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Capitulo_11_Jesus y las vislumbres de su gloria

Libro Complementario

 

III Trimestre de 2011

 

La adoración en el conflicto de los siglos

 

Autor: Rosalie Haffner Lee Zinke

 

Capítulo Once

 

Jesús y las vislumbres de su gloria

 

En la vida de Julián no había lugar para la religión, pero de mala gana toleraba la asistencia de su esposa e hijos a la iglesia. Una tarde fría de invierno, mientras habían concurrido a la iglesia, él estaba junto a la ventana mirando cómo la nieve hacía remolinos en el patio del fondo, cuando notó una bandada de gansos, obligados a bajar a tierra por causa del viento, que buscaban desesperadamente un refugio. Se conmovió por el di-lema de ellos. Trató de guiarlos a su establo, que ofrecía algo de reparo, pe-ro sin éxito. "¿Por qué? ¿Por qué no los puedo ayudar?", pensó. "Si tan so-lo pudiera volverme un ganso por unos minutos, podría conducir a la bandada a un refugio seguro". De repente una luz –brillante como la nieve que caía y cálida como las brasas en la chimenea– se encendió en su mente, y su conciencia resistente se quebró. Oh, eso es lo que hizo Jesús. Él, Dios, se hizo hombre para que pu-diera sacarnos de la tormenta a la seguridad. ¿Por qué me llevó tanto tiempo darme cuenta de esto? Y cayó sobre sus rodillas, con su corazón quebrantado por la nueva vislumbre. ¡Qué gozo experimentó la familia esa noche!

 

Una nueva clase de gloria

 

Como ya hemos notado, Dios se reveló con gloria esplendente a Moisés, Isaías y otros en los tiempos del Antiguo Testamento; pero la mayor revelación de su gloria vino en la forma de un bulto pequeño que nació en un establo cerca de Belén. El Mesías había venido como un ser humano, para guiar a los "gansos perdidos" al refugio. Los pastores que cuidaban sus rebaños, asombrados por la gloria celestial, fueron para encontrar al recién


nacido Rey. "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!" (Lucas 2:14). No obstante, la gloria de la hueste angélica esa noche fue sobrepasada por este evento glorioso y sin precedentes: "La gloria que resplandece en el rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado [...] [En Cristo] el Cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en el seno del Amor Infinito". 1 A través de toda la eternidad, los redimidos se llenarán de asombro al estudiar el incomprensible amor mostrado cuando Dios manifestó su gloria al enviar a su propio Hijo, ocultando su gloria visible en un cuerpo humano para que pudiera ministrar a los seres humanos caídos. ¿Cómo poder asimilar en nuestra mente la enormidad de esta verdad? Dios el Hijo, el Dios de la gloria de la shekina, se humilló a sí mismo para vivir en el vientre de una mujer durante nueve meses, de modo que pudiera llegar a ser Emanuel, "Dios con nosotros", "El pensamiento de Dios hecho audible". 2 No obstante, trágicamente, aun los líderes religiosos de su propio pueblo, incluyendo la mayoría de los sacerdotes, no reconocieron la gloria del Mes-ías. Humildes pastores y hombres sabios del oriente fueron a adorarlo, así que, ¿por qué el propio pueblo profeso del Señor no pudo también ver su gloria? ¿Se habían familiarizado tanto con las formas de la adoración que señalaban su venida, que sus ojos estaban cegados a su significado? ¿Habían llegado a estar tan corrompidos por el poder y su autoimportancia que la humildad del Niño constituía una amenaza para su orgullo? ¿Habían llegado a estar tan obsesionados con un Mesías que los libertaría de la opresión ro-mana que rechazaron al Mesías que vino para rescatarlos de la esclavitud de sus naturalezas pecaminosas? La relación del Mesías con su Padre ¿era una amenaza tan grande para ellos que odiaron la gloria misma que podrían haber recibido y adorado? Finalmente, ¿qué podemos aprender de sus errores, y cómo podemos preparar nuestros corazones para ver la verdadera gloria de este maravilloso Jesús, para que podamos adorarlo como él merece? En este capítulo consideraremos instantáneas -meras vislumbres- de la gloria de Dios como se reveló en el rostro y la vida de Jesucristo mientras anduvo en esta tierra hace casi dos mil años.

