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Lección _08_La atmosfera de alabanza

La atmósfera de alabanza

Capítulo 8

Para el 22 de mayo de 2010

Desde la fría cisterna del aire de la medianoche mi espíritu bebió el reposo; la fuente de la perpetua paz fluye allí. De aquellas profundas cisternas fluye. Himno a la noche, Henry Wardsworth Longfellow

El aire: activador de nuestra vitalidad

Una de las cosas que todavía me gustaría hacer, es realizar una gira por Tierra Santa. Siento que mi comprensión de muchas partes de la Biblia sería iluminada y enfocada más claramente si pudiera ver los lu­gares reales acerca de los cuales uno lee en el Libro Sagrado. No obstante, a veces las imágenes que crean nuestras mentes son tan vividas y significativas para nosotros como si estuviéramos presentes en el lugar.
No estoy muy seguro de si el aposento alto que utilizaron los discípu­los fue él mismo que usó Jesús para la Santa Cena, pero supongo que lo fue. Imagino el significado que la presencia de Cristo le otorgó a aquella estancia, lo mismo que el acto de partir el pan, luego ofrecerles la copa y pronunciar sus inmortales palabras: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es partido». Y después, «Esta es mi sangre del nuevo pacto que es derramada por muchos». Vislumbro el lugar donde Cristo apareció a sus discípulos y a otros amigos después de su resurrección; donde comió el pescado y la miel para probarles que esta­ba vivo y que era real; el aposento donde apareció a Tomás, tomando la mano del hombre de poca fe y animándolo a que explorara las heridas con sus propios dedos. Estoy seguro que aquel fue un lugar sagrado para los discípulos.
Jesús les había dicho que debían permanecer en Jerusalén hasta que recibieran el Consolador. Los discípulos se reunieron diariamente y estoy seguro que contaron y volvieron a contar las experiencias vividas en los años que habían pasado con el Maestro. Deben haber evocado los recuerdos de sus milagros y sus sermones y, sencillamente, las conversaciones que tuvieron con él. Luego, en oración, pedían a Dios que les re­velara su voluntad para sus vidas. Imagino que fueron días de ansiedad, e incluso de temor, mientras luchaban para encontrarle propósito y sentido a su existencia. Habían visto a lesús ascender al cielo. Después se quedaron boquiabiertos, cuando el ángel les dijo que Jesús vendría otra vez. Pero, ¿cuándo? ¿Y cuál era la función que debían cumplir mientras esperaban?


Y mientras estaban en oración y alabanza ocurrió algo que nunca hubieran imaginado. La puerta estaba cerrada. Algunos se hallaban sentados, otros de pie y, tal vez, otros conversaban en grupos. De repente, un sonido de viento recio llenó la habitación, y llamas, como lenguas de fuego, se posaron sobre ellos. Puedo imaginar que todos, asombrados, miraron hacia los lados, tratando de comprender lo que estaba ocurriendo. Luego, en la misma forma en que Elias había sentido el viento y visto el fuego, después un silbo apacible y delicado, y una sua­ve voz lo había convencido de la presencia de Dios, los discípulos sintieron que el Espíritu Santo tomaba posesión de ellos. Una transformación se operó en la parte consciente de sus mentes, y cada uno supo que había sido totalmente cambiado. Cada partícula de su ser entró en la órbita del Espíritu.
Esta analogía del Espíritu viniendo como un viento o aire es la mis­ma que usó Moisés para describir la presencia de vida en Adán. Las palabras que usó fueron: «sopló en su nariz» aliento de vida.


