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¿QUIÉN ES UN SACERDOTE?
Sacerdote
(heb. kôhên; gr. hieréus).
Para "sumo sacerdote", heb. kôhên haggâdôl, "gran sacerdote", y kôhên haro'sh, "primer sacerdote"; gr. arjieréus. Para el sacerdote hebreo también se suele emplear el vocablo mal' âk "ángel"; para el sacerdote idolátrico se emplea la palabra heb. kômer. El término español "sacerdote" proviene de 2 palabras latinas, sacerdos y otis, referidas al ministro de un determinado culto.
I. Oficio.
Persona debidamente consagrada para ministrar en cosas sagradas como mediador entre el hombre y Dios, y para ofrecer sacrificios por los pecados de los hombres (He. 5:1; 8:1-3; cf v 6). Como institución, el sacerdocio se fundamenta en el concepto de que el hombre por naturaleza no goza del favor de Dios, y por tanto necesita de un mediador que conozca los caminos del Señor y pueda llevar a cabo la reconciliación. En Israel, así como en otras naciones de la antigüedad, los sacerdotes constituían una clase diferente (Gn.41:45; Ex. 2:16; 1 S. 6:2; Hch. 14:13). Durante la monarquía, generalmente el sumo sacerdote ocupaba un lugar inmediato al del monarca, tanto en rango como en dignidad e influencia, y en ocasiones ejercía el poder detrás del trono. El principal papel que desempeñaban los sacerdotes hebreos consistía en presentar "ofrendas y sacrificios por los pecados" (He. 5:1;cf 8:3), con el fin de "expiar [lograr reconciliación por] los pecados del pueblo" (2:17), con lo que, figuradamente, volvían a poner los seres humanos bajo el favor divino. Era "necesario" que el sacerdote tuviera "algo que ofrecer" (8:3), puesto que, simbólicamente, cuando Dios aceptaba el sacrificio, también aceptaba la súplica de aquel en cuyo favor se lo ofrecía.
Además de ministrar los ritos sagrados, se consideraba que los sacerdotes eran maestros religiosos del pueblo (Lv. 10:11; Dt. 33:10; Ez. 44:23; cf Esd.7:25). En ocasión de la conquista de Canaán no recibieron herencia entre las tribus, pero se les asignaron 13 ciudades rodeadas de campos de pastoreo y de huertas (Jos. 21:10-19; 1 Cr. 6:57-60). No se debían dedicar a ninguna tarea que implicara lucro, sino que tenían que ser sostenidos exclusivamente por los diezmos y ciertas ofrendas especiales (Lv. 10:12-15; 23:17-20; Nm.18:11, 20; Dt. 18:3-5). Incluso los físicamente defectuosos, provenientes de familias de sacerdotes, que por esa causa no podían ministrar delante del altar, tenían derecho a ese sostén (Lv. 21:21-23). En tiempos de Esdras los sacerdotes estaban exentos de pagar impuestos (Esd. 7:24).
II. Vestimenta.
En términos generales incluía el efod de lino (heb, 'êfôd bad) y la túnica (heb. metsîl qâtôn). La de los sacerdotes simples comprendía 4 partes: kuttôneth, prenda en forma de camisa; 'abnêt, ceñidor; migbâ{âh, tocado para la cabeza (gorro abovedado en forma de cuña); y miknesê bad, calzones de lino que debían cubrir los órganos genitales y el cuerpo desde las caderas hasta las rodillas (Ezequiel recurre a otros vocablos: el gorro es pa'aré pishtîm ["turbante de lino"], y la vestidura siempre es bigdê pishtlîm ["vestiduras de lino"]). El sumo sacerdote usaba un vestido blanco de lino (kethôneth bad qôdêsh), y turbante (mitsnefeth), calzones y ceñidor de lino (el uso del lino está justificado en Ez. 44:18; ropa ligera, no transparente, pero sobre todo que no haga traspirar). Para oficiar en la ceremonia: bolsa, pectoral con 12 piedras preciosas y el Urim* y el Tumim, efod colorido Y bordado primorosamente, túnica azul con campanitas en el ruedo, camisa, turbante* o mitra y ceñidor. En la parte delantera del turbante había una especie de flor de oro puro (tsîts zâhâb tâhôr) que tenía grabada la inscripción "Santidad a Yahweh" (qôdesh le- yahweh). Nada se dice de calzados, ni para los sumos sacerdotes ni para los sacerdotes comunes (1 S. 2:18; 22:18; Ex. 28:1- 42).
III. Responsables.
En los primeros tiempos, antes que hubiera un sacerdocio organizado, ciertas personas, como Caín y Abel (Gn, 4:3-5), ofrecían sacrificios y ejercían las funciones esenciales de un sacerdote (cf Ex. 19:21,22). Aun después de la organización de un sacerdocio regular, ciertos individuos ofrecían sacrificios en circunstancias especiales (Jue. 6:18, 24, 26; 13:16). Durante toda la dispensación patriarcal el jefe de la familia o de la tribu se desempeñaba generalmente como sacerdote. Por eso Noé (Gn. 8:20), Abrahán (22:13), Jacob (35:3) y Job (Job 1:5) sirvieron como sacerdotes de sus respectivas familias.
