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Capitulo_No_10_Los dos pactos

 

 

IV Trimestre de 2011

Libro Complementario

Una respuesta apasionada para una iglesia con problemas

Gálatas

Autor: Carl P. Cosaert

 

Capitulo 10

Los dos pactos

En la actualidad, probablemente ningún tema de las Escrituras genera más malentendidos que el de los dos pactos. Tanto el Nuevo Testamento como el Antiguo hablan de un pacto «nuevo» y de uno «antiguo». En ambos casos, las Escrituras des­criben el nuevo en términos positivos, mientras que señalan que el antiguo es defectuoso e inadecuado. La confusión surge por varias declaraciones negativas de Pablo en cuanto a la ley y el antiguo pacto (2 Corintios 3:6-9), y, en particular, Gálatas 4:24, pasaje en el que asocia el antiguo pacto con la promulgación de la ley en el monte Sinaí. En consecuencia, algunos cristianos creen que la promulga­ción de la ley en el Sinaí es incoherente con el evangelio, incluso han llegado a concluir que el pacto dado en el Sinaí representa una época en la historia de la humanidad cuando la salvación depen­día de la obediencia a la ley, y que, puesto que ese método acabó demostrando ser infructuoso, Dios tuvo que dar lugar a una nue­va dispensación en la que la salvación ya no tenía como base la obediencia, sino la gracia disponible a través de Jesús en el nuevo pacto.   .

Así, muchos identifican a Jesús y el Nuevo Testamento como el nuevo pacto, y entienden que la ley y el Antiguo Testamento perte­necen al antiguo pacto. El problema de esta perspectiva es que pasa por alto el hecho de que las Escrituras nunca restringen la promesa del nuevo pacto a la gente que vive después de los días de Jesús: era también una promesa que había sido dada a los creyentes del Anti­guo Testamento mucho antes del nacimiento de Jesús. El siguiente diagrama ilustra el típico punto de vista dispensacionalista sobre los pactos.

 

 

Antiguo pacto =

Época anterior al Calvario

Nuevo pacto =

Época posterior al Calvario

 

 

 

 

 


Lo básico de un pacto

El vocablo hebreo traducido «pacto» es berít. Esta palabra aparece casi trescientas veces en el Antiguo Testamento y se refiere a un contrato, un acuerdo o un tratado legalmente vinculante que estipula la naturaleza de una relación entre personas diversas. Los pactos pueden implicar acuerdos mutuos entre dos o más personas, como en un contrato mercantil, o pueden ser una decisión unilateral, como un testamento. En cualquiera de los dos casos, un pacto requería que todos los intervinientes fuesen «fieles» en el cumplimiento de las obligaciones asociadas con su compromiso. Los pactos mencionados específicamente en el Antiguo Testa­mento son de diferentes tipos e incluyen los personales entre individuos (Génesis 21:22-34; 31:44-54; 2 Samuel 3:12, 13), contratos matrimoniales (Malaquías 2:14), pactos entre reyes y sus súbditos (2 Samuel 5:3; 2 Reyes 11:17; Jeremías 34:8) y alianzas entre naciones (1 Reyes 15:19; Ezequiel 17:13).

Aunque los detalles específicos variaban de un pacto a otro, el núcleo de cada pacto incluía un aspecto relacional que traía consigo una obligación de fidelidad por las partes representadas. Vemos un buen ejemplo de esto en el pacto entre David y Jonatán. El pacto mutuo formal que decidieron hacer contenía mucho más que sentimientos de afecto entre buenos amigos (1 Samuel 18:3). También «los obligaba a demostrar [se] lealtad y cariño mutuos de ciertas maneras tangibles». [1] La forma en que se llevó a cabo realmente la encontramos presentada gráficamente en la manera en que Jonatán arriesgó su propia seguridad hablando favorablemente de David cuando su padre, el rey Saúl, estaba decidido a difamar el carácter de David. También aflora en la forma en que advirtió a David que huyera cuando Saúl se hubo propuesto matarlo (1 Samuel 19:20). Jonatán estaba dispuesto a ser fiel a su palabra, aunque ello le costara la vida.