 

El bautismo y la tentación de Jesús

 

Aunque Juan el Bautista y Jesús eran primos, nunca se habían visto. Imagine la expectativa que ambos debieron haber sentido al acercarse a su cita divina. Juan percibió, en Jesús, la atmósfera de la divinidad. Cuando Jesús le pidió el bautismo, Juan se mostró reacio; pero Jesús le aseguró que este acto era necesario para "que cumplamos toda justicia" (Mateo 3:15). Jesús no necesitaba ser bautizado, porque él no tenía pecado. No obstante, como sustituto y representante del hombre debía cargar nuestra culpa y miseria. Debía sentir nuestra vergüenza por el pecado, y debía ser bautizado como un ejemplo para todo creyente. En su bautismo, Jesús derramó su alma en oración. Oró por sus seguidores; oró por sí mismo. De repente, al salir del agua, una forma como de paloma descendió sobre él. Gloriosos rayos de luz, directos del trono del Padre, bañaron su rostro, mientras una voz del cielo declaraba: "Este es mi Hijo ama-do, en quien tengo complacencia" (versículo 17). Solo unos pocos en la gran multitud junto al Jordán vieron la gloria que Juan vio, pero ninguno podía no ver la luz que bañaba el rostro de Jesús. La gloria que descansó sobre él ese día, en su bautismo, es una señal de la promesa para cada creyente. Es un compromiso del Dios de amor con nosotros.

Ahora, como Hijo del Hombre, Jesús debía experimentar lo que todo ser humano afronta: el poder de la tentación a pecar. No se puso intencional-mente en el camino de la tentación, sino que, por nosotros, debía afrontarla y vencerla. Guiado por el Espíritu Santo al desierto, pasó cuarenta días ayunando y orando, preparándose para el terrible ataque de aquel que desde la Caída había esperado usurpar su lugar. Jesús tomó nuestra naturaleza, así que podría haber cedido a la tentación. El tentador fue a él como lo había hecho con Eva, tentándolo, sugiriendo que convirtiera las piedras en pan para terminar su ayuno. Pero, en favor de nosotros, Jesús "ejerció un dominio propio más fuerte que el hambre o la misma muerte". 3

 

No realizaría un milagro sencillamente para demostrar que era el Hijo de Dios. La última tentación fue una invitación para que Jesús adorara a Satanás. La respuesta de Jesús fue rápida y decisiva: "Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás" (Mateo 4:10; la cursiva fue añadida). "La divinidad fulguró a través de la humanidad doliente [...] La victoria de risto fue tan completa como lo había sido el fracaso de Adán". 4

La gloria de Jesús brilló mediante sus victorias durante esa terrible experiencia y nosotros estamos seguros de que también podemos ser vencedores en las batallas de la vida. El problema de a quién adoraremos todavía es un problema que afrontamos hoy. Solo por medio de la gracia y el poder de Jesús podemos resistir la tentación de adorar a los muchos dioses de nuestra sociedad que constantemente nos confrontan y demandan nuestra lealtad y adoración.

 

Ven y ve

El apóstol Pablo se refiere al mandato de la Creación: "Sea la luz" (Génesis 1:3). Sugiere que algo similar sucede cuando Jesús viene a nuestra vida. "Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Corintios 4:6). "Él [Cristo] es la gran Luz céntrica del universo celestial y la gran Luz del mundo". 5 No obstante, los líderes espirituales de los días de Jesús no reconocieron la luz. Cuando Juan el Bautista vio a Jesús en la multitud, exclamó: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Desde ese tiempo algunos de los discípulos de Juan comenzaron a seguir a Jesús. Andrés y Juan fueron los primeros en responder a la invitación del Espíritu. Andrés, entonces, llamó a su hermano Simón Pedro, y le dijo: "Hemos hallado al Mesías" (versículo 41). Luego Jesús llamó a Felipe, y éste a su vez le contó a Natanael: Cuando Natanael expresó dudas, Felipe le instó: "Ven y ve" (versículo 46). Lo hizo, y cuando se encontró con el Señor, Natanael exclamó: "Tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel" (versículo 49). La respuesta de Jesús fue: "De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre" (versículo 51).