Al establecerse la teocracia en el Sinaí, y al erigirse el tabernáculo, Dios encomendó a la tribu de Leví que se encargara de sus sagrados ritos en lugar de los primogénitos o los jefes de las familias (Nm. 3:6-13). Se escogió a la tribu de Leví por la lealtad que manifestó en ocasión de la adoración del becerro de oro (Ex. 32:26-29). Se separó a Aarón y a sus hijos para el oficio sacerdotal, y desde ese momento sólo ellos desempeñarían tal cargo (Nm. 3: 10). El sacerdocio era hereditario en el caso de su familia (Ex. 28:1; 40:12-15; Nm. 16:40; 17; 18:1-8), de modo que cada descendiente suyo de sexo masculino tenía el derecho a ser sacerdote, a menos que tuviera un defecto físico (Lv. 21:17-21) o estuviera 1022 temporariamente "impuro" (22:3). Según Lv. 21:10; Nm. 35:25,28, etc., por su oficio, Aarón era "sumo sacerdote" y sacerdote "ungido" (Lv. 4:3,5,16). Como "el sacerdote" vitalicio (Ex. 31:10), transmitía el derecho a su cargo sagrado al mayor de sus descendientes calificados. Por eso, le sucedió su hijo Eleazar (Nm. 20:28; Dt. 10:6), quien a su vez fue reemplazado por su primogénito Finees (Nm. 25:11), en cuyo tiempo se estableció definidamente la sucesión del sumo sacerdocio (vs 12,13). En un sentido especial, el sumo sacerdote representaba a todo Israel, y los sacerdotes comunes servían en su nombre y como representantes suyos. El sumo sacerdote podía llevar a cabo todos los deberes de los sacerdotes comunes, pero el derecho de entrar en el lugar santísimo en el Día de la Expiación era exclusivamente suyo (Lv. 16:2,3,17,33,34).
IV. Historial.
En la época de David, la cantidad de sacerdotes había aumentado tanto que los organizó en 24 turnos o divisiones (1 Cr. 24; Lc. 1:5,9). No se sabe mucho acerca de las actividades de los sacerdotes durante la monarquía después de Salomón, aunque es evidente que cierto número apostató y en ocasiones apoyó a reyes impíos (Jer. 1:18; 2:8, 26; etc.). Pero una declaración de Ezequiel parecería indicar que no cayeron tan profundamente en la idolatría como los levitas (Ez. 44:10-15). Es evidente que los sacerdotes retuvieron su conciencia profesional durante el exilio, porque miles de ellos pudieron probar su condición por medio de documentos cuando volvieron a su patria (Esd. 2:36-39). Muy probablemente fueron ellos los principales dirigentes religiosos durante la cautividad en Babilonia, entre los cuales se destacó Ezequiel (Ez. 1:3; 8:1;14:1-4; cf 2 Cr. 17:8,9; 23:16; 30:27), y quienes continuaron sus funciones durante el período de restauración después del regreso (Neh. 8:2; Hag. 2:11,12). Entonces, al principio, sólo se reconoció a 4 familias el derecho al sacerdocio, pero con el tiempo otras 20 más recuperaron su posición, lo que dio como resultado que, de acuerdo con Josefo, los 24 turnos que existían en la época de David se desempeñaran nuevamente en el sacerdocio durante la época neotestamentaria. Cabe acotar que por lo menos 2 de los grandes profetas del AT fueron sacerdotes: Jeremías (Jer.1:1) y Ezequiel (Ez. 1:3), y quizá Zacarías (Esd. 5:1; cf Neh.12:16); también lo habría sido Hageo.
Muy poco se sabe acerca de la historia del sacerdocio en tiempos de los persas. Bajo los Tolomeos y los primeros Seléucidas, el sumo sacerdote disponía de poder religioso y civil, pero estaba sometido al rey extranjero. La aristocracia sacerdotal, que vivía de los diezmos del pueblo y además recibía otras contribuciones, se enriqueció y, por consiguiente, procuró con vehemencia preservar la condición política de la nación y evitar cualquier rebelión que pusiera en peligro su lucrativa situación. Abrazaron el helenismo bajo los Seléucidas, pero un sacerdote común, Matatías, condujo una revuelta contra el deseo de Antíoco Epífanes de imponer el paganismo helénico; y sus hijos, los Macabeos,* galvanizaron a la nación para conseguir la independencia del yugo extranjero. Jonatán Y, después de él, su hermano Simón, aunque no pertenecían a la familia de los sumos sacerdotes obtuvieron ese cargo, y los Asmoneos (Macabeos) llegaron a ser sacerdotes-gobernantes, y más tarde sacerdotes-reyes de Judea. Poco a poco se mundanalizaron y, en gran medida, se helenizaron. Aunque la mayor parte de la gente se puso del lado de los fariseos (partidarios de la estricta observancia de la ley), los sacerdotes eran los dirigentes del partido político religioso de los saduceos. Que hayan podido mantenerse en su cargo en tales circunstancias se explica por el hecho de que el pueblo, por tradición y educación, estaba acostumbrado a honrar a los detentores de altos cargos eclesiásticos íntimamente relacionados con el templo y sus servicios.
Cuando aparecieron los romanos, dejaron en su cargo a los sacerdotes-gobernantes Asmoneos, pero más tarde instalaron a Herodes el Grande como rey vasallo. Durante su reinado, éste nombraba a los sumos sacerdotes, y esa costumbre continuó hasta la destrucción del templo en el 70 d.C. En el transcurso de ese período de 106 años (37 a.C.-70 d.C.) no menos de 28 sumos sacerdotes ocuparon el cargo. La mayor parte pertenecía a 5 familias destacadas, y algunos de ellos eran extremadamente mezquinos e ineptos para el puesto que ocupaban. Inclusive, cuando se deponía a un sumo sacerdote, generalmente se lo seguía considerando sumo sacerdote o sacerdote principal; de allí el plural "principales sacerdotes" que aparece en el NT (Mt. 2:4; 16:21; 20:18; etc.). Aunque éstos procuraban la muerte de Jesús, había muchos sacerdotes piadosos, entre los que se encontraba Zacarías (Lc. 1:5, 6), y un buen número de ellos se unieron a la naciente iglesia (Hch. 6:7). Con la destrucción del templo (70 d.C.), el sacerdocio judío desapareció y nunca más se restableció.
