p. 80.

 

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2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
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9. Cristo, la Ley y el evangelio
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