De la misma manera que los contratos y los acuerdos legales desempeñan un papel en nuestra vida contemporánea, los pactos tuvieron un papel integral en la definición de la naturaleza de las relaciones cotidianas entre personas y naciones en todo el mundo antiguo durante miles de años. Sin embargo, sí que había una diferencia fundamental entre entonces y ahora. Mientras que formalizamos un acuerdo oficial poniendo nuestro nombre y firmando un acuerdo escrito, en la antigüedad los pactos en el Próximo Oriente solían conllevar la muerte de animales como parte del proceso de establecer o, literalmente, «cortar» un pacto.

¿Qué papel desempeñaba la muerte de un animal? La muerte de los animales simbolizaba qué ocurriría a cualquiera de las partes si dejaban de cumplir las promesas y las obligaciones a las que el pacto las obligaba. Un ejemplo de este aspecto de un pacto antiguo aparece en el siguiente fragmento de un pacto entre el gobernante asirio Ashur-nirari V y su vasallo Mati'-ilu.

«Esta cabeza no es la cabeza de un cordero tierno; es la cabeza de Mati'-ilu, es la cabeza de sus hijos, sus magnates y el pueblo de [su tie]rra. En el [supuesto caso de que] Mati'-ilu [pecase] contra este tratado, que igual que se c[orta] la cabeza de este cordero tierno y se le pone el codillo en la boca, [...] sea cortada la cabeza de Mati'-ilu, y sus hijos [y magnates] sean arro[jados] en [. ..]». [2]

¡Y pensar que hoy nos quejamos de los árboles desaprovechados en el papel que consumimos! Desde luego, ello es insignificante si se lo compara con el número de animales sacrificados como parte de acuerdos antiguos. ¿Te imaginas el alboroto de los activistas de los derechos de los animales si la práctica siguiese siendo común en la actualidad?

El pacto de Dios

Además de los pactos hechos entre humanos, uno de los aspectos más sorprendentes del Antiguo Testamento es que Dios decidió vincularse a su pueblo entrando en una relación formal de pacto con él. De hecho, el tema del pacto de Dios con su pueblo no es simplemente un aspecto aislado de las Escrituras. Siendo la imagen dominante de la salvación en todo el Antiguo Testamento, es la manera definitiva en que Dios explica su plan para deshacer las consecuencias del pecado y devolver la raza humana a la debida relación con él. El finado Hans LaRondelle señala: «Desde Adán hasta Jesús, Dios trató con la humanidad por medio de una serie de promesas contractuales que se centraban en un Redentor que iba a venir y que culminaron con el pacto davídico (Génesis 12:2-3; 2 Samuel 7:12-17; Isaías 11). Al Israel cautivo en Babilonia Dios le prometió un "nuevo pacto" más efectivo (Jeremías 31:31-34) en conexión con la venida del Mesías davídico (Ezequiel 36:26-28; 37:22-28)». [3]

Como los pactos humanos, el que Dios ha hecho con la raza humana implicaba tanto relación como obligación. Dios quiere ser nuestro Dios y que nos relacionemos con él como su pueblo especial. Promete sernos fiel y pide que, a cambio, le seamos fieles.

La primera mención explícita de pacto en las Escrituras es la del que Dios estableció con Noé. En realidad, ese pacto es una sorpresa, dado que se presenta después de la corrupción, la violencia y la infidelidad universales hacia el Señor (Génesis 6:5, 6).No obstante, el Señor promete a Noé: «Estableceré mi pacto contigo, y tú entrarás en el arca, con tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos» (versículo 18). La palabra traducida «estableceré» (hebreo heqim) no indica el comienzo de un nuevo pacto, sino el «“mantenimiento” de un compromiso que Dios había adquirido previamente, lo que implica que Dios ya había hecho previamente un pacto con los seres humanos». [4] Y, ¿a qué pacto previo se refiere esto? Se retrotrae a la promesa de redención dada a Adán y Eva en Génesis 3:15:1a promesa de que un día Dios desharía la maldición divina que había acaecido sobre el mundo como resultado del pecado.

En particular, ¿cuál fue la naturaleza del pacto de Dios con Noé? Fue un pacto universal realizado no solo con toda la raza humana, sino también con todos los seres vivientes (Génesis 9:8-10). Y lo más chocante del mismo es que el Señor hace todas las promesas: no requiere nada a cambio. El arcoíris es su promesa de que un diluvio no volverá a destruir nunca la tierra (versículo 11). Como ejemplo de la gracia de Dios, el arcoíris nos recuerda perpetuamente que el Señor es digno de confianza. Siempre será fiel a la promesa de su pacto.