El ministerio del sacerdocio aarónico sólo era simbólico (He. 8:4, 5): nunca tuvo realmente eficacia en sí y por sí mismo para borrar los pecados (10:11). Tal como el santuario en el que servían, los sacerdotes eran sólo "símbolo para el tiempo presente" (9:9). La ley ritual de los sacrificios nunca podía "hacer perfectos a los que se acercan" (10:1), puesto que "la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (v 4). Ese sacerdocio formaba parte de un sistema "impuesto" sólo "hasta el tiempo de reformar las cosas", cuando Cristo mismo llegaría a ser "sumo sacerdote de los bienes venideros" (9:10,11). Unicamente como consecuencia de su sacrificio y su muerte, al final de la era levítica, cuando "por el sacrificio de sí mismo" quitó "de en medio el pecado" (v 26), recibieron perdón las transgresiones de las generaciones pasadas que habían creído en un Redentor venidero (v 15). Durante todo el período abarcado por el AT la salvación era provisoria, porque dependía de la muerte de Cristo, todavía en el futuro.
Puesto que la nación judía dejó de ser el Pueblo escogido de Dios como consecuencia del rechazo y del sacrificio de su Mesías (Mt.
21:40-43), Dios le quitó al templo el honor de ser su "casa", y de allí en adelante los servicios dejaron de tener significado para él (23:38). De acuerdo con esto, el sacerdocio fue mudado (He. 7:12; cf vs 15-17; 6:20).
Después de haber muerto por los pecados de la humanidad, Cristo ascendió a los cielos y se sentó " a la diestra de Dios" (He. 10:12): fue consagrado como nuestro Sumo Sacerdote y apartado para ministrar en favor de nosotros en la misma presencia del Padre (8:1, 2). Sólo luego de ofrecerse como sacrificio por el pecado, Cristo pudo comenzar su ministerio especial (8:3,10:12). Sólo después que participó de carne y sangre, hecho "en todo semejante a sus hermanos" (2:17) -ya que "fue tentado en todo según nuestra semejanza", para poder "compadecerse de nuestras debilidades" (4:15; cf 2:14,18)-, estuvo en condiciones de llegar a ser un "misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo" (2:17). Por tanto, después de su ascensión, Cristo entró "en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios" (9:24). "Dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie" (v
.
Tal como Aarón, Cristo fue "llamado por Dios" (5:4) y no asumió el cargo de sumo sacerdote por decisión propia (v 5). Mediante un juramento (7:21), Dios lo declaró "sumo sacerdote según el orden de Melquisedec" (5:10; cf v 6). De este modo el sacerdocio fue "cambiado" (7:12) de la tierra al cielo; y puesto que él vive "siempre para interceder por ellos" (v 25), su sacerdocio dura para siempre (v 24). Como consecuencia de su sacrifico perfecto, "no tiene necesidad cada día. . . de ofrecer. . . sacrificios. . . porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo" (v 27). El suyo es un "mejor ministerio", puesto que es "mediador de un mejor pacto" (8:6), lo que en el estricto sentido del término ocurrió sólo en ocasión de su muerte (9:15-17). Este es "el camino nuevo, vivo que él nos abrió" por medio de su encarnación, "a través del velo, esto es, de su carne" (10:20). Tenemos un gran Sumo Sacerdote obre la casa de Dios (v 21), y se nos invita a acercarnos "con corazón sincero, en plena certidumbre de fe" (v 22), "confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (4:16).
¿QUIEN ES ABIATAR?
Abiatar
(heb. 'Ebyâthâr, "el Padre [Dios] da en abundancia" o "el Padre es preeminente", "padre de la abundancia"; bab. antiguo, Abiyatar; gr. Abiathár).
Sacerdote, hijo de Ahimelec, que escapó de la masacre de los sacerdotes de Nob que ordenó Saúl por causa de supuesta ayuda a David. Abiatar, en su huida, llevó consigo un efod, se unió a David, fue su sacerdote y consultó a Dios por pedido de aquél (1 S. 22:20-23; 23:6-9; 30:7,
. Más tarde compartió el cargo de sumo sacerdote con Sadoc, de la casa de Eleazar (2 S. 15:24, 29, 35; 17:15; 19:11; 20:25; Abiatar pertenecía a la casa de ltamar, hermano de Eleazar).
Continuó en el sacerdocio cuando Salomón subió al trono (1 R. 4:4), pero pronto fue separado del cargo y exiliado a Anatot por participar en el intento de Adonías de obtener el trono (1:7). Con su deposición terminó el dominio de la línea de Elí (2:26, 27) y se cumplió la profecía de 1 S. 2:27-36. Probablemente sea un error la mención en Mr. 2:26 a Abiatar como sumo sacerdote de Nob cuando David llegó huyendo de Saúl. Por entonces, Abiatar no era todavía el sumo sacerdote sino su padre, Ahimelec, a quien Saúl hizo matar; o sustituía a su padre en ese momento, o es un título de anticipación histórica.
¿QUIEN ERA SAUL?
Primer rey hebreo. Era hijo de un benjamita llamado Cis que vivía en la ciudad de Gabaa, hoy llamada Tell el-Fûl, entre 6 y 7 km al norte de Jerusalén (1 S. 9). Por siglos Israel había practicado una forma teocrática de gobierno, bajo la dirección de jueces llamados por Dios. El último de ellos, Samuel, había envejecido, y sus hijos no reunían las condiciones de liderazgo de su piadoso padre. El pueblo, ante la falta de perspectivas de que continuara la dirección sólida del profeta, pensó que la monarquía les proporcionaría una forma de gobierno capaz de solucionar sus problemas políticos e internacionales. Samuel recibió esta demanda popular con mucho desagrado, pero el Señor le ordenó que accediera a su deseo, pero que al mismo tiempo los pusiera plenamente al corriente de todas las desventajas y las preocupaciones que les iba a acarrear esta decisión (1 S.
.