Podemos comprender mejor lo apropiado de esta metáfora cuando conocemos la función del oxígeno como elemento esencial para la vida. Esencial para el metabolismo de cada molécula de carbohidrato, proteína o grasa sobre la tierra, el oxígeno es el conductor esencial. Sin oxíge­no, toda la vida que hay sobre la tierra dejaría de existir. Sin la presencia del oxígeno en cada mitocondria, la vida se detendría abruptamente.
El aire es una mezcla de gases: el 70 por ciento es nitrógeno, el 21 oxígeno y el 0.9 argón; el resto son gases como dióxido de carbono, helio, hidrógeno, etc. En cualquier momento dado portamos un litro de oxígeno en nuestra sangre, en nuestros pulmones y en los tejidos del cuerpo. Las células del cerebro comienzan a morir si son privadas de oxígeno durante más de cuatro minutos. Por esa razón, el lema de la Asociación Americana del Cáncer «Es un asunto de vida o respiración», es muy apropiado. La capacidad para respirar, así como para comprender la importancia del elemento vital llamado oxígeno, es esencial. Necesitamos aire para la vida, y aire puro y fresco para la salud.
El oxígeno facilita la eficiente función de las células permitiendo la metabolización de los nutrientes y la transferencia de energía dentro de ellas. Es la razón por la cual necesitamos respirar aire puro y limpio. El aire fresco en los edificios es dañado cuando el humo del tabaco, el esmog y otros contaminantes son reciclados en el sistema de aire acondicionado. Por otra parte, el aire fresco y de buena calidad, por lo general, abunda en los lugares abiertos y en el campo, especialmente donde hay árboles y plantas verdes, en las montañas y bosques, cerca del agua en movimiento como lagos, océanos, ríos y cascadas, y después de la lluvia. Se estima que las algas del océano proporcionan casi el noventa por ciento del oxígeno que hay en la atmósfera y el otro diez por ciento vie­ne de las plantas de la tierra. ¡El aire fresco es vigorizador! Por eso nos sentimos tan bien cuando estamos cerca de una cascada o del mar. Esta puede ser una de las principales razones por la que son tan populares los centros vacacionales en las montañas o junto al mar. Y en los hoga­res y las oficinas, las plantas vivas mejoran el aire eliminando el dióxido de carbono y purificando el ambiente con oxígeno.


El aire contaminado se encuentra principalmente en las autopistas y grandes avenidas que cruzan las ciudades, en los aeropuertos y en cual­quier lugar cerrado y con poca ventilación. El aire contaminado, lleno de humo de tabaco, está asociado con el aumento de la ansiedad, la migraña, las náuseas, el vómito, los malestares oculares, la irritabilidad y la congestión respiratoria. Seis millones de habitantes de la tierra, mayormente niños, mueren cada año por infecciones respiratorias agudas que se ven agravadas por la contaminación de interiores originada, por lo general, por falta de ventilación o por cocinas sin adecuada salida de humos. Las muertes por infecciones respiratorias agudas, a nivel mundial, son tres veces más elevadas que la malaria y de mayor incidencia que la diarrea. Como es algo tan importante para la salud, deberíamos hacer esfuerzos para respirar profundamente aire puro, por ejemplo, haciendo ejercicios al aire libre todas las mañanas. Nuestro cuerpo entero tendría más energía que la que podría lograr ejercitándose en cuartos malolientes, con aire reciclado en salas llenas de humo, en oficinas congestionadas o en ruidosas fábricas.


Muchos informes de molestias y síntomas concretos están relaciona­dos con los ambientes de las oficinas que, para describirlos, se ha acuñado la expresión «síndrome de edificios enfermos». Esto se observa par­ticularmente en los edificios sellados, que disponen de una ventilación mecánica centralmente controlada. Algunas afecciones asociadas son: alergias, infecciones y agravamiento del asma a causa de los compuestos irritantes que se encuentran en el aire. Esto destaca la importancia de respirar aire fresco y puro.


Respirar es una actividad natural y espontánea. Cada día inhalamos y exhalamos aproximadamente veinte mil litros de aire. A medida que el aire llega a nuestros pulmones, el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono tiene lugar en más de seiscientos millones de saquitos llamados alveolos. Los alveolos pulmonares están formados por una red de finos capilares que contienen sangre.