El pacto con Abraham (Génesis 15)

Las promesas iniciales recibidas por Abram en Génesis 12:1-3 se encuentran entre los pasajes más impactantes de las Escrituras hebreas. «Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».

Todo el pasaje tiene que ver con la gracia de Dios. Dios toma la iniciativa, y Dios, no Abram, hace las promesas. Abram no había hecho nada para ganarse o merecer el favor divino, ni hay la menor indicación que sugiera que Dios y Abram habían colaborado de alguna manera para proponer el acuerdo. El Señor realiza todas las promesas y no pide que Abram prometa nada a cambio. En vez de ello, pide al patriarca que tenga fe en la seguridad de su promesa, pero no se trata de una fe endeble cualquiera. Abram ha de jugarse la vida por esa fe al abandonar su clan familiar a los setenta y cinco años de edad y poniéndose en camino a la tierra que Dios le prometió.

Las promesas de Dios a Abram no fueron algo aislado. Eran, simplemente, otra fase de su gran plan para salvar al mundo. «Con la bendición concedida a Abram y, a través de él, a todos los seres humanos, el Creador renovó su propósito redentor. Había "bendecido" a Adán y Eva en el paraíso (Génesis 1:28; 5:2) y después "bendijo [...] a Noé y a sus hijos" después del diluvio (9:1). Así, Dios aclaró su promesa anterior de un Redentor que redimirá a la humanidad, destruirá el mal y restaurará el paraíso (Génesis 3:15). Dios confirmó su promesa de bendecir a "todas las familias de la tierra" en su dominio universal». [5]

Aunque Abram respondió con fe a la palabra de Dios, el hijo implicado en la promesa divina no llegaba. Por último, tras de diez años de esperar que naciera el hijo prometido, el patriarca empezó a preguntarse si, de alguna forma, habría interpretado indebidamente las intenciones de Dios. ¿Quería el Señor que adoptara legalmente como hijo a su fiel siervo Eliezer? La respuesta divina fue clara. Abram no solo procrearía a su propio hijo, sino que sus descendientes serían tan innumerables como las estrellas. Las Escrituras consignan entonces uno de los pasajes favoritos del apóstol Pablo: «Abram creyó a Jehová y le fue contado por justicia» (Génesis 15:6).

Desgraciadamente, la mayoría de la gente da por terminada la historia de Abram en Génesis 15 con el versículo 6. Cuando dejamos de percibir «el resto de la historia», como solía decir Paul Harvey, famoso locutor radiofónico estadounidense, acabamos creando no solo una falsa imagen del patriarca, sino también perdiéndonos una de las experiencias más significativas de la vida del «amigo de Dios». Me explicaré.

Basándonos en pasajes como Génesis 15:6, resulta fácil considerar a Abram como un hombre de fe que jamás tuvo preguntas ni dudas. Sin embargo, las Escrituras presentan una imagen diferente. Abram creyó, pero también tuvo preguntas en el transcurso de su andadura. En realidad, cuando Dios le renueva su promesa en Génesis 15:7, Abram pide al Señor algún tipo de prueba. «Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar?» (versículo . Como el padre mencionado en Marcos 9:24, Abram dice a Dios, básicamente:«Creo; ayuda mi incredulidad». En respuesta, el Señor, misericordiosamente, da garan-tías a Abram de la certidumbre de su promesa estableciendo formalmente un pacto con él.

Lo sorprendente de este pasaje no es el hecho de que Dios establezca un pacto con Abram, sino el extremo hasta el que Dios estuvo dispuesto a condescender para establecerlo. A diferencia de los gobernantes del Próximo Oriente antiguo, que rehuían la idea de hacer promesas vinculantes a sus siervos, Dios no solo dio su palabra, sino que, al andar simbòlicamente entre los trozos de animales muertos, se jugó su propia vida en ella -y sabemos, naturalmente, que ¡acabó dando la vida en el Calvario para convertir su promesa en realidad! Abram quería más «prueba», y ¡vaya si la obtuvo! Básicamente, al andar entre los trozos de animales muertos, Dios dijo a Abram: «Esto no es el cuerpo de una novilla ni el de una cabra: es mi cuerpo si yo dejase alguna vez de ser fiel a las promesas que he hecho a Abram y sus descendientes». Dios no podría haber dado una prueba mayor de la certidumbre de su palabra.