A. Saúl asume el reino.
Poco después que el pueblo pidiera un rey, Saúl, un joven apuesto y de elevada estatura, andaba con un siervo buscando algunas de las asnas de su padre. Después de 3 días sin resultados, el siervo sugirió que consultaran al "vidente", refiriéndose a Samuel. Aunque quizá Saúl había oído hablar de él, no lo conocía personalmente (1 S. 9:18), y temía visitarlo sin un obsequio (v 7). Entretanto, el profeta había recibido instrucciones de parte de Dios que vendría un benjamita a quien debía ungir como rey. Cuando Saúl llegó, recibió definidamente la palabra de que el visitante era el hombre que gobernaría sobre el pueblo de Dios. Samuel lo encontró junto a la puerta de la ciudad, le aseguró que las asnas ya habían sido encontradas y lo invitó a quedarse esa noche para participar de una cena ritual. Saúl pasó la noche con Samuel como huésped del profeta, y a la mañana siguiente éste lo ungió en secreto y le profetizó ciertos incidentes que le ocurrirían en su camino a casa, que acontecieron tal como habían sido anunciados. Además, le indicó que debía ir a Gilgal y esperarlo allí 7 días, al final de los cuales recibiría instrucciones adicionales. Nada más se nos dice acerca de esta reunión celebrada en Gilgal, y Saúl no le dijo a nadie que había sido ungido rey (1 S. 9:1-10:16).
Tan pronto como Samuel supo quién iba a ser el nuevo rey, convocó a toda la nación para que se reuniera en Mizpa, quizá la moderna Tell en-Natsbeh, donde públicamente se echaron suertes para confirmar a Saúl como el soberano. Cuando éste -que se había escondido, pero cuyo escondite se descubrió- fue finalmente presentado ante el pueblo como el elegido de Dios, la mayoría se sintió satisfecha. Tal vez el hecho de que perteneciera a la menor de las tribus haya facilitado esa aceptación. Pero hubo quienes manifestaron disconformidad. El joven rey no asumió inmediatamente el trono, sino que se fue a casa (1 S. 10:17-27), probablemente a la espera de una ocasión oportuna cuando sus servicios y su gobierno fueran necesarios para el país. Es posible también que haya considerado prudente ver si era posible vencer pacíficamente la oposición hacia él y su tribu, antes de comenzar activamente su gobierno.
Pronto surgió la oportunidad de manifestar sus condiciones de líder. Según la LXX, fue en alrededor de un mes (1 S. 11:1). La ciudad israelita de Jabes de Galaad sufrió el asedio de Nahas, rey de los amonitas, y algunos mensajeros de Jabes vinieron a Gabaa para informar acerca de las humillantes condiciones de rendición que les había impuesto. Su súplica para que se los ayudara velozmente sacudió el alma de Saúl. De nuevo sintió que el Espíritu descendía "poderosamente" sobre él, e impulsado por la compasión que le inspiraban los galaaditas, lanzó una proclama nacional para que la gente se reuniera detrás de "Saúl y Samuel" para la liberación de Jabes. Como resultado de ello, 330.000 hombres armados cruzaron el Jordán junto con Saúl y derrotaron a los amonitas. Al demostrar tan claramente su idoneidad para el trono, Saúl fue proclamado rey unánimemente y entronizado con solemnidad en Gilgal (1 S. 11).
B. Reinado de Saúl.
Pablo le asigna un total de 40 años al reinado de Saúl (Hch. 13:21), como así también Josefo. Sin embargo, no se sabe qué edad tenía Saúl cuando comenzó a reinar, porque el versículo del AT que originalmente proporcionaba esa información (1 S. 13:1) está incompleto ahora. Tampoco sabemos cuánto tiempo transcurrió desde que ascendió al trono hasta su lucha contra los filisteos registrada en 1 S. 13. Si este intervalo fue breve, Saúl debe de haber tenido 35 años cuando comenzó a reinar, porque en ocasión de esa batalla su hijo Jonatán estaba ya a cargo de una división del ejército hebreo y era un notable militar. Pero si esa guerra estalló varios años después de asumir sus funciones, pudo haber sido más joven. Dado que este problema permanece sin solución, no sabemos por cuánto tiempo reinó bajo la tutela de Samuel.
En ocasión de su 1er encuentro con los filisteos, Saúl tenía un ejército estable de 2.000 soldados que estaban bajo su mando personal, acuartelados en Micmas, en la zona de las colinas de Betel, y 1.000 hombres más estacionados en Gabaa, la capital, a las órdenes de Jonatán, el príncipe heredero. Este había derrotado a una guarnición filistea en las cercanías de Gabaa, pero, consciente de que sus enemigos tomarían represalias, Saúl convocó a la nación a las armas y designó Gilgal como el punto de reunión, porque Samuel le había prometido encontrarse con ellos allí. Esperó 7 días, pero Samuel no llegó, pues tal vez demoró su viaje con el fin de probar la obediencia a Dios y la fe en él, no sólo de Saúl sino también del pueblo. Cuando el rey verificó que las deserciones se estaban produciendo en cantidades crecientes, y que el miedo se iba apoderando de los que quedaban, asumió por su cuenta la responsabilidad de ofrecer sacrificios, tarea que le incumbía sólo a los sacerdotes. Samuel llegó casi inmediatamente después y lo reprendió por este acto apresurado, y le dijo que por causa de su desobediencia y de su falta de confianza en Dios, sus descendientes no ocuparían el trono (1 S. 13:2-14). La batalla, que se libró después de este incidente, terminó en victoria para Israel. Jonatán, gracias a un acto de valor, puso en fuga a un grupo de filisteos; esto llenó de terror al grueso del ejército enemigo. Saúl aprovechó esta situación y expulsó a los filisteos del territorio israelita. El rey, evidentemente, era partidario de una estricta disciplina, porque cuando Jonatán sin saberlo desobedeció una orden suya, estuvo dispuesto a quitarle la vida. El joven se salvó sólo porque el ejército lo impidió (1 S. 13:15-14:46).
Saúl dirigió otras campañas militares con brillantes resultados (1 S. 14:47, 48). Durante una de ellas incurrió en un acto de desobediencia que le puso el sello a la decisión divina de rechazarlo como rey. Se le había ordenado destruir a los amalecitas y sus posesiones para cumplir una maldición pronunciada por Dios contra ellos por haber combatido contra Israel en el desierto de Refidim (Ex. 17:8-16). Saúl cumplió la orden, pero preservó parte del ganado para ofrecer sacrificios en Gilgal, según dijo, y también a su rey, Agag. Por esta desobediencia a un mandamiento expreso, Samuel afirmó que Dios ya no lo consideraba más como el legítimo gobernante de su pueblo (1 S. 15). Poco después Samuel ungió a David, el pastorcillo, para que fuera el futuro rey de la nación (16:1-13).