El aire y la sangre están separados por esas finísimas paredes de solo dos células de grosor, a través de las cuales se produce el intercambio de gases por difusión. La sangre que es pobre en oxígeno, pero saturada de dióxido de carbono, es llevada a los pulmones para que el dióxido de carbono sea liberado y el oxígeno recogido. Luego, muchos millones de glóbulos rojos llevan esta sangre rica en oxígeno a todas las células y tejidos del cuerpo, alimentándolos, dándoles con ello vida. ¡Este intercambio de oxí­geno y dióxido de carbono ocurre en milésimas de segundo y toma aproximadamente un minuto para completar un circuito completo del cuerpo!


La nanotecnología ha permitido imágenes ultramicroscópicas del flujo de oxígeno. Recuerdo haber visto un video del flujo del oxígeno a través de una mitocondria, como si fuera una corriente de agua circulando a través del interior de una planta de energía de una célula. Esas moléculas de oxígeno, esenciales para la vida, son como el Espíritu de Dios, o el poder de Dios en la vida. Por supuesto, un ateo no percibe esas similitudes, pero, para el creyente, el Espíritu de Dios es tan esencial como el oxígeno.
El proceso de la muerte no permite un análisis bioquímico de dicho proceso. Sin embargo, existe un proceso de la muerte. He observado a la gente morir, y la sensación de impotencia del médico en presencia de los enfermos agonizantes es una experiencia horrible, pero real. Los productos metabólicos se acumulan gradualmente. Los mecanismos celu­lares que normalmente regulan las concentraciones intra y extracelular de electrolitos empiezan a fallar en sus esfuerzos por mantener el equi­librio. El uso del oxígeno del cuerpo se vuelve ineficiente y una circula­ción defectuosa falla en su distribución. Los centros en la médula co­mienzan a estimular una respiración más profunda. Es posible que la persona comience a luchar por respirar, pero las presiones parciales de oxígeno continúan disminuyendo. A medida que el proceso de muerte continúa, los médicos pueden infiltrar líquidos y corregir el equilibrio de ácidos, pero a menos que el proceso se revierta, el paciente pierde la conciencia. El oxígeno ya no reemplaza al dióxido de carbono, las ti­nieblas envuelven al paciente y un jadeo final indica que el colapso ce­lular ha marcado el punto de la muerte.
Del mismo modo que el oxígeno y el aire son esenciales para la vida física, así lo es el Espíritu de Dios, el agente revitalizador de nuestra vida espiritual.

Vacaciones

Las vacaciones son preciosas para las familias. En la nuestra hemos disfrutado muchas vacaciones juntos, y uno de nuestros lugares favoritos son las islas Turcos y Caicos, en el Caribe. Una vez, mientras está­bamos de vacaciones allí, mi esposa y yo decidimos aprender a bucear. Las clases fueron muy interesantes. Primero tuvimos que aprender cómo funcionan los aparatos de buceo. El regulador es una pieza esencial del equipo, permitiendo al buzo respirar aire del tanque sin la presión que tiene dentro. El aire está comprimido en el tanque a más de cincuenta kilos por centímetro cuadrado. Sin embargo, el regulador permite que el aire entre a la máscara a la presión del ambiental, y el acto de aspirar dicho aire abre una válvula que permite que más oxígeno fluya del tanque.
Lo interesante es que a medida que uno baja en el agua, la presión aumenta con la profundidad. A los once metros, la presión aumenta en la misma cantidad que la presión de una atmósfera, esto es, de más de dos kilos y medio por centímetro cuadrado. Esto significa que el volu­men de un balde de aire en la superficie es la mitad de la de un balde a once metros de profundidad. Cada tramo de once metros que uno baja comprime el aire en el regulador: quiere decir que la concentración o densidad del aire que estamos respirando se ha incrementado. Como el submarinista mismo es objeto de compresión y la presión es distribuida en forma pareja a través de todo su cuerpo, la presión incrementada no produce cambios circulatorios de gran magnitud a profundidades de hasta unos treinta metros.