Abraham, Sara y Agar (Génesis 16; 21:1-21)

En Gálatas 4:21-31 Pablo no solo habla negativamente de la experiencia de los hijos de Israel en el monte Sinai; también tiene un punto de vista más bien despectivo de Agar, la segunda esposa de Abram. ¿Por qué habría de hablar el apóstol de Agar de manera tan poco halagadora?

Sus declaraciones no giran tanto en torno a ella como persona sino sobre el papel que desempeñó para que Abram no creyera la promesa contractual de Dios. Agar no siempre fue la concubina de Abram. Empieza apareciendo en el relato de Génesis como una esclava egipcia en la casa de Abram (Génesis 16:3). Es probable que se convirtiera en propiedad suya como uno de los muchos regalos que el faraón le dio a cambio de Sarai, episodio asociado con el primer acto de incredulidad de Abram a la promesa de Dios (Génesis 12:11-16).

Tras diez años de espera del nacimiento del hijo prometido, Abram y Sarai seguían sin hijos. Pese al pacto formal que Dios hizo con Abram en Génesis 15, este y Sarai llegaron a la conclusión de que el Señor necesitaba la ayuda de ellos. Sarai dio Agar a Abram como concubina (Génesis 16:3; 25:6). Como esclava, Agar no habría tenido elección en el asunto. Sencillamente, tuvo que hacer lo que se le ordenó. Aunque nos parezca extraño en la actualidad, el plan de Sarai era muy ingenioso. Según las costumbres antiguas, una esclava podía legalmente convertirse en madre «de alquiler» para su señora estéril. Así Sarai podía considerar como propio cualquier niño nacido de su esposo y de Agar. Aunque el plan, en efecto, logró que naciera un niño, causó todo tipo de quebraderos de cabeza y de problemas, siendo que el mayor de estos que el niño planificado no era el niño prometido.

Durante aproximadamente trece años Abram creyó que Ismael era el hijo a través del cual el Señor cumpliría sus promesas. Por último, cuando Abram tenía noventa y nueve años de edad, Dios se le apareció y le dijo que Ismael no era el hijo de la promesa. El patriarca rogó a Dios que aceptase a Ismael como heredero, pero Dios se negó (Génesis 17:18, 19). ¿Por qué rehusó el Señor aceptar a Ismael como heredero de Abram?

No era que hubiera algo «malo» en Ismael. Era un niño amado por Dios igual que cualquier niño de este mundo. Sin duda, si hubiera habido algo malo en Ismael, Dios no lo habría bendecido (versículo 20). El problema estaba, más bien, en la falta de fe de Abram. El nacimiento de Ismael se había producido por la sinuosa planificación de Abram y Sarai. Habían llegado a la conclusión de que si Dios iba a cumplir su promesa, necesitaba la ayuda de la pareja. Habrían coincidido sin reservas con los dichos «A Dios rogando y con el mazo dando» y «A quien madruga, Dios lo ayuda». Sin embargo, eso era precisamente lo contrario de lo que de verdad era la promesa del pacto. El Señor no estaba esperando que Abram «hiciera» algo. El meollo de la promesa de Dios a Abram radicaba en que ¡Dios hacía algo por la raza humana que esta no podía hacer por sí misma! El plan de bendecir al mundo entero comenzaría con el nacimiento milagroso de un hijo de Abram y de su esposa estéril Sarai. En el nacimiento de Ismael, el único elemento «milagroso» fue la disposición de Sarai a compartir su marido con otra mujer.

E. J. Waggoner, autor adventista del séptimo día cuya perspectiva sobre los pactos fue quizá su mayor aportación a la teología adventista, [6] resume con mucho acierto la insensatez que subyace al plan de Abram de amancebarse con Agar: «¡Qué corto de miras fue todo el episodio! Dios había hecho la promesa; por lo tanto, solo él podía cumplirla. Si un hombre hace una promesa, lo prometido puede realizarlo otro, pero, en ese caso, el que hizo la promesa deja de cumplir su palabra. Por ello, aunque lo que el Señor había prometido pudiera haberse logrado mediante el artificio que se adoptó, el resultado habría sido impedir que el Señor cumpliera su palabra. Por lo tanto, obraban contra Dios. [...] Nos resulta muy fácil ver que es así en el caso que estamos considerando; no obstante, ¡qué frecuente es que, en nuestra propia experiencia, en vez de esperar que el Señor haga lo que ha prometido, nos cansamos de esperar, nos ponemos a hacerlas por él y, por ello, fracasamos!». [7]

Agar y el monte Sinaí (Gálatas 4:21-31)

Ahora que hemos examinado el papel del pacto en el Antiguo Testamento y, en particular, la naturaleza del pacto que Dios hizo con Abraham y el papel que Agar e Ismael desempeñaron en esa historia, podemos volver nuestra atención a la asociación que Pablo hace de Agar y el monte Sinaí con el antiguo pacto.