Bib.: FJ-AJ vi. 14.9; CBA 2:507, 508.
C. Años finales de Saúl.
El Espíritu de Dios se apartó de Saúl cuando se lo rechazó como rey, y un espíritu maligno periódicamente tomaba posesión de él. En el afán de sustraerlo de sus ataques de melancolía, sus servidores le presentaron al joven David, a quien habían elegido para tocar el arpa delante del rey (1 S. 16:14-23). Al principio Saúl le tomó afecto, pero este sentimiento pronto se convirtió en envidia y temor cuando David -que había dado muerte a Goliat, y había logrado gracias a ello una victoria de los israelitas sobre los filisteos- fue aclamado por las doncellas de Israel como el mayor héroe nacional (17:1-18:9). Sus celos lo impulsaron a atentar contra la vida del joven. Primero trató de matarlo con su lanza, y después intentó que muriera en escaramuzas contra los filisteos (18:10-30). Cuando resultó evidente que Saúl no iba a detenerse ante nada en sus esfuerzos para destruirlo, David huyó, dejó a su esposa Mical, y pasó años como fugitivo en diferentes partes del país, mientras el rey perdía su tiempo y sus energías tratando de alcanzarlo para darle muerte (cps 19-27).
La insensata enemistad de Saúl contra David privó a Israel del mejor comandante de su ejército y de muchos valiosos soldados que se exiliaron, lo que causó el descuido de la defensa del reino. Como resultado, la nación se debilitó y se produjo una nueva invasión de los filisteos, que esta vez acamparon en Sunem, cerca del valle de Jezreel. Saúl levantó su campamento en las laderas del monte Gilboa (28:1, 4). El atemorizado y melancólico rey estaba lleno de malos presentimientos, y se fue de noche a Endor a consultar a una médium espiritista. Algún tiempo antes, por orden divina, había expulsado del país a los que practicaban tales artes, puesto que eran instrumentos de los malos espíritus (28:3; cf Lv. 20:27; Dt. 18:10-14). Pero ahora, ya que Dios lo había abandonado y estaba poseído de uno de ellos, sintió que debía procurar la ayuda de esos agentes del diablo. Pidió a la médium que Samuel, que había fallecido un tiempo antes y no se había comunicado con él en los últimos años de su vida, viniera para aconsejarlo. La médium dijo ver a un anciano que subía de la tierra, y Saúl supuso que era el profeta. El espíritu le predijo que moriría al día siguiente (1 S. 28:5-25). La batalla que se libró entonces les resultó adversa a los israelitas: 3 hijos de Saúl murieron y él mismo fue gravemente herido. Para evitar que lo capturaran, le pidió a su escudero que le diera muerte.* Cuando éste rehusó, Saúl se echó contra su espada y así puso fin a su vida. Poco después los filisteos lo decapitaron y colgaron su cuerpo y los de sus hijos en el muro de la ciudad de Bet-sán; además, pusieron sus armas en el templo de Astarot. Pero los habitantes de Jabes, al recordar cómo los había librado de los amonitas, los sacaron de noche y los sepultaron con honores en Jabes (31:1-13).
Cuando las noticias de la muerte de Saúl llegaron a David, hizo duelo por él y por su amigo Jonatán, y compuso una hermosa elegía (2 S. 1:17-27). La monarquía tuvo en Israel un lamentable comienzo, Saúl empezó su reino como un gobernante magnánimo, pero su actitud independiente lo condujo a repetidos actos de desobediencia, que lo alejaron cada vez más de Dios, y finalmente lo llevaron a un fin triste y vergonzoso.
¿QUIEN ERA DAVID?
David
(heb. Dâwîd, generalmente interpretado como [bien] "amado [querido]"; gr. Daueíd, Dauíd o Dabíd).
El significado compite con otras propuestas. Se ha sugerido que el dwdh de la Piedra Moabita y el dawidum de los textos de Mari significan "jefe" o "comandante", y que éste sería el verdadero significado; sin embargo, esta interpretación es cuestionable. El nombre David también aparece en los textos de Ebla de tiempos prepatriacales.
Hijo menor de Isaí, un betlemita, y antepasado de Cristo. Fue el 2o rey de Israel. Reinó desde c 1011 hasta el 971 a.C.
a. Como joven
David es pintado como un muchacho rubio, de buena presencia y con ojos hermosos (1 S. 16:10-13; 17:12-14). Como muchos otros muchachos palestinos, siendo joven fue puesto a cuidar las pocas ovejas de la familia (17:28). Como pastor mostró un valor poco usual al matar él solo a un oso y a un león (vs 34-36). Después que Saúl fue rechazado como rey, Dios dirigió a Samuel para que lo ungiera como rey. Esta ceremonia se realizó en secreto (16:1-13), y su verdadero significado no habría sido comprendido ni siquiera por los miembros de la familia de David. Cualquiera sea el caso, Saúl no supo nada de ello al principio. Desde el día de su ungimiento, el Espíritu del Señor vino poderosamente sobre David (v 13).
b. Como miembro de la corte de Saúl.
Saúl, atacado por accesos de melancolía después que el Espíritu de Dios se alejó de él, recibió el consejo de buscar relajamiento en la música. David, un hábil ejecutante de la lira, fue escogido para calmar la angustiada mente de Saúl. Al rey le gustó el muchacho, y lo hizo su escudero y lo retuvo en el palacio mucho tiempo, aunque no continuamente (1 S. 16:14-23; 17:15). Esto habrá sido de gran valor educativo para el pastor que estaba destinado a llegar a ser el futuro rey de Israel.