Sin embargo, el tiempo se convierte en un factor muy importante porque a medida que los gases se distribuyen por los tejidos, lo hacen a una mayor presión. Los submarinistas notan un marcado cambio en el volumen de aire en sus oídos a medida que descienden los primeros cinco a diez metros, donde el volumen se comprimirá el cincuenta por ciento. Los cambios se producen a una magnitud decreciente a medida que uno desciende los siguientes diez metros, y el suave descenso puede causar un mínimo malestar, más o menos después de los primeros diez metros. Por supuesto, en el ascenso ocurre la expansión de los gases.


Recuerdo que cuando comencé a bucear por primera vez, a unos tre­ce metros de profundidad estaba teniendo problemas con mi control de flotabilidad. 1 labia inflado mi chaleco con demasiado aire y comencé a ir hacia arriba. El aire de mi chaleco se expandió rápidamente a medida que ascendía a la superficie, haciendo que mi ascenso fuera cada vez más rápido. Me entró un poco de pánico y traté de vaciar el aire del chaleco (llamado aparato de control de flotabilidad), pero presioné el botón de «inflar» en lugar del de «desinflar».


En ese instante comencé a subir velozmente. Comprendiendo que ese ascenso tan rápido era sumamente peligroso, comencé a «gritar», para sacar aire de mis pulmones. Mi continua acción de expeler el aire estaba acompañada por el terror de la descompresión, que consiste en que el aire en los tejidos, liberados repentinamente de la presión, forma «burbujas». Si esto ocurre en los vasos capilares puede obstruirlos, y si dichos vasos son los del cerebro, pueden producirse daños graves. Por fortuna, solo había llegado a descender unos trece metros y solo había estado sumergido unos minutos; por eso estoy aquí para contarles esta experiencia. Si hubiera bajado digamos veinticinco metros, durante unos treinta o cuarenta minutos, me habría visto en serias dificultades.
Cada célula de nuestro cuerpo recibe oxígeno e, incluso, el inerte nitrógeno que está en el aire que respiramos. Esto significa que el corazón, el cerebro, los ríñones, los pulmones, los huesos, el hígado, los múscu­los, la piel, etcétera, todos reciben aire, pero especialmente oxígeno.

De una manera especial, el «aliento» de Dios, o su Espíritu, influye en cada aspecto de nuestra vida. Es esta relación con cada fibra de nuestro ser la que está en el centro de las creencias que sostienen los adventistas del séptimo día: que el cuidado de la salud incluye todos los as­pectos del bienestar del individuo. De hecho, en las instituciones de salud adventistas hablamos de una «atención integral». El lema del Centro Médico de la Universidad de Loma Linda, perteneciente a la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, es: «Tratar al hombre completo». El término hombre es, por supuesto, genérico; significa humanidad, pero es posible que el término «completo» no sea cabalmente comprendido.
Dios está preocupado por el hombre total, completo. El apóstol Juan expresó un interés similar, cuando escribió a Gayo: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas y que tengas salud, así como prospera tu alma» (3 Juan 2).
El aliento de Dios, o su Espíritu, está interesado en la «totalidad» de cada uno de nosotros.
Algunos se enfocarán en lo físico comprendiendo, por ejemplo, que la complejidad de un desarreglo metabólico como la diabetes requiere el conocimiento de la anatomía y la fisiología. Los endocrinólogos se especializan en ese conocimiento, y comprenden muy bien la interacción entre la dieta y el metabolismo. La función del ejercicio en la regulación del azúcar en la sangre es también bien reconocida. Con frecuencia una comprensión de la resistencia a la insulina que se ve en el tipo II de diabetes cubre un amplio espectro de la bioquímica. Los factores nutricionales, como el papel de las diferentes proteínas sobre la resistencia a la insulina, será valorada en conjunción con una comprensión de la función de los diferente ácidos grasos. Por tanto, es fácil sumergirse en esa complejidad, cautivados por la delicadeza de los procesos metabólicos y, así, perder de vista «el todo».