Cuando Dios, como había prometido a Abraham siglos antes (Génesis 15:13, 14), sacó a los hijos de Israel de la esclavitud quiso compartir con ellos la misma relación de pacto que había tenido con su antepasado. De hecho, las similitudes entre la promesa de Dios a Abraham en Génesis 12:1-3 y sus palabras a Moisés en Éxodo 19:4-6 son contundentes. En ambos casos, el Señor recalca lo que él hará por su pueblo. No pide que los israelitas prometan «hacer» nada para «ganarse» sus bendiciones. De hecho, las palabras hebreas traducidas «dar oído» (shama’) y «guardar» (shamar) en Éxodo 19:5 significan, literalmente, «oír» y «atesorar». Las palabras de Dios no implican ningún tipo de justificación por las obras por parte de los israelitas. Al contrario, quería que Israel tuviera la misma fe que caracterizó la respuesta de Abraham a sus promesas. El Señor se propuso que el pacto del Sinaí fuera un pacto de gracia de principio a fin.

Esto, por supuesto, suscita una pregunta importante. Si la relación de pacto que Dios ofreció a Israel en el Sinaí es similar al dado a Abraham, ¿por qué Pablo identifica el monte Sinaí con la experiencia negativa de Agar?

Como vimos previamente en Gálatas 3:17, el pacto en el Sinaí buscaba señalar la pecaminosidad de la humanidad y el remedio de la abundante gracia de Dios tipificada en los ritos del santuario. El problema del monte Sinaí no estuvo en Dios, sino en las promesas imperfectas del pueblo (Hebreos 8:6). En vez de responder a las promesas divinas como había hecho Abraham, los israelitas reaccionaron con confianza en sí mismos: «Haremos todo lo que Jehová ha dicho» (Éxodo 19:8). Después de vivir como esclavos en Egipto más de cuatro siglos, no tenían un verdadero concepto de la majestad de Dios, ni del grado de su propia pecaminosidad. Su respuesta era típica de esclavos: «Haremos cualquier cosa que digas». No era simplemente que las palabras que escogieron ofendieran a Dios. En Deuteronomio 5:28 el Señor declaró: «Bien está todo lo que han dicho». El problema estaba en la condición de su corazón. No solo dejaron de apreciar la verdadera naturaleza de la salvación, sino que también tenían una confianza ingenua en sus propios esfuerzos y en su propia capacidad (versículo 29). Igual que Abraham y Sara intentaron ayudar a Dios a cumplir sus promesas, los israelitas intentaron convertir el pacto divino de la gracia en uno de obras.

En Gálatas, Pablo no afirma que la ley dada en el Sinaí fuera mala ni que esté abolida. De hecho, nunca menciona explícitamente en realidad la «ley» en el monte Sinaí. Únicamente se refiere a la experiencia de aquel lugar en la medida en que es análoga a la de Abraham y Agar. «La experiencia personal de Abraham con Agar, una experiencia del antiguo pacto, se expandió a escala nacional por medio de la experiencia de Israel de forma subsiguiente al pacto de Dios con sus hijos en Sinaí». [8] El apóstol se muestra inquieto por el malentendido legalista de la ley por parte de los gálatas. Como los antiguos israelitas, su orgullo los llevó a pervertir el propósito que Dios tuvo al dar la ley. «Lejos de servir para convencerlos de la absoluta imposibilidad de complacer a Dios guardando la ley, esta fomentó en ellos una decisión profundamente arraigada de depender de recursos personales para complacer a Dios. Así, la ley no servía los fines de la gracia de llevar a los judaizantes a Cristo. En vez de ello, impedía su acceso a Cristo». [9]