¿Qué atrajo a estos discípulos a Jesús? Él no les ofreció cargos o poder ni salario: solo sacrificio propio, pobreza y aun persecución. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará" (Lucas 9:23, 24). Jesús estaba comunicando a sus nuevos discípulos que si creían en él como el Hijo de Dios, a pesar de las dificultades, verían los cielos abiertos para nunca cerrarse, y a los ángeles trayendo bendiciones del cielo con esperanza, valor y ayuda para los hijos de los hombres. 6 ¿Cómo podían haberse dado cuenta estos discípulos de que al seguir a este nuevo maestro y sus enseñanzas, estarían poniendo el fundamento de la iglesia cristiana? Jesús: el significado de la verdadera adoración Las enseñanzas de Jesús brillan con su gloria. Él les enseñó que la oración es una conversación con nuestro Padre celestial, no una mera repetición con el fin de impresionar a otros. Enseñó que deberíamos realizar los actos de caridad silenciosamente; no para hacernos ver bien, sino para ayudar a los que tienen necesidad (Mateo 6:1-4). Jesús repetidamente sanó en sábado, para dejar en claro que sanar a alguien que ha sido atado durante años por una enfermedad era más importante que liberar a los animales de modo que pudieran beber agua (Lucas 13:11-16), y aún más importante que observar el verdadero sábado. La gloria de Jesús brilló en su entrevista nocturna con Nicodemo, un dirigente de los judíos que vino secretamente para aprender más acerca de este nuevo maestro. Jesús ignoró el cumplido que Nicodemo le hizo, y fue directamente al corazón del asunto. "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios", dijo Jesús (Juan 3:3). En respuesta a la objeción de Nicodemo, Jesús dejó en claro que "el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (Juan 3:5, 6). Cada concepto que revelaba Jesús y cada palabra que pronunciaba brillaban con la luz del cielo. En ninguna parte sus vislumbres fueron más gloriosas y resumidas que en su breve afirmación acerca de la adoración a la mujer samaritana junto al pozo. Jesús conocía la naturaleza humana. Sabía que los seres humanos caídos y pecadores anhelan afirmación. A veces la procuran mediante la religiosidad, sin pensar en cambiar sus tendencias básicas. Ellos piensan: "Sencillamente viste las formas de la religión, sigue las costumbres aceptadas, haz una buena demostración en público e impresiona a la multitud con tu piedad". Así que cuando la samaritana le dirigió a Jesús una pregunta muy política: "¿Dónde debemos adorar? ¿Aquí en este monte o en Jerusalén?", él tenía una respuesta preparada. "Las hora viene", le contestó, "cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre" (Juan 4:21). "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad: porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren" (versículo 23).

Dios mismo dio formas, ritos y días santos a su pueblo. Sin embargo, como hemos visto antes, apeló a ellos una y otra vez por medio de los profetas afirmando que la forma no es suficiente, aun cuando esas formas sean realizadas de acuerdo con las instrucciones. Lo que Dios realmente desea es el corazón; un corazón que le responda en humildad y obediencia. Él quiere un pueblo que venga a él con un espíritu de amor y de adoración, no dese-ando nada más que su presencia y su Espíritu. Ir a Dios dispuestos a no ser nada de modo que él pueda serlo todo, con un corazón tocado por su amor y compasión, ¡eso es adorar en espíritu! Y adorar en verdad significa obedecer las formas de la religión porque tenemos el espíritu correcto. Esa es la adoración que Jesús quiere y acepta.