Algunas veces los médicos olvidamos al paciente «total». Podemos estar tan preocupados por la valoración de los efectos de la medicación sobre la secreción de insulina o la sensibilidad a ella, y tan preocupados por el meticuloso manejo del azúcar en la sangre del paciente, que nuestro comportamiento al lado de la cama llega a ser rudo y áspero. O pensando en los estudios que muestran los enormes beneficios de un grupo de fármacos, comparado con otro, los médicos podemos ser pre­ceptivos y autoritarios. Luego nos sorprendemos cuando nuestros pacientes cambian de médico, quizás por otro menos capacitado, pero más comprensivo. Intuitivamente el paciente sabe que algo está faltando. Se siente como si lo hubieran puesto en una cadena de producción en serie. Su médico no estaba tratándolo como un todo.
El Espíritu Santo afecta no solo a nuestro yo físico, sino a nuestro todo. Si deseamos cuidarnos a nosotros mismos, debemos ser también como el Espíritu Santo, atendiendo cada componente del total de nues­tra vida. La dieta y el ejercicio, el sueño, el descanso y la luz solar pueden mejorar nuestro bienestar físico, pero también afectan nuestra parte mental. La salud mental es tan importante como la salud física.


Hace poco estaba yo en un aeropuerto buscando un libro para leer durante el viaje, cuando vi uno titulado I hope They Serve Beer in Hell (Espero que sirvan cerveza en el infierno). Interesado como estoy en el equilibrio de la vida, o temperancia como la gente religiosa lo conoce, tomé el libro para ver si podría serme útil. Pronto comprendí que era más que el retrato de una vida sórdida. El escritor hablaba de juergas y atracones, de promiscuidad sexual y, al parecer, de una interminable ronda de incursiones hedonísticas como una expresión de su libertad y su individualidad. En la cubierta del libro había extractos de comentarios que calificaban al autor de «vil», «emancipado», «demonio», o un «ico­no», dependiendo de la actitud o disposición del lector. Obviamente, la actitud mental tanto del autor como de sus lectores impactará su salud, en formas muy tangibles, un poco más adelante en el camino de la vida.

En su maravilloso libro Mindset (Mentalidad), Carol Dweck muestra cuan importante es nuestra actitud o disposición mental para disfrutar y tener éxito en la vida. También es importante para nuestra salud, para nuestra capacidad para alabar a Dios y, por supuesto, para ser una alabanza viviente.


Por eso se nos amonesta: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús». Ciertamente, el fruto del Espíritu se manifiesta en los atributos mentales del amor, el gozo, la paz, la paciencia, la amabilidad y la mansedumbre.
Al igual que las moléculas de oxígeno penetran en todas las células, el «aliento de vida», el Espíritu Santo, inyecta la mente con pensamientos que son puros, buenos y motivados por el amor.


Es difícil para alguien que está sufriendo tener pensamientos equilibrados, y viceversa. La gente con pensamientos desequilibrados tiene dificultades para mantener buena salud física. Pero más allá de nuestra salud física está nuestra salud emocional.
Cuando yo era pequeño, a los niños se nos hacían muchas pruebas de coeficiente intelectual. Más tarde se demostró que aquellas pruebas estaban prejuiciadas por la cultura, por el estatus social y por otros factores. Además, cuando los maestros se enteraban de que un estudiante tenía un coeficiente intelectual más alto o más bajo lo trataban en consecuencia, con el resultado de que el aprendizaje se convertía en una profecía autocumplida. Más recientemente hemos oído hablar de la «inteligencia emocional», o coeficiente intelectual emocional. Tales cifras son muy limitadas en su aplicación, pero ilustran que ciertos factores impactan nuestra salud en general más que solamente en nuestro bienestar físico.