Así, resulta importante observar que los dos pactos no son cuestión de tiempo, sino de la condición del corazón humano. O, por decirlo de una manera ligeramente diferente, los pactos antiguo y nuevo no describen «eras históricas secuenciales, comprendiendo la primera el período de mil quinientos años del Sinaí a la encarnación, y abarcando la segunda de las generaciones subsiguientes. Describen dos experiencias diferentes basadas en respuestas humanas contrarias a la intemporal invitación del evangelio eterno». [10] Así, representan dos maneras diferentes de intentar relacionarse con Dios que se remontan nada más y nada menos que hasta Caín y Abel. El antiguo pacto simboliza a los que, equivocadamente, confían en su propia obediencia como medio de complacer a Dios, como los judíos incrédulos en el Sinaí. En cambio, el nuevo pacto representa la experiencia de aquellos que, como Abraham, dependen por entero en la gracia de Dios para hacer todo lo que ha prometido.

El nuevo pacto es el evangelio eterno: el verdadero evangelio, el único, inaugurado en el huerto del Edén después de la caída (Génesis 3:15), prometido y experimentado por Abraham y sus descendientes (Gálatas 3:8) y prefigurado en las leyes y los rituales dados a Israel. Después, la promesa de Dios se convirtió en una realidad histórica cuando alcanzó su expresión y cumplimiento definitivos en Cristo.

El siguiente cuadro representa la manera en que Pablo contempla los dos pactos como dos experiencias diferentes basadas en respuestas humanas contrarias a la maravillosa promesa divina de la salvación.

Nuevo pacto

Antiguo pacto

Sara

Agar

Isaac

Ismael

Creyentes gentiles

Judaizantes

Promesa

carne

fe sola

obras

Libre

esclava

 

Monte Sinaí

 

Ismael e Isaac hoy (Gálatas 4:28-31)

Pablo perfiló su breve esbozo de la historia de Israel para contrarrestar los argumentos presentados por los judaizantes. Sus adversarios habían reivindicado ser los auténticos descendientes de Abraham y que Jerusalén -centro de la cristiandad judía y de la ley­era su madre. En cuanto a los gentiles, eran ilegítimos. Si querían llegar a ser auténticos seguidores de Cristo, primero tenían que hacerse hijos de Abraham sometiéndose a la ley de la circuncisión. Sin embargo, Pablo declara que la verdad es exactamente al revés. Los judaizantes son hijos de Abraham, pero ilegítimos, como Ismael. Al poner su confianza en la circuncisión, se apoyaban en «la carne», igual que hizo Sara con Agar, y como intentaron hacer los judíos con la ley de Dios en Sinaí. Sin embargo, los creyentes gentiles, como Isaac, eran hijos de Abraham no por linaje natural, sino sobrenatural. «Como Isaac, eran el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham [...]; como Isaac, su nacimiento a la libertad era efecto de la gracia divina; como Isaac, pertenecen a la columna del pacto de la promesa». [11]

En Gálatas 4:28,29 Pablo aplica la experiencia de Isaac e Ismael a la de los auténticos seguidores de Cristo en Galacia:«Y vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa. Pero así como entonces el que nació según la carne persiguió al que nació según el Espíritu, así también sucede ahora» (LBA). Es probable que la persecución de Isaac que Pablo tiene en mente sea la ceremonia de Génesis 21 en la que se rinde homenaje a Isaac mientras que parece que Ismael se burla de él. Aunque la palabra hebrea del versículo 9 significa, literalmente, «reír», la reacción de Sara sugiere que Ismael estaba haciendo burla de Isaac o ridiculizándolo. Aunque la conducta de Ismael podría no parecemos tan significativa hoy (todos los hermanos discuten y se pelean en ocasiones), revelaba las hostilidades más profundas implicadas en una situación en la que estaba en juego el derecho de primogenitura familiar. Muchos gobernantes de la antigüedad procuraron perpetuar su posición eliminando rivales potenciales, incluidos hermanos (cf. Jueces 9:1-6). Sin embargo, aunque Isaac afrontó la oposición, también gozó de todos los privilegios del amor, la protección y el favor que iban de la mano con ser el heredero de su padre.