En su Templo Jesús observaba fielmente las fiestas judías. No mucho después de su bautismo y del milagro en Caná, junto con sus discípulos fue al templo para celebrar la Pascua. Imagine la justa indignación que llenó su alma cuando vio a los cambiadores de dinero, el fraude y el traficar indigno, la confusión no santa que profanaba este lugar santo, el templo mismo donde los adoradores deberían haber estado listos para el nuevo Mesías. "No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado" (Juan 2:16). Después de haber expulsado a los mercaderes ofensores con una autoridad que asombró aun a los líderes religiosos, le pidieron una señal de su poder (ver el versículo 18). ¿Cuántos de ellos habían estado en la Pascua dieciocho años antes y recordaban al brillante joven de doce años de edad que los había asombrado con su conocimiento de los profetas y sus preguntas re-flexivas (ver Lucas 2:41-51)? ¿Estaban algunos de ellos pidiendo una señal, eruditos que habían rehusado creer la explicación bíblica que Jesús les había dado de las profecías mesiánicas, aunque habían visto claramente que tenía razón? ¿Se estaban aferrando en cambio a sus propias interpretaciones torcidas del Rey Mesías que los libraría de los odiados romanos? Si solo sus corazones hubiesen estado abiertos a la Luz que había en medio de ellos, las cosas podrían haber sido diferentes. ¡Si solo hubieran estado dispuestos a ver que esa Luz entre ellos era realmente el Cordero Pascual, que los fíeles habían estado esperando durante muchos siglos! En lugar de prestar atención a esa luz, la rechazaron y endurecieron sus corazones y siguieron aferrándose a sus ritos y ceremonias, que pensaban que les daría el derecho al reino. ¡Qué triste, y qué trágico! No obstante, ¡cuántos hoy todavía se aferran de las formas y las ceremonias, creyendo que las formas, en sí mis-mas, de algún modo ganan el derecho al Reino de Dios para quien las practica, sin haber entregado su corazón a Dios!

 

La gloria de Jesús en sus milagros

 

Jesús acababa de calmar una tormenta en Galilea. Sus discípulos quedaron abrumados con el pensamiento de que "aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen" (Lucas 8:25). Al acercarse a la tierra de los gadarenos, quedaron asombrados cuando se acercó un hombre poseído. El demonio que poseía al pobre desgraciado exclamó: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes" (versículo 28). Pe-ro, Jesús permitió a la legión de demonios que entrara en un hato de cerdos, y "el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó" (versículos 31-33). Los que presenciaron este milagro deberían haber visto la gloria de Dios cuando vieron al hombre, "sentado a los pies de Jesús, vestido y en su cabal juicio" (versículo 35). Sin embargo, no lo hicieron, porque su fe era demasiado pequeña. La comunidad le pidió a Jesús que se fuera, porque sus intereses temporales eran mayores que su visión espiritual. El hombre sanado rogó a Jesús que le permitiera seguirlo, pero Jesús lo animó a que volviera a casa, y contara a sus amigos qué grandes cosas había hecho Dios por él (versículo 39).

Los pecadores y la gloria de Jesús Tal vez, la gloria de Jesús brilló más en su relación con los pecadores. Simón lo había invitado a una fiesta en su casa, cuando una mujer de mala reputación llevó un frasco de aceite fragante y ungió los pies de Jesús con él, mientras lloraba lágrimas de arrepentimiento y de alegría por el perdón y la nueva oportunidad en la vida que él le había dado. Jesús leyó los pensamientos de su anfitrión, Simón, que estaba murmurando, para sus adentros, que si Jesús realmente fuera un profeta, sabría qué clase de mujer era y no le permitiría tocarlo (Lucas 7:39). Jesús le contó una pequeña parábola a Simón, que llegó directamente al corazón del asunto: Dos deudores debían a un acreedor algún dinero; uno debía una cantidad pequeña, el otro tenía una deuda mucho mayor. El acreedor perdonó completamente la deuda de ambos. Luego, le preguntó cuál deudor amaría más al acreedor. Simón admitió de mala gana que era aquel a quien perdonó más. La aplicación que hizo Jesús de la parábola brilla con la gloria de la maravillosa gracia de Dios: "Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama" (versículo 47).