Todos hemos leído del trauma a largo plazo que se inflige a quienes han sufrido abusos en su niñez. Muchas veces nos olvidamos del impacto que nuestro comportamiento puede tener sobre otros. Esto es especialmente cierto en relación con la salud de los demás miembros de nuestra familia. La desvalorización repetida de un cónyuge, quizás en palabras, en hechos o en acciones conduce a la mala salud emocional. Si no damos crédito a los demás, si somos sarcásticos, o el mencionar los errores de los demás puede provenir de nuestra mala salud emocional o de nuestra inseguridad. Los padres que son muy exigentes con sus hijos, como yo tenía la tendencia a ser, pueden hacerlos inseguros al intentar protegerlos de la incertidumbre pero, en realidad, lo que les enseñan es, precisamente, a ser inseguros. La incapacidad para alcanzar las expecta­tivas del padre puede causarles mucha angustia y dolor.


Se esperaba que el hijo de uno de mis pacientes obtuviera una calificación del ciento por ciento todo el tiempo. Cuando un examen que tomó reveló que había sacado solamente el noventa, intentó suicidarse aspirando el humo del escape de su automóvil. Lo encontraron antes de que muriera, solo para vivir en lo sucesivo con daño cerebral.
El «aliento de Dios» produce gozo como uno de sus frutos, y el deseo de hallar a Dios a través de la ayuda de su Espíritu es, quizás, más poderoso que el deseo de hallar gozo en sí mismo. Otra forma en que el Espíritu nos imparte su «alabanza viviente» es dándonos esperanza. A medida que pasan los años comprendo cada vez mejor la fragilidad de nuestra vida. A medida que más y más amigos míos sucumben a la enfermedad, a los procesos degenerativos y a la muerte, la esperanza se convierte en un sentimiento muy valioso. La esperanza en situaciones donde el cáncer merodea, o donde el Alzheimer nubla con su sombra las vidas de la familia, se convierte en una expectativa de supervivencia y el Espíritu asegura la parte emocional de nuestro ser con la promesa de la salvación.


Si bien la esperanza puede ser más acariciada a medida que envejecemos, entre los jóvenes la salud social depende en mayor medida de las relaciones. Somos seres físicos, mentales, emocionales y sociales. Nuestra salud social también es influida por la obra del Espíritu Santo, en la medida en que este satura ese aspecto de nuestra vida.
Lina sociedad que acepta los valores dados por la fe en Dios es proclive a la tolerancia, la compasión, la protección de los débiles y la atención a los más vulnerables. Se convierte en una sociedad más agradable y más solidaria. Los jóvenes que sienten la influencia del Espíritu se vuelven más capaces de aceptar a otros, más tolerantes con las imperfecciones físicas, mentales y emocionales de los demás. Todos se benefician de esas relaciones. Tristemente, el abandono de la educación moral y emocional en nuestras escuelas conducirá a una generación de gente sin fe, moralmente mutilada.
La fuerza más poderosa y cohesiva en la dinámica de una pandilla es la aceptación que confiere el ser miembro de la misma. Los lazos entre sus miembros se convierten en poderosos medios para transmitir los valores de la pandilla. Violencia, robo, peleas, incluso violar y asesinar son valores aceptados, adoptados, debido a la necesidad emocional de ser aprobados por el grupo. Una y otra vez se ha demostrado que las relaciones seguras y leales son los vehículos más importantes para compartir los valores.
De manera similar, el servicio es el poder que consolida los valores en la vida de los adolescentes y de los jóvenes. Con mucha frecuencia se imparte la educación como una acumulación de hechos, un conjunto didáctico de realidades. Y luego nos preguntamos, ¿qué falló? ¿Por qué el 85 por ciento de los adolescentes no usan condón en las relaciones sexuales, cuando el 99 por ciento de ellos conocen sobradamente el riesgo que corren? ¿Por qué —nos preguntamos— esos muchachos que saben que fumar hace daño, adquieren el hábito de todos modos?