Como descendientes espirituales de Isaac, no tiene que sorprendernos cuando suframos privaciones y oposición, ya sea de dentro o de fuera de la iglesia. «Es la doble porción de los "Isaacs": el dolor de la persecución por una parte y el privilegio de la herencia por otra. Somos despreciados y rechazados por los hombres; pero somos los hijos de Dios. [...] Esta es la paradoja de la experiencia de un cristiano». [12]

Vivir hoy la vida del nuevo pacto

Las referencias que Pablo hace de la experiencia de Abraham, Sara, Agar, Ismael y los hijos de Israel en Sinaí indican que su presentación de los dos pactos no es, en último término, sobre ideas teológicas abstractas. Al contrario, tiene que ver directamente con la forma en que Dios nos llama a experimentar la vida hoy. No tiene que ver tanto con qué debiéramos «pensar» como con la forma en que deberíamos vivir. Pablo nos llama a experimentar personalmente el pacto de la gracia divina.

¿Cómo es esa vida? Es la vida marcada por la paz que se deriva de saber que Dios es fiel a sus promesas. Llena de compromiso sincero y de comunión diaria con Dios, experimenta y aprecia de forma cotidiana su perdón y su gracia, y conoce la presencia habilitante de su Espíritu, que nos capacita no solo para vivir para él, sino para amar y cuidar de los que nos rodean. En última instancia, es una vida que se diferencia enormemente de la experiencia del antiguo pacto, a la que todo ser humano nace de forma natural: una vida que, en último término, no se fía de nadie más que de uno mismo, que hace solo lo que tiene que hacer, una vida que no se toma en serio la ley de Dios ni aprecia lo desesperadamente que necesita la gracia y el perdón divinos. En último término, el antiguo pacto es una vida absorta en su propio bienestar. La experiencia del antiguo pacto es una vida de esclavitud. Sin embargo, la experiencia del nuevo pacto es una vida que conoce la libertad que solo Dios puede dar.

A diferencia del anterior diagrama dispensacionalista de los pactos, que los limita simplemente a un lapso histórico, el siguiente cuadro ilustra mejor la descripción paulina de los dos pactos en su relación tanto con la historia como con la experiencia personal. Ojalá que, por la gracia de Dios, experimentemos personalmente la relación del nuevo pacto que siempre ha querido compartir con nosotros.

Revelación de la               gracia divina antes  del Calvario

Revelación suprema de la gracia divina en el Cristo resucitado

Creación       Abrahán       Monte Sinaí

Experiencia del antiguo pacto:

Falso evangelio – Confianza en el yo – Legalismo

Experiencia del pacto eterno o nuevo:

Auténtico evangelio – Fe en Cristo – Una vida llena del Espíritu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Compilador: Delfino J.

Referencias 



[1] Philip W. Comfort y Walter A. Elwell eds., Tyndale Bible Dictionary [Diccionario bíblico Tyndale] (Wheaton, Illinois: Tyndale House, 2001), p. 323.

[2] Bill T. Arnold y Bryan E. Beyer eds., Readings from the Ancient Near East [Textos del Cercano Oriente antiguo] (Grand Rapids: Baker Academy, 2002) p. 101.

[3] Hans K. LaRondelle, Our Creator Redeemer: An Introduction to Biblical Covenant Theology [Nuestro Creador Redentor: Introducción a la teología bíblica del pacto] (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2005), p. 4.

[4] Ibíd., p. 19.

[5] Ibíd., p. 22, 23.

[6] Woodrow W. Whidden, E. J. Waggoner: From the Physician of Good News to Agent of División [E. J. Waggoner: De médico de la buena nueva a agente de la división] (Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 2008), p. 267.

[7] E. J. Waggoner, “The Flesh against the Spirit” [La carne contra el Espíritu]. Present Truth, 11 de junio de 1869; reimpreso en The Everlasting Covenant [El pacto eterno] (International Tract Society, 1900), pp. 75, 76.

[8] Skip MacCarty, In Granite or Ingrained [En granito o arraigado] (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2007), p. 97.

[9] O. Palmer Robertson, The Christ of the Covenants [El Cristo de los pactos] (Phillipsburg, Nueva Jersey: Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1980), p. 181.

[10] MacCarty, p. 94 (la cursiva ha sido añadida).

[11] James D. G. Dunn, The Epistle to the Galatians [La Epístola a los Gálatas], Black's New Testament Commentary (Peabody, Massachusetts: Hendrickson, 1993), p. 256.

[12] John Stott, The Message of Galatians [El mensaje de Gálatas] (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1968), p. 128


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