Por ese tiempo, en una guerra contra los filisteos, los 3 hijos mayores de Isaí respondieron al llamado de soldados que hizo Saúl y salieron para el campo de batalla, a unos 24 km al oeste de Belén. Aquí Goliat, el paladín filisteo, desafió a los hebreos a que nombraran un contrincante; pero el desafío no tuvo respuesta, y por unas 6 semanas los 2 ejércitos quedaron frente a frente sin combatir (1 S. 17:1-16). Al fin de ese período, David, que estaba en casa, fue enviado para llevar algunas provisiones a sus hermanos. El resto de la historia es muy conocida (vs 17-53): David mató a Goliat, se guardó la armadura del gigante como recuerdo, y más tarde puso la espada en el tabernáculo (v 54; 21:9). Que Saúl preguntara a Abner de quién era hijo David no significa que no lo conociera, sino que tal vez se olvidara del nombre del padre (17:55-58). Parece que estaba interesado en si el muchacho procedía de una familia de héroes y guerreros. Cuando le preguntaron a David, el humilde jovencito contestó simplemente que era el hijo de Isaí de Belén, y no señaló ningún antepasado notable. Se mostró modesto y no pidió que el rey cumpliera su promesa de enriquecer al hombre que venciera a Goliat, ni de hacerlo su yerno, ni lo eximiera de impuestos (v 25). La conducta de David -su llaneza, modestia, valor y piedad- le ganó la admiración de Jonatán, el príncipe heredero, y ambos llegaron a ser muy amigos (18:1, 3). Esta amistad sobrevivió a grandes dificultades, y nunca murió. Su devoción y lealtad mutuas ha sido pocas veces repetida y probablemente nunca fue sobrepasada.
Saúl ya no permitió que David lo abandonara (1 S. 18:2), pero su relación con el joven se transformó en celos y odio cuando vio que el joven era aclamado como un héroe mayor que él. Entonces, molesto por presentimientos de que David llegara a ser el rey (vs 6-9), hizo planes para asesinarle. En un arranque de ira intentó matarlo mientras tocaba la lira (vs 10, 11). Más tarde lo despidió (v 13), y dio la hija prometida a David a otro hombre (vs 17-19). Al notar más tarde que su hija menor amaba a David, se la ofreció en matrimonio a cambio de que matara a 100 filisteos como dote matrimonial, esperando que éstos acabaran con él (vs 20-27). David, sin embargo, alcanzó la victoria en todos los enfrentamientos con los filisteos, y llegó a ser cada vez más amado y honrado por el pueblo. Esto sólo hizo aumentar el temor y odio mortal de Saúl hacia él (vs 28-30). Llegó el momento en que pidió a los miembros de su corte, entre quienes había enemigos de David (24:9), que lo asesinaran (19:1). La intervención de Jonatán produjo un breve respiro (vs 2-7), pero el resentimiento de Saúl revivió muy pronto, e hizo otro intento de matarlo con su lanza (vs 9, 10). Más tarde trató de arrestarlo, pero David, con la ayuda de su esposa, escapó hasta donde estaba Samuel (vs 11-19). Después de otro intento de Jonatán de reconciliar a su padre con David, aquél llegó a convencerse de que ya no era seguro para su amigo permanecer en la corte. Los 2 se separaron, asegurándose mutuamente su devoción (cp 20). Parece que después de esto sólo se encontraron una vez más (1 S. 23:16-18).
c. Como fugitivo.
Con unos pocos seguidores fieles, David abandonó la capital, y por engaño obtuvo algunas provisiones y la espada de Goliat del sumo sacerdote en Nob (1 S. 21:1-9). Como consecuencia indirecta de este subterfugio, todos los sacerdotes de Nob, con excepción de uno, fueron asesinados (22:6-19). En su desesperación, David buscó refugio entre los enemigos nacionales, los filisteos. Cuando descubrió que corría peligro en Gat, escapó haciéndose el loco (21:10-22:1). Volvió a Judá y permaneció en una cueva en Adulam, en la zona montañosa al sudoeste de Belén, pero llevó a sus padres a Moab por razones de seguridad (22:1-4). Reunió alrededor de sí una banda de hombres descontentos que pronto llegó a las 400 personas (v 2), y más tarde a unas 600 (23:13). Entre ellos estaba Abiatar, el único sacerdote que escapó de la masacre de Saúl en Nob; por ello, el grupo de David no estaba privado de conducción espiritual (22:20-23).
Cuando los habitantes de Keila fueron molestados por los ataques de los filisteos, David los libró. Sabiendo dónde estaba David, Saúl salió para atacarlo, pero el perseguido huyó al desierto de Judá, donde Saúl prefirió no seguirlo. Mientras estaba en el desierto de Zif, David fue visitado por Jonatán y fue perseguido otra vez por Saúl, y casi fue capturado. Sin embargo, Saúl abandonó la persecución a causa de la noticia de una invasión filistea (1 S. 23:1-28). Luego David se trasladó a la región agreste alrededor de En-gadi, cerca de la orilla occidental del Mar Muerto. Saúl, persiguiéndolo nuevamente, sin darse cuenta entró en una cueva ocupada por David, dándole a éste la oportunidad de vengarse. Sin embargo, desistió de hacerlo; con lo que convenció al rey de su inocencia. En consecuencia, Saúl dejó por un tiempo de molestar al fugitivo (1 S. 23:29-24:22).