La gloria de la transfiguración

El ministerio terrenal de Jesús estaba llegando rápidamente a su culminación, pero sus seguidores no estaban preparados. Un día los llevó a Cesarea de Filipo, pasando Galilea. Allí, se detuvieron al pie de un monte, donde aún hoy se puede ver una antigua roca donde la gente adoraba a un dios falso. Jesús quería enseñar a sus seguidores que estos idólatras necesitaban oír las buenas noticias del evangelio. Sin embargo, la fe de sus propios discípulos debía afirmarse. "¿Quién dicen los hombres que soy?", les preguntó Jesús (Mateo 16:13). Su propio pueblo no había reconocido que él era el Mesías. Entonces Jesús profundizó un poco más. "¿Quién decís que soy?" (versículo 15). Pedro respondió sin vacilar: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (versículo 16). Allí, junto a la roca donde adoraban los paganos, Jesús les declaró que él era la Roca, y que la iglesia cristiana sería fundada sobre él mismo. Jesús sabía que la fe de sus discípulos sería probada. Quería fortalecerlos para lo que habría de venir, de modo que oró fervorosamente por ellos y trató de ayudarles a ver el sufrimiento que estaba ante él. Sin embargo, un Mesías sufriente no estaba en la agenda de ellos. ¿Cómo podía pre-pararlos para que pudieran verlo morir sin perder su fe? Unos pocos días más tarde, Jesús llevó a tres de ellos –a Pedro, Santiago y Juan– a un monte alto. El registro dice, sencillamente: "y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz" (Mateo 17:2). De repente aparecieron Moisés y Elías, y comenzaron a hablar con Jesús. Entonces una nube brillante los cubrió, y una voz desde la nube proclamó: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (versículo 5). Los tres discípulos cayeron sobre sus rostros con temor, pero Jesús los tocó y les aseguró su presencia. El registro relata que, cuando miraron, "a nadie vieron sino a Jesús solo" (versículo . Poder ver la gloria de Dios visiblemente es maravilloso; pero aún más importante, para estos discípulos ese día, fue el toque de Jesús (versículo 7). Nunca olvidarían ese toque de su Maestro, ni la escena de su gloria.

He aquí vuestro Rey viene En el Evangelio de Mateo hay tres capítulos entre el informe de la transfiguración y el de su entrada triunfal. En esos capítulos hay instrucciones que Jesús dio acerca de los principios del reino. Ejemplo: Le dijo a la gente que debían ser humildes como niños pequeños a fin de entrar al reino. Jesús repetidamente les habló a sus discípulos acerca de su muerte próxima, pero ellos estaban en un estado total de negación. De hecho, la entrada triunfal confirmó en sus mentes su creencia de que Jesús realmente establecería su reino inmediatamente.

¿Por qué, entonces, permitió Jesús esa entrada pomposa a Jerusalén, cabalgando sobre un asno como los antiguos reyes de Israel? Nunca antes había permitido alguna demostración que llamara la atención sobre sí mismo. Pero ahora había llegado el tiempo, y la profecía debía cumplirse. La gente se estaba reuniendo en Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Su atención debía dirigirse al verdadero Cordero Pascual, ya que pronto sería llevado al matadero, una cruel cruz romana. Nunca antes se había presenciado una entrada triunfal. Los reyes de la tierra solían tener cautivos en su procesión como trofeos de su valor; filas de personas que se lamentaban. Pero, los "cautivos" de Jesús se estaban gozando en la nueva libertad que este Mesías les había proporcionado. Por ejemplo, guiando el asno sobre el que Jesús cabalgaba, estaba Lázaro, a quien había resucitado de los muertos. Las multitudes que seguían a Jesús hacia Jerusalén iban creciendo. El entusiasmo y la expectativa de la gente era la adoración de corazones alegres; corazones cansados de formalidad y de fría austeridad, corazones que anhelaban a un Mesías que los libraría del vacío espiritual que sentían. Los fariseos trataron de detener a la entusiasta multitud, pero Jesús les recordó que, si detenían la alabanza, las mismas piedras clamarían (ver Lucas 19:39, 40). "¡Hosanna al Hijo de David! "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! "¡Hosanna en las alturas!" Mateo 21:9. La gloria de esa entrada triunfal debe haber seguido viva en los corazones de esos discípulos y de los seguidores de Jesús. En medio del chasco que siguió pocos días después, debió haber mantenido una chispa de esperanza de que Jesús finalmente reinaría como Rey. Este indicio de gloria futura fue el fuego que ardía en sus corazones y fue la fuente del crecimiento y de la difusión del cristianismo primitivo. Una de las vislumbres más intensas de gloria en la vida de Jesús la registró Juan. Describe a Jesús alzando sus ojos al cielo, y orando apasionadamente a su Padre. "Glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti". "Ahora pues, Padre, glorifícame tú [...] con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Juan 17:1, 5). Los discípulos de Jesús necesitaban esa seguridad de su gloria. Su oración permanecería en sus corazones. Les daría valor cuando todo pareciera oscuro y lúgubre. Debían captar esta vislumbre de su gloria. ¡Qué Salvador maravilloso y compasivo es él!