La respuesta es que las presiones emocionales y sociales son mayores que la valoración razonada de los hechos. Tan perniciosos pueden ser los resultados de estos comportamientos de riesgo que el joven o la se­ñorita sucumben a condiciones que les causarán problemas para toda la vida. El joven infectado por el virus VIH vive una vida de ansiedad, de remordimiento y con la interminable batalla contra la enfermedad. El adicto al tabaco puede, como MarkTwain, dejarlo una docena de ve­ces solamente para caer repetidamente como víctima de la sirena llama­da Doña Nicotina. Incluso el presidente Barack Obama, a pesar de sus grandes talentos, cuando se escribieron estas líneas todavía no había podido abandonar el vicio del tabaco. Obviamente, la prevención es mucho mejor que la cura, pero nosotros estamos socialmente enfermos y nuestras interacciones sociales deben ser permeadas por el aliento del Espíritu de Dios.
Es evidente, por lo tanto, que tan importante como el aire puro para nuestra salud física, es el Espíritu Santo para nuestra salud integral. Es indispensable que todos reconozcamos nuestra parte en la contamina­ción de la atmósfera del planeta, pero lo es igualmente que reconozca­mos la contartiinación en el aspecto espiritual.


La espiritualidad y la salud son los grandes temas de discusión en ins­tituciones tan acreditadas como la Universidad de Harvard. Los estudios muestran que nuestra sociedad se encuentra en su punto más bajo de es­piritualidad. Dios está siendo atacado en muchos frentes. Su existencia ha sido negada a gritos por algunos y su participación en la vida cotidiana es puesta en duda seriamente por otros. Incluso la diversidad de religiones cuestiona seriamente su realidad. En la mayoría de los contextos, la pa­labra «espíritu» ya no tiene ninguna relación con el Espíritu Santo. Más bien se identifica con el vigor de nuestros compromisos o la fortaleza de nuestra participación en causas humanas. Solo muy raramente se refiere a la influencia de una persona de la Deidad.
Los libros de superación personal nos ayudan a encontrar dentro de nosotros mismos el poder, pero ignoran la ayuda externa que necesita­mos y podemos recibir. El pensamiento de la Nueva Era glorifica nuestro yo. Es un mensaje atractivo en una sociedad donde el egocentrismo y el egoísmo obran con todo su vigor. Ni siquiera los trágicos resultados, bien documentados —vistos en nuestra solitaria, aislada, insegura y an­siosa juventud—, logran unirnos para tratar de ayudar. La sociedad no se desvía fácilmente de su insensata senda de materialismo, de su fija­ción en «las cosas». Sin embargo, la sociedad está compuesta de indivi­duos y, si nosotros como tales permitimos que la atmósfera del cielo permee nuestras vidas, podemos, uno por uno, alterar la carrera desen­frenada que nuestra sociedad ha emprendido hacia su propia destruc­ción. Así como el Espíritu puede impregnar nuestro ser entero, nosotros, como individuos, podemos hacer lo mismo con toda la sociedad.
No es extraño que Edwin Hatch escribiera:

Sopla en mí, aliento de Dios,
lléname de nueva vida otra vez,
para que yo pueda amar lo que tú amas,
y hacer lo que tú haces.
Sopla en mí, aliento de Dios
hasta que mi corazón sea puro,
hasta que contigo solo sea una voluntad,
para hacer y soportar.
Sopla en mí, aliento de Dios,
hasta que sea totalmente tuyo,
hasta que lo terrenal se aleje de mí
y yo brille con tu fuego divino.
Esto es alabanza viviente, resplandecer con «el fuego divino».

Fuente: http://www.escuelasabatica.cl/2010/tri2/lecc8/leccion.htm

 

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  Cristo y su Ley

Autor: Keith Burton

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Cristo y su Ley  
  1. Las leyes en los días de Cristo (Levítico 1:1-9; Deuteronomio 17:2-6; Lucas 2:1-5;Hebreos 10:28; Santiago 2:8-12)
2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
8. La Ley de Dios y la ley de Cristo
9. Cristo, la Ley y el evangelio
10. Cristo, la Ley y los pactos
11. Los apóstoles y la Ley
12. La iglesia de Cristo y la Ley
13. El reino de Cristo y la Ley
 
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