Mientras estuvo en el sur de Judá, la compañía de David protegió al pueblo de la región de los ladrones. En recompensa, David esperaba que la gente le suministrara las provisiones que necesitaban él y su grupo. Cuando se acercaron a Nabal, un rico ganadero, éste no sólo no les dio las provisiones pedidas sino que lo insultó. Sólo el ingenio y la sabiduría de Abigail, la esposa de Nabal, lo salvaron de la ira de David; cuando poco después murió Nabal, la tomó por esposa (1 S. 25:2-42). Más tarde, los de Zif, que ya lo habían traicionado una vez (23:19), informaron de nuevo a Saúl de la presencia de David cuando entró en su territorio. Habiendo olvidado su promesa de dejarlo en paz, el rey comenzó una nueva campaña contra él, y nuevamente cayó en manos de David. Otra vez éste le perdonó la vida, y nuevamente Saúl prometió la paz a su rival (1 S. 26). Sin embargo, no podía confiar en Saúl. Cansado de ser un fugitivo en su propio país, hizo un 2º intento de encontrar refugio entre los filisteos. Entretanto, éstos se habían convencido de que David, como enemigo de Saúl, era aliado de ellos, y le permitieron vivir en su territorio. Aquis, rey de Gat, le dio Siclag, un pueblo en la frontera sudorientas del territorio filisteo (27:1-6). Durante su estadía de un año y 4 meses en Siclag, David realizó correrías contra varias tribus del desierto, pero les dijo a los filisteos que había estado peleando contra Judá (vs 7-12). Cuando los filisteos se reunieron para atacar a Saúl en el monte Gilboa, David y sus 600 hombres los acompañaron, pero fueron enviados de vuelta por temor a que desertaran en favor de los israelitas. Cuando David y sus seguidores volvieron a Siclag, y descubrieron que el pueblo había sido destruido por los amalecitas y que todas las personas que dependían de ellos habían sido llevadas prisioneras, rápidamente los siguieron y tuvieron éxito en recuperar tanto los bienes como a los prisioneros (28:1, 2; 29:2-30:20). Al escuchar la noticia de la derrota de Israel, y de la muerte de Saúl y de Jonatán, lamentó su muerte con un hermoso poema (2 S. 1).
d. Como rey de Judá.
Abner, comandante en jefe de Saúl, puso de inmediato en el trono a Is-boset, en Mahanaim, al este del Jordán, pero la tribu de Judá se separó de Israel y coronó a David como rey en Hebrón (2 S. 2:1-10). Esta división produjo batallas constantes entre los 2 grupos durante unos 7 1/2 años, hasta que Abner, y luego Is-boset, fueron asesinados. Con ello, las tribus quedaron sin rey e invitaron a David a asumir el reino sobre toda la nación (2:11; 3:6-5:5). David tenía entonces unos 37 años, y varias esposas e hijos (5:4, 5; 3:2-5).
e. Como rey de Israel y Judá.
El primer acto de David como rey de las 12 tribus fue conquistar Jerusalén de los jebuseos. Hizo de ella la capital del reino y la llamó la "ciudad de David" (2 S. 5:6-10). Como Jerusalén estaba entre Judá y la parte más meridional de las tribus del norte, y no pertenecía a ninguna de ellas, la selección de esta fortaleza como la nueva capital de la nación no despertó celos entre las tribus. En varias batallas contra los filisteos, David logró derrotarlos tan completamente que dejaron de ser una amenaza para Israel (2 S. 5:17-25; 8:1; 21:15-22; 1 Cr. 14:8-17; 18:1; 20:4-8). También hizo guerra contra los moabitas, los arameos de Soba y de Damasco, los amonitas, los edomitas y los amalecitas (2 S. 8:10; 12:26-31). Victorioso en todas las batallas, pudo extender sus territorios a las regiones vecinas, y así aumentó los recursos de la nación y su fama personal.
David también asumió el liderazgo en materia religiosa. Trajo el arca de Quiriat-jearim a Jerusalén y la puso en una carpa-santuario (2 S. 6; 1 Cr. 13:1-16:6). Hizo planes para un templo permanente, pero por orden divina le fue impedido su construcción. Sin embargo, realizó muchos preparativos para ello (2 S. 7; 1 Cr. 17; 22:7-10), y organizó en forma muy completa el personal eclesiástico: sacerdotes, levitas, músicos y cantores, guardia del templo y otros servidores (1 Cr. 23:2-26:28).
Pero David no sólo obtuvo triunfos, también experimentó serias dificultades en su reinado. Su notorio adulterio con Betsabé y su artimaña para provocar la muerte de su esposo en batalla resultó, a pesar de su arrepentimiento, en una quiebra de la disciplina en su propia familia y una serie de actos ilegales que finalmente condujeron a una guerra civil (2 S. 11:1-12:23). Esta se inició cuando su hijo Absalón se rebeló contra él y lo obligó a huir a Transjordania. En la batalla que siguió, Absalón fue muerto y David recuperó el trono (cps 13-19). La 2ª revuelta, instigada por Sheba, también fue aplastada (cp 20). Además de estos problemas, hubo hambre (21:1) y una plaga (ocasionada por su orgullo, que lo llevó a realizar un censo del pueblo; cp 24). Poco antes de su muerte, tuvo nuevos problemas cuando su hijo Adonías intentó tomar el trono. Esta vez, los esfuerzos de Natán el profeta controlaron la subversión y consiguieron que se proclamara rey a Salomón (1 R. 1). Poco después de esto, murió, no sin antes haber amonestado a Salomón con respecto a su futuro curso de acción. David gobernó un total de 40 años después de la muerte de Saúl: 7 años en Hebrón y 33 en Jerusalén (2 S. 2:11; 5:4, 5; 1 Cr. 29:27).
f. Como poeta y músico.
David debió haber tenido un talento musical notable para ser elegido por Saúl como músico de la corte. Amós (Am. 6:5) le atribuye la invención de varios instrumentos, y Esdras y Nehemías también se refieren a su actividad en relación con los planes para la música del templo (Esd. 3:10; Neh. 12:24, 36, 45, 46). Sin embargo, la mayor contribución del "dulce cantor de Israel" (2 S. 23:1) fue como poeta y compositor de numerosos himnos religiosos. Escribió elegías sobre Saúl, Jonatán y Abner (1:17-27; 3:33, 34), y poemas profundamente espirituales sobre muchas experiencias de su agitada vida: mientras era perseguido y vivía como fugitivo (véanse los títulos de los Sal. 34, 56, 57, 59, 63, 142); su profundo arrepentimiento por su gran pecado (Sal. 51); en la dedicación de la carpa-santuario (Sal. 30); cuando huyó de Absalón (Sal. 3); en días de liberación y victoria (2 S. 22; cƒ Sal. 18); etc. Por medio de sus salmos, que han sido leídos y cantados por judíos y cristianos durante siglos, ayudó a moldear los conceptos religiosos de multitudes, y su influencia sobre la iglesia cristiana no puede ser sobreestimada.
g. Como hombre "según su [de Dios] corazón ".