Escenas de la gloria final

La última semana de la vida de Jesús estuvo colmada de escenas de su gloria. Esa gloria no siempre fue visible. La gloria del Dios Omnipotente se vio al permitirle ser juzgado ante jueces crueles e impíos, aunque él nunca dijo siquiera una palabra ni dio una mirada severa. La gloria estaba en un Hombre que era Dios, pero que se sometió al tratamiento más cruel y degradante y todavía tenía lugar en su corazón para un ladrón arrepentido y moribundo. La gloria brilló en las palabras que pronunció en su agonía de muerte, cuan-do oró: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34). ¡El que parecía conquistado es el Conquistador! Cuando el clamor en alta voz, antes de morir, brotó de sus labios: "¡Consumado es!" (Juan 19:30), el velo del Templo se rasgó de arriba abajo, el cuchillo en manos del sacerdote cayó al suelo y el cordero que debía ser sacrificado escapó. La sangre del Cordero Pascual había sido derramada. La oscuridad marcó su muerte, y un gran terremoto le dijo al mundo que este no había sido un hombre común. ¡Hasta la naturaleza lloró cuando su Creador murió!

Jesús fue sepultado. Sus amigos y seguidores lloraron también. Así como él descansó al final de la semana de la Creación, ahora, al término de su obra terrenal de redención, él descansó durante las horas del sábado. Aunque los ángeles malos se unieron a los soldados romanos para guardar su tumba, ningún poder maligno podía mantenerlo en la tumba. Cuando llegó el momento, otra vez marcado por un terremoto, salió de la tumba glorificado. Sus seguidores pasaron de la incredulidad a la duda, y finalmente al gozo más sublime. 7 Cuando les apareció a dos de ellos en el camino a Emaús, no lo reconocieron. Más tarde, cuando se dieron cuenta de que era su Maestro, exclamaron: "¿No ardía nuestro corazón en nosotros?" (Lucas 24:32). El factor de gloria viene envuelto en diversos envoltorios, pero siempre tiene el mismo efecto sobre los corazones que están abiertos al Espíritu Santo. Hay otras vislumbres de gloria en esos días finales de la trayectoria terrenal de Jesús, pero la última manifestación de su gloria fue muy parecida a la siguiente que la familia humana presenciará cuando él retorne a la tierra. "Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo" (Hechos 1:9-11). "Amén; sí, ven, Señor Jesús". Apocalipsis 22:20.


1 Elena G. De White, El Deseado de todas las gentes, pp. 11, 17. 2 Ibid., p. 11

3 Ibid., p. 92.

 4 Ibid., p. 104.

5 White, A fin de conocerle, p. 343.

6 Ver White, El Deseado de todas las gentes, pp. 116, 117.

7 Ver Ibid., p. 725.

 

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Autor: Keith Burton

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2. Cristo y la Ley de Moisés (Éxodo 13:2,12; Deuteronomio 22:23,24; Mateo 17:24-27; Lucas 2:21-24; 41-52; Juan 8:1-11)
3. Cristo y las tradiciones religiosas (Isaías 29:13; Mateo 5:17-20; 23:1-7; 15:1-6; Romanos 10:13)
4. Cristo y la Ley en el Sermón del Monte (Mateo 5:17-37; Lucas 16:16; Romanos 7:24)
5. Cristo y el sábado (Génesis 2:1-3; Isaías 65:17; Mateo 2:23-28; Juan 5:1-9; Hechos 13:14; Hebreos 1:1-3)
6. La muerte de Cristo y la Ley (Hechos 13:38,39; Romanos 4:15; 7:1-13; 8:5-8; Gálatas 3:10)
7. Cristo, el fin de la ley( Romanos 5:12-21; 6:15-23; 7:13-25; 9:30-10:4; Gálatas 3:19-24)
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