Designación dada por Samuel antes que fuera corrompido por el poder (1 S. 13:14). Aunque David no vivió una vida sin manchas, y aun cuando cargó su corazón con una pesada culpa (1 R. 15:5), supo cómo arrepentirse y cómo aceptar los resultados de sus transgresiones sin rebelarse (2 S. 12:13; 16:10; Sal. 51). Fue un rey ilustre, fundador de una dinastía hebrea que duró unos 425 años, un gran líder religioso, un verdadero siervo de Dios y un antepasado del Mesías, que a su vez fue hijo de David y de Dios (Mt. 22:41-45).
¿QUIEN RRA ADONÍAS?
Adonías
(heb. 'Adôniyyâh[û], "Yahweh es mi Señor"; aparece en un antiguo sello heb. encontrado en Jerusalén).
Cuarto hijo de David, nacido en Hebrón. Su madre fue Haguit (2 S. 3:2, 4). Cuando David era viejo, Adonías, aparentemente el mayor de los príncipes reales sobrevivientes, hizo un intento de tomar el reino; sin duda sabía que su padre, siguiendo instrucciones divinas, hacía planes de poner en el trono a Salomón. Con el apoyo de Joab, comandante en jefe, y de Abiatar, uno de los principales sacerdotes, Adonías se hizo proclamar rey en una fiesta junto al muro cerca de la fuente de Rogel, al sur de Jerusalén. Sin embargo, le faltaba el apoyo de Sadoc (el otro de los principales sacerdotes), Benaía (comandante de la guardia real) y Natán (el profeta). Estos informaron a David de la actividad traidora de Adonías y le recordaron sus promesas acerca de Salomón. Entonces David dio la orden de coronar a Salomón de inmediato en Gihón. Cuando Adonías supo de ello, huyó al templo y se aferró de los cuernos del altar, reconociendo de ese modo su culpabilidad. Salomón lo perdonó, pero bajo ciertas condiciones (1 R. 1:5-53). Cuando, más tarde, Adonías pidió permiso para casarse con Abisag, la gente sospechó de que estaba haciendo planes de obtener un título legal al trono. Como resultado, Salomón ordenó que Benaía lo ejecutara (2:13-25).
¿QUIEN ERA SADOC?
Uno de los 2 principales sacerdotes durante el reinado de David. Era descendiente de Aarón por medio de Eleazar (1 Cr. 24:3), hijo de Ahitob (2 S. 8:17) y uno de los príncipes de las tribus del norte que vino a Hebrón con el fin de invitar a David a que fuera el rey de toda la nación (1 Cr. 12:23, 28). El y Abiatar, que habían sido los principales sacerdotes de David mientras éste todavía huía de Saúl, compartían como iguales sus deberes y derechos (2 S. 17:15; 19:11; 20:25). Cuando Absalón se rebeló, los 2 sacerdotes se quisieron unir a David y seguirlo en su exilio, pero éste les pidió que se quedaran en Jerusalén (15:24,29). Después de su victoria sobre Absalón, los envió para que convencieran a los ancianos de Judá con el fin de que lo invitaran a regresar a la capital (2 S. 19:11). Cerca del fin del reinado de David los 2 hombres discreparon acerca de quién debería ser su sucesor en el trono. Abiatar apoyó el fallido intento de Adonías de apoderarse del reino. Sadoc permaneció fiel a David, y tanto él como el profeta Natán tuvieron éxito cuando lograron que Salomón fuera coronado antes que los esfuerzos de Adonías alcanzaran su objetivo (1 R. 1:7,8,32-45). Como resultado de su actitud, Abiatar fue depuesto del sacerdocio por Salomón y enviado a su hogar en Anatot (2:26,27). Sadoc quedó como el único sumo sacerdote (v 35) y continuó desempeñando ese cargo hasta su muerte.
¿Quién era BENAÍA?
(heb. Benâyâh[û], "Yahweh ha edificado [hecho; edificó]" o "Yahweh [es] el constructor"; también aparece en antiguos sellos heb.).
Levita de Cabseel, en Judá (2 S. 23:20), cuyo padre -un líder del casa sacerdotal de Aarón- trajo 3.700 hombres para ayudar a poner a David en el trono (1 Cr. 12:27). Benaía, uno de los valientes de David, mató a 2 leones de Moab y a un gigante egipcio (2 S. 23:20, 21; 1 Cr. 11:22, 23). Fue el comandante de la guardia personal de David (2 S. 8:18; 20:23), y también dirigía la división militar del 3er mes (1 Cr. 27:5, 6). Junto con sus fuerzas permaneció fiel al rey durante la rebelión de Absalón (2 S. 15:18; 20:23) y durante la intentona de Adonías de apoderarse del trono (1 R. 1:8). Fue uno de los encargados de conducir a Salomón a la ceremonia de coronación en Gihón (v 38). Bajo Salomón fue el comandante en jefe de las fuerzas armadas (2:35), y cumplió con la orden de ejecutar a Adonías (vs 24, 25), a Joab (vs 28-34) y a Simei (vs 36-46).
¿Quién era ABISAG?
(heb. 'Abîshag, tal vez "mi Padre [Dios] es grande" o "padre del error").
Hermosa joven de Sunem que sirvió a David durante su vejez (1 R. 1:1-4, 15). Después de la muerte de David, Adonías pidió casarse con ella. De acuerdo con las leyes orientales, esto se consideraba un intento de tomar el trono (cf 2 S. 16:21, 22), de modo que Adonías fue ejecutado como culpable de alta traición (1 R. 2:17-25).
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